Por Maca Bustamante

La Navidad tiene esta magia deliciosa: hay panetón en cada esquina, cenas familiares que huelen a recuerdos, y una mesa que parece decirte: “Ven, siéntate y sírvete… otra vez”. Y claro, tú quieres disfrutar, conectar, reír, comer rico. Claro que puedes hacerlo (¡de eso se trata!), pero tu sistema digestivo, ese trabajador silencioso que hace horas extra sin bono navideño, también quiere un regalo. ¿Cuál? Comer con calma, eso es todo lo que te pide. Sí, no es tan sexy como una copa de champán ni tan instagrameable como tu mesa navideña; pero ¡cómo cambia todo cuando bajamos el ritmo al comer! Así que vamos por partes, porque esto es más profundo (e interesante) de lo que parece.