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Llegas a la reunión de entrega de libretas esperando escuchar cómo va tu hijo en matemática, lenguaje o qué tanto ha avanzando en esta primera mitad del año. Pero la profesora te sorprende con una conversación que, en definitiva, no esperabas: “se distrae mucho”, “interrumpe la clase”, “molesta a sus compañeros”, “cuenta chistes” o “no sigue las instrucciones”.
Llegas a la reunión de entrega de libretas esperando escuchar cómo va tu hijo en matemática, lenguaje o qué tanto ha avanzando en esta primera mitad del año. Pero la profesora te sorprende con una conversación que, en definitiva, no esperabas: “se distrae mucho”, “interrumpe la clase”, “molesta a sus compañeros”, “cuenta chistes” o “no sigue las instrucciones”.
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Tienes una sensación extraña porque nada de eso parece coincidir con el niño que tienes en casa. Ese niño que cumple con sus tareas, juega tranquilo y hasta te ayuda con algunas cosas del hogar, lo que te lleva a preguntarte: ¿cómo puede ser tan diferente en el colegio hasta el punto de “portarse mal”?
La respuesta no necesariamente está en que el niño esté intentando desafiar a los adultos. Y es que su comportamiento puede estar respondiendo a algo que ocurre en ese contexto y que en casa no aparece.
“El comportamiento es una manera de comunicarse”, explicó María Elena Necochea, psicóloga de la Universidad Antonio Ruiz de Montoya a Somos. Por eso, antes de cuestionar si un niño “se porta mal”, es necesario mirar su desarrollo, sus emociones, sus fortalezas y el contexto en el que aprende.
La casa y el colegio, además, plantean demandas diferentes. Mientras en casa suele haber más flexibilidad y un acompañamiento individualizado, en el aula el menor debe mantener la atención durante periodos prolongados, seguir instrucciones grupales, esperar turnos, controlar sus impulsos, relacionarse con sus compañeros y responder a las exigencias académicas.
“Para algunos niños, todas esas demandas y estímulos — ruido, movimiento e interacción constante — pueden ser difíciles de manejar al mismo tiempo”, señaló la psicoterapeuta Liliana Tuñoque, de Clínica Internacional.
A esto se suma el temperamento. La psicóloga Maite Díaz-Peñaloza, de la Universidad Científica del Sur, mencionó que cada niño responde de manera diferente ante los cambios, la espera o las emociones intensas. Eso no determina que tenga una “mala conducta”, pero sí puede hacer que necesite estrategias distintas para desenvolverse en el aula.
Un niño muy activo, por ejemplo, puede necesitar pausas de movimiento, mientras que otro que tiene dificultades para adaptarse a los cambios puede beneficiarse de que se le anticipe lo que ocurrirá. Al final, la meta no es exigirle menos, sino encontrar la manera de ayudarlo a alcanzar lo que se espera de él.

Sin embargo, el comportamiento también puede verse afectado por lo que ocurre alrededor del niño. Según el doctor Joseph Austerman, psiquiatra infantil y adolescente de Cleveland Clinic, en el colegio pueden aparecer preocupaciones sociales, como bullying, conflictos con los compañeros o dificultades de aprendizaje. Incluso algunas situaciones externas pueden afectar cómo el niño llega al salón: mudanzas, divorcios, estrés familiar, inseguridad económica, regreso después de vacaciones o ausencia por enfermedad.
Por eso, ver una conducta únicamente desde la perspectiva del aula puede llevar a conclusiones apresuradas.
¿Qué puede estar expresando tu hijo con su comportamiento en el aula?
Que un niño interrumpa, haga bromas, desafíe al docente o se niegue a trabajar no siempre refleja una intención de desobedecer. Como resaltó Díaz-Peñaloza, la conducta suele ser la vía para comunicar algo que no sabe expresar con palabras: búsqueda de atención o control, temor al fracaso, cansancio, aburrimiento, sobrecarga o dificultad para pedir ayuda.
Incluso pueden aparecer emociones como frustración, ansiedad, vergüenza o enojo. “Pensemos, por ejemplo, en un niño que hace bromas cada vez que debe leer en voz alta. Desde fuera puede parecer que está intentando distraer a sus compañeros; sin embargo, también podría estar desviando la atención porque esa actividad le resulta difícil”.
La clave está en observar cuándo y cómo aparece la conducta. ¿Ocurre siempre ante una determinada tarea? ¿Comienza cuando el profesor deja de prestarle atención? ¿Desaparece cuando el niño consigue evitar una actividad? Mirar qué ocurre antes y después permite encontrar patrones y entender mejor qué necesidad expresa ese comportamiento.
Antes de llamarlo un “problema de conducta”, hay que mirar qué está pasando
Los cambios en el comportamiento de un niño no siempre indican un problema de conducta. De acuerdo con el psicólogo Jorge Borja, de la Pontificia Universidad Católica del Perú, factores como la falta de sueño y las deficiencias nutricionales alteran de manera directa el funcionamiento de la corteza prefrontal, reduciendo la capacidad de inhibición conductual y el control de impulsos.
A esto se suma la sobreexposición a pantallas, que sobreestimula el sistema de recompensa cerebral y disminuye la tolerancia hacia actividades que exigen atención sostenida. Asimismo, un niño que está atravesando una separación familiar, un duelo o un periodo de conflicto en casa puede llegar al aula con menos recursos para concentrarse y manejar sus emociones.
Por eso, Úrsula Salmón, asesora pedagógica de los Colegios Villa Caritas y San Pedro, destacó la importancia de preguntarse qué ocurría en la vida del niño cuando comenzó a cambiar su comportamiento.

