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¿El cerebro o el corazón? Hay que hacerles caso a los dos, la columna de Lorena Salmón

"Más de la mitad de las células del corazón son neuronales, idénticas a las que se encuentran en el cerebro"

¿El cerebro o el corazón? Hay que hacerles caso a los dos, la columna de Lorena Salmón

¿El cerebro o el corazón? Hay que hacerles caso a los dos, la columna de Lorena Salmón

"Escucha a tu corazón, es tu ancla”, me decía Cynthia Zak tiernamente y con una calma ganada a punta de práctica y constancia (sí, la paciencia se entrena y cultiva, como todo en la vida).

Zak, argentina, es profesora de mind-fulness y fundadora y creadora de Yomu, hermoso programa de meditación en movimiento para niños y grandes. “Pon tus manos sobre tu corazón, siéntelo. Escucha tus latidos. Generalmente les prestamos atención cuando nuestras palpitaciones se descontrolan. Pero tu corazón está ahí, siempre enviándote mensajes. Hay que aprender a escucharlo”.

Hay que aprenderlo a escuchar.

Cuántas veces he repetido yo esa misma frase o cuántas otras he empoderado a los demás a hacer cosas guiados únicamente por lo que el corazón dicta.

Tantas.

¿Por qué? ¿De dónde nace esa intuición que nos dice al oído: siente tu corazón?

Todos sabemos que el corazón es una bomba, una máquina poderosa (es capaz de llevar 7.200 litros de sangre a más de 100 mil km de venas y arterias por el cuerpo, cada día).

Pero muy pocos conocemos que este órgano vital, de los primeros en formarse dentro del útero, tiene un campo de energía poderosísimo.

Aquí no hay nada de esoterismo: el campo electromagnético del corazón es creado por la carga eléctrica que se produce por el movimiento de las células cardiacas. Este es tan grande que llega a cubrir el resto del cuerpo y a influenciar a los demás órganos, inclusive hasta al cerebro.

De hecho, este campo se extiende de dos a cuatro metros alrededor, liberando oxitocina y combatiendo a las hormonas del estrés.

Así de fascinante.

Pero no solo nos afecta a nosotros, sino también a los demás.

La mayoría de tradiciones espirituales en el mundo usan la imagen de un corazón en llamas como metáfora del más puro y poderoso amor, esa fuerza transformadora y motora que todo lo puede.

No es una coincidencia.

“Nuestro corazón es tan fuerte que puede llegar a formular el símbolo del amor más conocido: la luz”, sostiene Cyndi Dale, autora del libro El cuerpo sutil. Una enciclopedia sobre anatomía energética.

Dale argumenta que la universidad de Kassel, en Alemania, realizó en el año 1997 un estudio en el que se concluyó que a través de diversas técnicas de meditación enfocadas en el corazón, el meditador podía generar luz visible dentro de su corazón.

Si no es luz, será amor, compasión, empatía, perdón y todas esas nobles virtudes vinculadas directamente con esta zona del cuerpo.

Cada práctica de yoga, comienzo con las manos juntas y los dedos gordos conectados a mi esternón. Así siento mi corazón y sus vibraciones, su vitalidad; y agradezco por estar viva. Convoco gratitud porque te permite mantener un corazón sano y feliz.

Funciona.

Se siente bonito, se siente bien.

Sucede que el corazón envía información al cerebro, más de la que recibe. Así sostiene la matemática Annie Marquer, quien afirma que este órgano tiene un sistema nervioso independiente y que más de la mitad de las células del corazón son neuronales, idénticas a las que se encuentran en el cerebro.

Es necesario y vital conectar entonces con nuestro corazón, llevar una mano sobre el pecho para sentirlo, cerrar nuestros ojos y escuchar su ritmo. No solo eso: llenarlo de energía positiva, también.

Hay un ejercicio que me gusta practicar en clase de yoga. Sentados cómodamente, invito a todos a inhalar profundo por la nariz y al exhalar imaginar que lo hacemos a través del corazón: primero, soltando rencores, resentimientos, limpiando impurezas, y luego proyectando hacia afuera puro amor y pura luz.

Como osito cariñosito. //

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