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"El tiempo no existe", por Pedro Suárez Vértiz 

Mi primer día en el colegio, como si hubiera sucedido ayer

"El tiempo no existe", por Pedro Suárez Vértiz

"El tiempo no existe", por Pedro Suárez Vértiz. (Ilustración: Nadia Santos)

Tengo una teoría: el paso del tiempo no existe. El tiempo es un invento del hombre. Una consecuencia neurológica. El pasado es lo que nuestras neuronas grabaron, el presente es lo que están grabando y el futuro lo que todavía no graban. En el espacio no existe el tiempo: solo existe para las neuronas. Todo existe en un mismo momento. Por eso sentimos los recuerdos como si fuesen de ayer o, incluso, como si los estuviéramos volviendo a vivir. 

Ese tipo de conversaciones tenía con mi padre todos los días, mientras lo veía tallar madera o diseñar cúpulas geodésicas. Él me enseñó a leer y escribir desde que tuve uso de razón. Un día, de pronto, empezó a hablarme de que ya no íbamos a estar juntos tanto tiempo. Me empezó a hablar del colegio. Yo no lo podía concebir. ¿Qué era ese lugar al que todos los niños debían ir a aprender cosas que yo ya sabía? 

Fue muy realista conmigo, pues me dijo que además funcionaba como guardería, porque los padres tenían que trabajar también. Ahí empecé a entender que el colegio era algo obligatorio y estricto, a diferencia del ‘nido’ o jardín de infancia. 

Yo no les decía mamá y papá a mis padres. Los llamaba Hernando o Rosita. Pero un día la miss Dora –del nido– me vio a la hora de salida gritando “Rositaaaa” y me dijo: “¿Cómo que Rosita? ¡Ella es tu mamita!”. Cómo habrá sido la impresión, que hasta el día de hoy mis hermanos y yo le decimos ‘mamita’ a mi madre. 

La cosa es que llegó el tan comentado primer día de escuela. El colegio María Reina de San Isidro quedaba a cinco cuadras de mi casa, así que mi madre me llevó caminando. Había muchos carros, de los cuales bajaban niños vestidos como yo, con ese uniforme –camisa blanca y pantalón gris– que raspaba la piel. Escuchaba lloriquear a todos. Hoy no existen esos dramas porque hay ‘preprepreprekínder’, al cual el niño entra prácticamente en pañales. 

Mi mamá y yo empezamos a buscar entre toda esa gente la misteriosa fila de transición C, nombre de esa época para primer grado. Hasta que vimos una guapa rubia de largos bucles, con jeans y una hebillota en su cinturón. Mi mamá dijo: “Ahí es, esa es tu miss”, y corrimos hasta que mi cara se estrelló contra aquella hebilla gigante. Empecé a llorar y todo me daba vueltas. Solo veía como pinceladas blancas y grises a mi alrededor. La chica me detuvo cariñosamente y me dijo: “Soy Mariella Roggero, tu miss”. Mi mamá se despidió de mí, de mi futura tutora y sin que me haya dado cuenta ya había toda una fila de niños llorando atrás de mí. 

Estábamos frente a un antiguo pabellón con vitrales, pues tenía anexada una gran capilla, y empezamos a ingresar cual batallón. Adentro, me vi rodeado de techos altísimos, grandes ventanales, arcos y enormes losetas Yo decía “¿Qué es esto?” y me sentía como Harry Potter. Y es que ese pabellón fue construido a principios de siglo como sede del antiguo colegio Santa María. 

A lo lejos vi a mi primer y mejor amigo del nido, José Antonio Lizárraga. Él también me vio y nos saludamos como dos locos. Éramos los únicos niños que sonreían ese día. Las tutoras nos regresaron a nuestras respectivas filas, pero ambos ya nos sentíamos ilusionados con parar juntos. 

Apenas me senté en mi carpeta, pensé: “Faltan 11 años para salir de aquí. El doble de mi vida”. Pero la miss Mariella me conversaba mucho. Cuánto le agradezco. Mi amigo José Antonio solo duró un día en el colegio, pues se fue al Roosevelt. Nunca más supe de él. 

Hace pocos años, en un restaurante, mi esposa empezó a conversar con otra chica. Ella me dijo: “José Antonio Lizárraga es mi esposo. Ojalá te acuerdes de él. Una vez te vimos en televisión y me dijo: ‘Pedro fue mi primer amigo’”. Me llenó de alegría que él pensara igual que yo a pesar de los años. Con ese comentario volví a ver su rostro feliz de vernos en aquel primer día de colegio. Definitivamente, el tiempo no existe. 

Esta columna fue publicada el 24 de febrero del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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