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¿Cómo afrontar una crisis de ansiedad?, por Lorena Salmón

"Hiperventilación, arritmia, bochornos, dolores de cabeza, mareos, ganas incontrolables de vomitar, imposibilidad de mantenerme de pie. Al principio pensaba que estaba a punto de morir de algún tumor cerebral".

Lorena Salmón

"Hiperventilación, arritmia, bochornos, dolores de cabeza, mareos, ganas incontrolables de vomitar, imposibilidad de mantenerme de pie. Al principio pensaba que estaba a punto de morir de algún tumor cerebral".

Hiperventilación, arritmia, bochornos, dolores de cabeza, mareos, ganas incontrolables de vomitar, imposibilidad de mantenerme de pie. Al principio pensaba que estaba a punto de morir de algún tumor cerebral. No entendía qué sucedía conmigo, mi condición de hipocondríaca asumida nunca me había llevado a esos extremos; hasta que una visita al neurólogo llegó con el diagnóstico: crisis de ansiedad. 

El doctor me mandó a montar bicicleta o caminar. “Muévete”, fueron sus palabras. Pon tu energía a circular. Pero los hormigueos, las ganas de llorar, el sentir que no podía respirar y que no era dueña de mí misma ni de nada me convencieron de pedir ayuda profesional.
Así, decidí regresar una vez más al psicólogo y tocarle la puerta al psiquiatra. He tenido durante mi vida diferentes terapeutas por diferentes retos con los que lidiar. Muchos piensan que pedir ayuda es para débiles, cuando es lo opuesto. Pedir ayuda significa mostrarte en tu completa vulnerabilidad, presa fácil de juicios y críticas; aceptando que hay que trabajar internamente, que solos no la hacemos, que por favor alguien nos dé una mano. 

Las pastillas ansiolíticas ayudan a controlar los síntomas que la ansiedad nos genera, pero no las causas o raíces de todos aquellos problemas que luego el cuerpo grita. Para eso necesitamos contención, ayuda, decisión, valentía, coraje, insistencia.
Yo encontré en la terapia mi salvación y tardé varios consultorios hasta llegar a la persona indicada (años más tarde de los ataques de pánico).

Mi psicoanalista fue una verdadera profesional contra naufragios. Aunque casi me ahogo –de tanto que lloré–, sobreviví al hundimiento, más sana, más fuerte, con más herramientas y sin más pastillas de por medio. 

También, de tanto buscar, encontré una disciplina que me enganchó lo suficiente como para practicarla diariamente.

Durante años practiqué yoga porque era la única actividad física que no me aburría. Jamás había tenido constancia para hacer más nada.

Pero luego, mientras más practicaba, más curiosidad me daba qué había detrás: el poder de la respiración y los beneficios de meditar. Descubrí que son el camino hacia una versión tuya más sana y más feliz. Son prácticamente vitales. 

Si no nos tomamos en el día algunos minutos para traer nuestra atención a nuestra respiración, no podremos ayudar a nuestra inquieta mente –tenemos más de 60 mil pensamientos al día– a calmarse. 

Y necesitamos esa calma. Nos la merecemos. Es un derecho y un deber.

Si no tenemos esa calma, esa pausa, nos dejamos llevar por emociones y pensamientos y bien sabemos que no podemos controlar todo lo que sentimos y pensamos. 

No tenemos que ir muy lejos para ver la realidad: todos aquellos que nos movemos en el transporte público o en auto nos damos cuenta de la pobre salud mental de los peruanos.

Por eso, volvamos a esas dos herramientas: ser conscientes de nuestra respiración y regalarnos al día un momento para ponerle una pausa a nuestra mente.

Ambas nos permiten un espacio previo a decir o actuar, bajo cualquier impulso natural.

Qué importante esa calma.

Es la misma que nos permitirá observarnos, sin miedo, la próxima vez que nuestro cuerpo nos hable (o nos grite) con señales.

Recuerdo una vez que sentía que me dolían los pies y que cuando pisaba el suelo la sensación era como si estuviese caminando sobre piedras. Una tarde no pude más de la desesperación y terminé en la emergencia de una clínica local. El doctor de turno me tomó varios exámenes y luego, con voz generosa y algo complaciente, me dijo: “¿Por qué no va a su casa y se toma un té de valeriana?”.
¿Por qué no? ¿Y por qué no le sumamos magnesio, deporte, agradecimiento, terapia, si es necesaria, y todo lo que esté a nuestro alcance?


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