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Rafaella León

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Bitácora de adopción: cuando el cachorro llega a casa, por Rafaella León

Bowie, apenas más grande que mi mano, debe tomar leche de fórmula especial cada cuatro horas, con el consiguiente trabajo de digestión, así que he vuelto a mis madrugadas de maternidad después de … 12 años.

Bitácora de adopción: cuando el cachorro llega a casa, por Rafaella León

Me ofrecieron entregármelo más grandecito, ya sabiendo alimentarse solo y más independiente. Yo preferí tenerlo conmigo desde bebé: aprender de cero a conocerlo y que me conozca.

Como sucedió con mis hijos, a Bowie le escogí su nombre mucho antes de que llegara al mundo. Mucho antes incluso de que yo supiera que ya estaba lista para adoptar un perro. Por coincidencia de la vida, mi cachorro de 20 días de nacido y hallado en un descampado de Lurín también tiene -como el músico inglés- dividida la cara en dos colores.

Muy pocas veces presto atención a las noticias de la página de Facebook Datos Miraflorinos. Pero de allí salió el dato: una camada de recién nacidos había sobrevivido al sur de Lima. La madre desapareció después de algunos días. Contacté a una jovencita que solo hace unos días decidió formar parte de un ejército de otros jovencitos que rescatan perros abandonados por toda la ciudad. María Gabriela averiguó todo sobre mí; se aseguraba de que uno de sus rescatados iría a parar a un buen hogar. Me mandó la foto de una bola blanca con capucha roja, ojos cerrados, aún ciego. A los pocos días me llamó apenada: la persona que los cuidaba en tanto fueran trasladados a Lima se había encariñado tanto con los hermanitos que decidió quedárselos. Pero en Cajamarquilla, al otro lado de la ciudad, acababan de encontrar a otro grupo de cachorros. Una perrita nodriza los pudo alimentar por un tiempo.

Bowie venía en camino. Pasó primero por una veterinaria en Surquillo, cuyos encargados aplican lo que llaman un ‘costo social’: cobran la mitad de todo cuando se trata de animales rescatados. Llegó a casa bien talqueado, desparasitado y despulgado. Un lazo azul le hacía ver como un peluche de tienda en Navidad.

Bowie, apenas más grande que mi mano, debe tomar leche de fórmula especial cada cuatro horas, con el consiguiente trabajo de digestión, así que he vuelto a mis madrugadas de maternidad después de … 12 años. Me ofrecieron entregármelo más grandecito, ya sabiendo alimentarse solo y más independiente. Yo preferí tenerlo conmigo desde bebé: aprender de cero a conocerlo y que me conozca. Mis hijos adolescentes lo miran con curiosidad: es primera vez que tienen un perrito en casa. Siempre hemos tenido gatos. Y a ellos jamás hemos tenido que cuidarlos como a un bebé. Hacen su vida con una facilidad pasmosa. Nunca podrán ser mascotas como los perros; serán siempre mitad domesticados, mitad salvajes. En cambio a Bowie, que recién está aprendiendo a caminar -sacude su cabeza y se cae para un lado como si se hubiese tomado tres piscos- hay que criarlo.

La Gringa y la Chuska, mis gatas callejeras, las dueñas de este territorio, observan a la bola de pelos con elegante superioridad. Se espera que pronto ‘adopten’ al recién llegado. Distinta sería la historia si fuese un perro joven o adulto. He sido testigo de cómo a un perro grande que osó meterse un día a mi casa sin permiso se le fueron encima. Hubo que separar a mis gatos de su lomo, garra por garra.
Los siguientes serán días de adaptación. A ver cómo nos va

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