“Es importante observar la evolución. Si la situación que desencadenó el cambio desaparece y la conducta también mejora, probablemente se trataba de una respuesta temporal. Si las dificultades persisten, se vuelven frecuentes o interfieren con el aprendizaje y las relaciones, conviene mirar más profundamente”.
Esto es especialmente importante cuando la distracción, la dificultad para seguir instrucciones o la impulsividad aparecen de manera reiterada y sin un desencadenante claro. Según Salmón, primero es necesario descartar aspectos físicos y del desarrollo, como problemas de visión o audición, y luego determinar si hace falta una evaluación más especializada.
En algunos casos, dificultades del aprendizaje, del neurodesarrollo o emocionales pueden manifestarse a través de conductas que en el aula se interpretan como “mala conducta”. Entre ellas pueden encontrarse el trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), el trastorno del espectro autista, los trastornos de ansiedad, la depresión o algunas dificultades del lenguaje.
“Detrás de este comportamiento no hay una elección por parte del niño, sino una dificultad que requiere evaluación. Identificar oportunamente la causa evita que el problema derive en desinterés académico o sufrimiento emocional, y garantiza una intervención temprana y oportuna”, enfatizó Liliana Tuñoque.
¿Qué debes hacer cuando la conducta de tu hijo empieza a preocupar en el colegio?
Recibir una libreta con varias observaciones negativas puede despertar preocupación y, en algunos casos, una reacción inmediata por parte de los padres: “¿Cómo que te estás portando mal? En la casa nunca haces eso”. Pero convertir esa preocupación en un castigo apenas estamos con el niño puede ser contraproducente.
“Castigar sin escucharlo puede aumentar la frustración y generar miedo, ocasionando que al niño se le dificulte contar lo que realmente está ocurriendo”, advirtió la psicoterapeuta. Por ello, antes de tomar cualquier medida es importante conversar con él y conocer también la versión del docente, ya que la prioridad es entender qué está pasando.
Primero, habla con el niño
La conversación no tiene que convertirse en un interrogatorio. En lugar de preguntarle “¿por qué te portas mal?”, puede ser más útil buscar un momento tranquilo y plantear algunas preguntas abierta como “¿cómo te sentiste hoy?”, “¿qué fue lo más difícil del día?” o “¿hay algo que te esté preocupando?”.

Es fundamental escuchar sin interrumpir, evitar los reproches y validar las emociones del niño, incluso si luego será necesario corregir alguna conducta. Y es que cuando un niño se siente escuchado, es más probable que cuente lo que realmente está viviendo.
Después, habla con el colegio
Los padres tampoco deberían quedarse únicamente con lo que dice la libreta. Es necesario pedirle al docente ejemplos concretos: ¿qué hizo el niño?, ¿cuándo ocurre?, ¿con qué actividades?, ¿qué sucede antes?, ¿qué estrategias se han probado y cómo respondió?
Para María Elena Necochea, la comunicación entre la familia y el colegio debe partir de un objetivo común: entender qué necesita el niño para desenvolverse mejor, en lugar de buscar quién tiene la culpa. Padres y docentes observan al estudiante desde contextos diferentes y compartir esas observaciones puede ayudar a encontrar patrones y estrategias que funcionen.
Lo que debes evitar
Castigar, etiquetar o comparar al niño puede terminar agravando el problema. Frases como “eres un problema”, “siempre haces lo mismo”, “nunca vas a cambiar” o “mira cómo se comportan tus compañeros” pueden afectar su autoestima y reforzar la idea de que él es, en sí mismo, “el niño problemático”.
En lugar de convertir la conducta en una característica de su personalidad, la psicóloga recomendó describir aquello que necesita cambiar y transmitirle que puede aprender otras maneras de actuar.
“Lo más importante es mantener la calma, no sancionar impulsivamente y si las conductas son persistentes o afectan el aprendizaje, es necesario buscar una evaluación profesional para entender las causas y establecer estrategias de apoyo adaptadas a cada caso”, señaló.
Porque una observación negativa en la libreta no debería convertirse en una etiqueta para el niño. Puede ser, más bien, una oportunidad para preguntarse qué hay detrás de esa conducta, qué necesita y cómo pueden ayudarlo.
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