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"Experiencia religiosa", por Renato Cisneros

Nunca coleccionar figuritas se pareció tanto a un acto de fe

"Experiencia religiosa", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

"Experiencia religiosa", por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Leyendo la más reciente columna del amigo y colega Jaime Bedoya en El Dominical (Yala, nola) vinieron a mi mente detalles del episodio que allí se reseña y me involucra: una cena en Nueva York, más precisamente en The View –restaurante giratorio ubicado en lo alto de una torre de la cuadra quince de Broadway–, al lado de don Luis Navarrete, jerarca del emporio editorial que lleva su apellido y responsable de que muchos peruanos de cierta edad nos hayamos tirado al suelo boca abajo a llenar álbumes de figuritas durante la infancia.

No recuerdo exactamente cómo terminamos en esa mesa aquella noche de junio de 2008. Lo que sí recuerdo es que, después de confesar el astuto procedimiento mercadotécnico que impedía a los coleccionistas de hace tres décadas acceder a las ‘figuritas difíciles’ (secreto profesional que, como Bedoya, mantendré en reserva), el señor Navarrete pasó a contarnos el único hito digamos frustrante en su larga carrera como especialista en utilizar cromos para volver perpetuo lo entrañable.  

Después de generar una fiebre de coleccionismo nacional con álbumes de temática variada cuyos títulos iban desde ‘La Naturaleza y el Hombre’, ‘Billetes y Habitantes del Mundo’, ‘El Porqué de las Cosas’, ‘Superman’ hasta ‘E. T.’, ‘El Show de las Estrellas’ y ‘Dragon Ball’, recibió una oferta desde México para trasladarse con todo su equipo, montar una oficina en el D. F. y poner en marcha un álbum que tendría un gran impacto: el álbum de la Virgen de Guadalupe.  

Salvo por el hecho de no haber trabajado antes con celebridades religiosas (esos otros superhéroes), Navarrete no dudó en aceptar el reto. Tras varios meses de trabajo, diseño y publicidad, el álbum fue lanzado en medio de una gran expectativa. Al final de la primera semana, sin embargo, un desconcertado vocero de la editorial contratante le comunicó a Navarrete que el asunto no funcionaba. “La gente no ha recibido bien el producto. ¡Nadie compra las figuritas!”, le informó. Tras jalarse los pelos tratando de comprender qué podría haber fallado, el empresario peruano se encerró con sus colaboradores a repasar cada paso del procedimiento hasta detectar el error. Fue inútil. Tras dos semanas de hacer investigaciones y estudios de comportamiento del consumidor cuyas conclusiones jamás resultaron satisfactorias, el señor Navarrete decidió tirar la toalla. “Tal vez la Virgen nos está castigando” llegó a divagar alguien en esas largas reuniones en las que se buscaba una explicación razonable a tan mala suerte.  

Un día antes de que el álbum fuese retirado de los puntos de venta, llegó la respuesta al misterio, aunque no de parte de ningún analista profesional, sino de boca de un curtido quiosquero. El hombre, sociólogo en potencia, advirtió que la gente devolvía los sobres de figuritas al ver que estos traían la imagen de la Virgen impresa en el dorso. “Para sacar las figuritas hay que romper el sobre y nadie se atreve a hacerlo. Mientras la virgencita esté ahí, no habrá venta”, dio en el clavo el vendedor.  

Al percatarse de cómo la superstición religiosa había roto las más ortodoxas leyes del mercado, Navarrete ordenó reimprimir los sobres –ahora sin la Guadalupana– y poco a poco las cosas tomaron su rumbo natural: los compradores reaccionaron y el álbum fue un éxito sin atenuantes.  

Traigo a colación esta historia pues la otra tarde, al pasar por locales de Tai Loy y Tambo, percibí también algo de devoción o misticismo en los rostros pánfilos de esos señores adultos que formaban descomunales filas en pos de su álbum Panini de tapa dura y la correspondiente provisión de autoadhesivos. Parecían ansiosos feligreses esperando la eucaristía. Poco faltó para que se tomaran de las manos e improvisaran una plegaria a algún santo futbolero redentor. Me habrían dado ternura si no fuese porque, desde la vereda de enfrente, paseando a mi hija en coche, con trámites por hacer, con el álbum clásico semivacío en casa y el alma de coleccionista en vilo, me infundieron la más profunda de las envidias. Ni en el concierto de los Rolling tuve tantas ganas de colarme. 

Esta columna fue publicada el 07 de abril del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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