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"Aceptarse a los 37", por Lorena Salmón

"Abrazar cada cana y cada arruga es un aprendizaje". Lee la columna de Lorena Salmón

Lorena Salmón

"Abrazar cada cana y cada arruga es un aprendizaje". Lee la columna de Lorena Salmón.

Treinta y siete años, 15 canas contadas e identificadas, nuevas estrías y celulitis. El otro día mi propia hija, en un acto de sincerarse brutalmente y sin piedad, me decía: “Mami, tienes un cuerpo lindo pero cara de vieja”. Me sentí fatal. Primero porque no recuerdo jamás haberle dicho a mi madre nada parecido; y segundo, porque claramente es lo que ve. La canicie prematura ha despertado en mí una ansiedad familiar: he googleado cuanto tratamiento natural existe para evitar su aumento –dice Internet que con manzanilla y cúrcuma uno puede teñirlas, si el cabello es claro–, pero qué más da. Están aquí como mis estrías y mi celulitis. Y mis patas de gallo y mis poros dilatados (observación también hecha por mi hija, que, como queda en evidencia, no tiene reparos en decirme en la cara pelada lo que piensa de mi físico) y mi vida bien vivida y gozada. Quizás de lo único que me arrepiento es de no haber usado bloqueador indiscriminadamente; tarde o temprano toda mancha sale a flote y me estoy llenando de pecas y lunares. Por lo demás, no, no hay marcha atrás: el tiempo pasa y nunca tomé los dos o tres litros de agua –quizás sí todas las chelas del mundo–, no levanté pesas ni me preocupé por desarrollar glúteos. Creo que estuve más enfocada en tratar de entender mi mente y aceptarme emocionalmente. 

Felizmente he avanzado grandes pasos en ese complejísimo menester. Pero claramente aún tengo mucho trabajo por hacer: ¿Por qué me molesta envejecer? ¿A qué responde ese miedo? ¿Por qué me da nervios que me digan o me llamen ‘señora’?

Hace unos días conversaba con una amiga mayor que yo, con hijos más grandes y más sabiduría sobre todas mis vulnerabilidades (y mis nuevas canas). Ella me decía: “¡Ni te las vayas a teñir! Fluye nomás. No tienes idea de la cantidad de conocidas que se tiñen la cabeza completa y que se hacen todos los tratamientos no invasivos porque no toleran la idea de que ya no son chibolas. Una solo tiene que aceptarse y aceptar que el tiempo pasa”.

Ajá. Aceptación, no resistencia, es el mantra que deberíamos interiorizar todos, y no solo predicarlo, sino vivir bajo esa consigna. Cuidar de nosotros, sí, pero porque nuestro cuerpo es un maravilloso mecanismo que necesita de amor y protección. Que no sea una obsesión cuidar nuestra estética. Todos tenemos derecho a sentirnos lindos, ojo. Me imagino, además, que cada uno está en su derecho de hacer lo que le plazca (no nos vamos a juzgar), pero también abrazar con gracia cada etapa y cana y arruga. Definitivamente debemos aprender a diferenciar el deseo real y genuino que tiene cualquiera de sentirse bien consigo mismo, de la obsesión por detener el tiempo –hasta ahora nadie ha desarrollado ese poder mágico–, recurriendo a tratamientos, fórmulas y procedimientos excesivos que podrían eventualmente llevarnos a convertirnos en otras. ¿O no? 

Lamentablemente, venimos escuchando, observando e interiorizando un discurso diferente: ser viejo es ser inútil. Los estándares de belleza –reforzados en las industrias de la publicidad, de cine, de la música, en realidad de todas las comunicaciones– resaltan o priorizan la juventud antes que la experiencia y la sabiduría. Es por eso que mi hija me mira y me dice que soy una vieja. Y yo caigo y me siento, por momentos, mal. Luego me observo, me cuestiono y solita me ordeno mentalmente. Agradezco el paso del tiempo, porque precisamente han sido los años los que me han permitido convertirme en lo que hoy soy. Yo por dentro me siento una nena, pero con más lecciones a cuestas. //

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