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El Alzheimer y el olvido que seremos, por Renato Cisneros

"Cada vez que escucho a amigos contar que alguno de sus padres tiene Alzheimer o demencia senil y ha dejado de reconocerlo, trago saliva". La columna de Renato Cisneros

Renato Cisneros

El Alzheimer y el olvido que seremos, por Renato Cisneros. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.

Cada vez que escucho a amigos contar que alguno de sus padres tiene Alzheimer o demencia senil y ha dejado de reconocerlo, trago saliva. Que un padre o una madre caiga paulatinamente en lagunas mentales tan profundas que se vuelva incapaz de identificarte y llamarte por el mismo nombre con que años atrás te bautizó, no solo es una ironía cruel, sino una tragedia.

Escribo esto pensando en algo que ocurrió semanas atrás en la Feria del Libro. Nos alistábamos mis compañeros de RPP y yo para hacer una transmisión radial en vivo cuando de la nada vi a un hombre de unos 80 años acercarse con lentitud hasta mi posición. De lejos me pareció un anciano más, pero cuando lo tuve a un metro supe de inmediato de quién se trataba. Era Antonio Arismendi, un tío de cariño, amigo de mi familia, a quien mis padres frecuentaron asiduamente en la década de los 80, cuando yo era un niño y no tenía más alternativa que acompañarlos a donde fueran. A pesar de los estragos de la edad, ciertos rasgos del tío Antonio se mantenían inalterables. Las cejas pobladas, los ojos azules, la estampa de hombre recorrido. Me pareció algo encorvado, pero seguía siendo un hombre alto. Alto y elegante. En cuestión de segundos, antes de siquiera saludarlo, una cascada de imágenes atiborró mi memoria. Recordé varios sábados del siglo pasado en un lujoso balneario del sur de Lima, donde el tío Antonio tenía un caserón de muros blancos con piscina.

Era un personaje influyente en el balneario: todos lo conocían, contaba con ingreso libre al exclusivo club de la playa y hasta llegó a ser alcalde de la localidad. Era un hombre ‘vip’ en una época en que nadie usaba esa expresión. Jamás faltaban invitados en su casa, señores con cara de ministros o embajadores, vestidos con camisas y pantalones de verano, que brindaban con vasos de bloody mary en la terraza y hacían bromas a sus esposas, mujeres bronceadas para las que la vejez y la ruina parecían estar vedadas. Siempre me sentí un advenedizo en ese mundo. También recordé a los dos hijos del tío Antonio, Rafael y Alejandro, mayores que yo por algunos años, pelucones, altísimos, a quienes miraba con distancia, sobre todo cuando se montaban en su lancha y se iban a navegar con chicas que me parecían inalcanzables. Ya desde entonces se veía que llegarían a ocupar puestos altos de alguna empresa privada, como finalmente ocurrió. “Tú no te acuerdas de mí”, me dijo el tío Antonio ese día de la feria, minutos antes de empezar el programa. Cómo no, le dije, eres Antonio Arismendi, mi tío Antonio, qué gusto de verte después de tanto. “Yo fui un gran amigo de tu padre”, me soltó. Desde luego, tío, le comenté, tantas tardes en tu casa de playa. “Cómo está tu mamá”, me preguntó, sin seguir el hilo de la conversación. Bien, felizmente, le resumí. “Salúdala mucho de mi parte”, dijo y se dio media vuelta.
Media hora después, en medio de una pausa del programa, el tío Antonio, que, recién lo noté, había permanecido entre el público para presenciar la transmisión en vivo, volvió a acercarse hasta mi lugar.

Pensé que haría alguna observación del programa, pero me sorprendió diciendo “tú no te acuerdas de mí”, y luego “yo fui un gran amigo de tu padre”, y luego “cómo está tu mamá”, y luego “salúdala mucho de mi parte”. Apenas comprendí lo que estaba sucediendo, le seguí la cuerda, esa y la siguiente vez que se puso de pie para acercarse y repetir, como una letanía triste, las mismas cuatro frases, los mismos comentarios, las mismas palabras. El hombre magnético, poderoso y avasallador del pasado se había convertido en un solitario anciano con vacíos. Tal vez pronto se convierta en uno de esos padres amnésicos de los que hablaba al inicio de la columna. Cómo estaría mi padre si no hubiera muerto, con 93 años encima, pensé al salir de la feria, aún impactado por el reencuentro y sobre todo por la certeza que le siguió: antes de ser polvo, todos, de alguna u otra forma, tarde o temprano, seremos olvido. //


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