Módulos Tomas de Canal
elcomercio.pe

Más en Firmas

Firmas

Columna

Notre Dame: Quemar la historia, por Jaime Bedoya

El lamentable suceso en la Catedral de Notre Dame ha demostrado que muchas veces preferimos mirar más allá de nuestras fronteras que dentro de ellas. La columna de Jaime Bedoya

La estupidez ha acompañado al ser humano desde que este existe. No es ningún atributo novedoso. Es más, el dilema aplicado al huevo y a la gallina respecto a quien ostenta la anterioridad entre ambos es perfectamente aplicable al binomio anteriormente mencionado: ¿quién fue primero, la estupidez o el hombre? Porque en la naturaleza la estupidez no existe.

Lo novedoso es hacer de la cortedad del entendimiento un espectáculo masivo, inclusive ostentoso. Esto hay que saber reconocerlo como un aporte propio de las redes sociales. A la gente del siglo XXI
ya no solo le basta contarle al planeta sus almuerzos o enviar sentidos mensajes a sus difuntos vía wifi, sino que hace del narcisismo vanagloria y de la ignorancia orgullo.

Es lo que queda bajo las cenizas de Notre Dame. Hay quienes, no pocos, han celebrado el incendio de un monumento medieval icónico de la civilización como si fuera un triunfo del anticlericalismo, una derrota del modelo heteropatriarcal, o alguna otra severa y triste confusión entre progresía, prejuicio e ignorancia.

Otros, los más, han interpretado el siniestro como el momento oportuno de exhibir un selfie vanidoso y fuera de lugar. La necesidad de llamar la atención es más grande que el peso de un evento histórico.

Este monumento medieval construido sobre un centro de adoración a Júpiter, saqueado por la Revolución francesa y rescatado por el narcisismo de Napoleón, que requería un templo donde autocoronarse, sobrevivió a dos guerras mundiales. Ahora le toca enfrentarse a un fenómeno temible: la incuria moderna. Incuria es abulia. Abulia es desinterés. Todos son sinónimos de quechuchismo.

No es diferente a lo que sufre Chan Chan desde hace miles de años, ancestral ciudad de barro partida en dos por una carretera desangelada y poblada por la basura vapuleada por la brisa marina. Es lo que sucede con la sobrepoblación diaria de Machu Picchu, limón prehispánico de emolientero que hay que exprimir hasta la última gota. Son los restos de la muralla de Lima entre Barrios Altos y El Agustino, antes símbolos de resguardo ante corsarios, hoy desolados urinarios públicos. Es el templo de San Lázaro en San Sebastián, Cusco, donde se quemaron pinturas de Diego Quispe Tito sobrevivientes del tráfico de arte religioso, mientras la gente hacía fotos con sus teléfonos porque no había agua. Y siguen firmas.

Chan Chan

El Complejo Arqueológico Chan Chan, capital de la cultura Chimú, se ubica en Trujillo, región La Libertad. (Foto: Johnny Aurazo)

El Comercio

Alegar que bien hacen en deteriorarse cualquiera de los lugares anteriores, sea como castigo por los sacrificios humanos perpetrados por los chimúes que erigieron Chan Chan o por el papel cómplice de la Iglesia colonial en la extirpación de idolatrías, por decir algo, sería de una necedad supina.

Tener que hacer una colecta para, toquemos madera, proteger Andahuaylillas luego de una desgracia sería de una necedad extemporánea. Pero así somos y así hacemos.

Victor Hugo, el francés que le dio la idea a Disney de contar una historia en Notre Dame (para que entiendan los millennials), decía que en cada arruga de ese templo había una cicatriz por un maltrato recibido. Agregaba, en latín: Tempus edax, homo edacior (el tiempo destruye, el hombre destruye más).

La civilización necesita gárgolas de verdad, no de piedra, para que la defiendan de nosotros mismos: bípedos, implumes y caníbales.

Leer comentarios ()

Subir
Ir a portada