Por Miguel Villegas

A dos pasos de la ventana, a tres de unos árboles que le dan sombra a la sala, el hijo de Don Francisco Bryce está sentado, elegante, esperando. Quince minutos antes de las cuatro, como manda su educación francesa. Son los primeros días de mayo y no lo esperan en abril. Hay unos libros ordenados en fila, como en el ejército. Una libreta en la mesa de caoba con nuestra cita y todas las citas. Una foto mirando -riendo- con Julio Ramón Ribeyro, el escritor peruano que fue uno de sus entrañables amigos. Solo se escucha el ruido del televisor, un aparato que ha sabido administrar con tres controles remotos, sin ninguna prisa. Más allá, un espejo a toda pared hace más grande lo que ya no puede ser.

Conforme a los criterios de

Trust Project
Tipo de trabajo: