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"Me da vergüenza decirles que estoy feliz", por Carlos Galdós 

Ha nacido Camile y hoy no hay nada más que me importe

"Soy feliz", por Carlos Galdós

(Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

"Me da vergüenza decirles que estoy feliz", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán Trevejo)

Me da vergüenza decirles que estoy feliz, muy feliz; que hoy, justo hoy que escribo estas líneas, no hay nada que me interese más en el universo que mi alegría. No tengo muchas oportunidades para sentirme así. Es más, tomo 40 miligramos diarios de una pastilla justamente para sentir algo diferente de la pena. Perdonen mi felicidad, pero no se me borra la sonrisa de la cara, no he ido a la radio, no iré a la televisión y a los señores que hoy me están esperando en su evento para hacerlos reír un rato, discúlpenme, pero no estoy para nadie. Les voy a devolver el doble de mis honorarios más la penalidad por incumplimiento de contrato. Despídanme por no avisar con tiempo y descuenten de mi liquidación toda la pauta publicitaria que hoy no saldrá al aire por mi culpa, por mi gran culpa. 

A la señora que me reventó los oídos con su bocina y furiosa me adelantó para sacar la cabeza por su ventana y gritarme “imbécil, no ves que estás en verde”, discúlpeme, señora, confundí el semáforo con un arcoíris. Al señor del semáforo de Las Flores con Javier Prado díganle que no quiero mi vuelto y que el billete de cincuenta soles que le di no es falso: los cuarenta y siete soles restantes quedan hasta la próxima vez que nos crucemos y vuelva a comprarle el diario. Hoy no me importa el vuelto: disfrútelo, buen hombre. Yo, que por lo general no dejo ni medio sol de propina, hoy me siento el hombre más millonario de la Tierra. A la señora que todos los días hace cagar a su perro en el jardín de la puerta de mi casa y justo hoy la pesqué una vez más infraganti y, para variar, sin bolsita para recoger las sorpresitas de su mascota, no se preocupe, señito. Más bien le agradezco por el abono gratuito; si no fuera por los mojones de su dogo argentino, las flores de mi jardín no serían las mismas. Gracias y buen día, la espero mañana para seguir decorando mi entrada. 

Al imbécil del gerente de gerentes, que de todas las veces que me lo cruzo un día saluda y otros cincuenta no, no te preocupes, hermano. Qué importa si te olvidas de mí en el ascensor pero sí le chupas las medias al dueño, total hoy yo me siento un rey y soy más bien yo quien te saluda, mi compañero acomplejado con tu carrito de moda, tu saquito casual, tus botitas al duco y tu bigotito hipster. Hoy no fui a mi cita con mi psicoanalista y tampoco he respondido sus mensajes de WhatsApp. Desde aquí le digo que me voy a dar de alta hasta el próximo ataque de pánico, que espero no sea pronto. Perdón por no responder, pero hoy me siento el tipo más resuelto del mundo. No hay bolas, no hay miedos, no hay pasado, hay futuro, hay luz, hasta la próxima recaída, como usted siempre me dice. Y para que vea que soy buena gente, le voy a dejar pagada la sesión de hoy y la de la próxima semana también, pero para que hable usted solo. La subsiguiente semana esa sí, por favor, sepáreme el turno por si las dudas, por si me vuelvo a acordar de quién soy. Hoy mi principal problema es que soy feliz. 

Al cobarde de mi padre estoy pensando seriamente en agradecerle por haber contribuido a mi existencia. Gracias a él estoy aquí y hoy, aquí, estoy siendo por tercera vez en cuarenta y tres años muy feliz. A lo mejor le hago caso a mi terapeuta de constelaciones y entiendo de una vez por todas que solo eres una fachada de tus carencias y te debería dejar pasar. 

Hoy soy feliz, muy feliz, porque Camile ya está aquí y, como cuando nacieron Valentina y Luca, hoy no hay nada más que me importe. De todo lo anterior ya me curé al menos hasta la siguiente semana. TE AMO, CARLA. 

Esta columna fue publicada el 02 de diciembre del 2017 en la revista Somos.

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