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Breve historia detrás de un número equivocado, por Renato Cisneros

"Hola, buenas noches. Soy el padre de la chica a la que hoy golpeaste con una moto. Te llamaba para arreglar los papeles del seguro. Hasta luego”. La columna de Renato Cisneros

Renato Cisneros

Breve historia detrás de un número equivocado, por Renato Cisneros.

"Hola, buenas noches. Soy el padre de la chica a la que hoy golpeaste con una moto. Te llamaba para arreglar los papeles del seguro. Hasta luego”.

Hace unos días encontré ese mensaje de voz en el buzón de mi celular. La angustia del hombre ameritaba la cortesía de llamarlo para explicarle que yo no era la persona que buscaba. Me ganó la flojera. La historia, sin embargo, quedó dándome vueltas. Pensé en cómo se habría producido aquel accidente, en el estado de salud de ‘la chica’ y, sobre todo, en las razones por las cuales el agresor habría dado un número telefónico que no era el suyo. Seguramente, quiso evitar hacerse cargo de la indemnización por las lesiones causadas y mandó al padre al desvío. “Solo un miserable provoca un accidente y desaparece”, me dije, pero enseguida me atoré con mis propias indignadas palabras al recordar con vergüenza que una vez yo hice exactamente lo mismo.

Corría el año 98. No viene al caso contar ahora las razones psicológicas de mi comportamiento de entonces, centrémonos en los hechos: mi novia viajaba en una combi y, sin que ella supiera, yo la seguía o más bien perseguía conduciendo el modesto Nissan de mi madre. En un momento dado, producto del desorden del tránsito, para evitar que ella me descubriera, giré el timón violentamente a la derecha, con tan mala suerte o pericia, que hice colisionar el Nissan contra la brillante carrocería de un Mercedes-Benz con lunas polarizadas. Fue un estruendo. Los pasajeros de la combi se percataron de inmediato del incidente; mi novia la primera de todos.

El propietario del Mercedes bajó del asiento trasero: llevaba turbante, lentes oscuros y barba frondosa. Parecía un jeque extraviado en plena avenida Benavides (luego me enteraría de que era el dueño de los casinos Aladino). Mientras el tipo me atarantaba exigiéndome mis datos personales en un ininteligible español con dejo árabe, le proporcioné un número telefónico falso. Me arrepentí al instante, pues intuí que tarde o temprano daría conmigo, como finalmente ocurrió. Pero volvamos al mensaje de voz del padre, o más bien a mis especulaciones después de oírlo, porque también cabía la posibilidad de que el motociclista hubiese dado su número correctamente y el padre se confundiera al pulsar los botones del celular. Como sea, no me sentí involucrado en el tema sino hasta el día siguiente, cuando recibí una llamada. Era el padre.

De manera enérgica me hizo saber que venía buscándome con insistencia desde la víspera y deslizó la posibilidad de que yo, es decir el hombre que atropelló a su hija, no quería asumir mi responsabilidad. Con voz pausada, le aclaré que yo no era el sujeto en cuestión, que nunca he manejado moto en mi vida.

En lugar de apaciguarse, se arrebató. “¡Encima me tomas por tonto! ¡En este momento llamo a la policía!”. Como vi que el asunto empezaba a desbordarse, tuve que explicarle los hechos por segunda vez. No solo no me creyó, sino que colgó en medio de amenazas de encarcelarme, no sin antes pormenorizar las contusiones sufridas por su hija, que, como resultaba obvio, yo tendría que pagar. Esa noche no pude pegar un ojo. Era absurdo, pero una parte de mí se sentía culpable. Hasta le pregunté a mi esposa, solo para cerciorarme, si no guardábamos una moto en la cochera del edificio. “Pero si no tenemos ni cochera”, me recordó ella.

Para colmo, como justo acababa de ver la segunda temporada de Dark, la serie alemana de Netflix donde los personajes se encuentran con sus propias versiones del futuro, en medio de la madrugada me atacó la sospecha delirante de que la llamada era una premonición, la advertencia de un accidente vehicular que quizá podría sufrir mi hija en algunos años más. Me volví loco nada más de pensarlo. Lo primero que hice al amanecer fue llamar al señor y pedirle que no iniciara acciones legales contra mí, jurándole hasta el cansancio que ni siquiera sé manejar bicicleta. El hombre interrumpió mi suplicante monólogo para decirme que me calmara, que ya el motociclista, el verdadero, se había puesto en contacto con él, y que todo no había sido más que “una penosa confusión”. //

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