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Un chanchullito, hermanito, por Jaime Bedoya

La basura ha quedado regada dentro de casa. Habría que ser o muy cochinos o muy idiotas o muy suicidas para seguir viviendo así. Disculpen la pequeñez, la columna de Jaime Bedoya

Duberlí

Duberlí Apolinar Rodríguez en el congreso de la República. (Foto: Juan Ponce Valenzuela)

La bolsas de basura son negras y opacas por una razón funcional: para que no revelen lo que contienen. Que además ya se sabe qué es y no es algo de lo que hacer gala. Se agradece la discreción.

Esa característica tiene pleno sentido en lo que a contener desperdicios se refiere, pero sería contraproducente extrapolarla a todo tipo de recipiente, inclusive aquellos destinados a reunir algo que debe quedar permanentemente al alcance de la vista. Como medicinas, alimento o justicia, por ejemplo.

Uno de los factores que han alimentado el último pantano en que nos encontramos es que instituciones y autoridades han desarrollado comportamientos y mentalidades propios de bolsas de basura. Su funcionalidad reposa en una cuota obligatoria de opacidad. Lo oculto es para ellos lo que el viento al molino.

No pueden ser transparentes. No pueden permitirse mostrar lo que contienen. Esconden y alejan de la vista pública el contenido que han convertido en su manera alterna de ganarse la vida, o de aferrarse al poder. Que en su caso es lo mismo.

Por eso cuando una fiscal valiente y periodistas que hacen su trabajo rasgan esas bolsas de basura y exponen lo que estas contienen, las primeras indignaciones y posteriores acciones de contención son contra ellos, los que prendieron la luz. No me malogres el negocio, hermanito. Estamos para apoyarnos doctor, según fraseo resinoso que ya es deprimente costumbrismo de la septicemia nacional.

Es ideal y correcto imaginarse un país libre de corrupción. Pero es difícil llevar ese pensamiento voluntarioso a la vida real sin un borrón y cuenta nueva general, masivo y tajante, que podría dejar ministerios y dependencias públicas - y no pocas privadas- en un estado de desolación casi absoluto. El apocalipsis zombie. Es decir, renovar hasta las cucarachas del Palacio de Justicia.

La indignación es la última frontera del ciudadano, y del hombre de bien a secas. Algo hay de esperanzador en la rebeldía de colegiales que no quieren desfilar este 28 de julio: ¿para celebrar qué?, dicen con elemental sentido común y saludable sentido del asco.

Detalle clave de la impostación que supone el ejercicio de derechos fundamentales en nuestro país reside en que la propia arquitectura del Palacio de Justicia de Lima sea una copia incompleta del Palacio de Justicia de Bélgica. Le falta la cúpula que si tiene el edificio original. No la hicieron porque faltó dinero. El que se lo hayan robado es una de la posibilidades peruanas verosímiles.

La basura ha quedado regada dentro de casa. Habría que ser o muy cochinos o muy idiotas o muy suicidas para seguir viviendo así.

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