Por Milenka Duarte

Siempre he sido una amante de llevar las uñas pintadas. Para mí, cuidarlas —ya sea en casa o en la peluquería— no es solo una cuestión estética, sino uno de esos pequeños rituales de autocuidado que me conectan conmigo misma. Durante años el esmalte tradicional fue mi mejor aliado hasta que el año pasado mis uñas entraron en una mala racha: se quebraban con tan solo mirarlas y cualquier largo duraba apenas unos días. Entre frustración y resignación, una amiga me habló del famoso rubber. Y para ser sincera, en redes sociales parecía imposible escapar de él: videos de antes y después y un sinfín de promesas de crecimiento milagroso, lo que me llevó a probarlo.