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La culpa nunca fue tuya, por Renato Cisneros

"Hace un tiempo una amiga me contactó por correo para contarme la agresión sexual que sufrió de niña. Lo que leí me impactó. Este es su testimonio". La columna de Renato Cisneros

La culpa nunca fue tuya, por Renato Cisneros

La culpa nunca fue tuya, por Renato Cisneros. (Ilustración: Gustavo Gamboa)

Hace un tiempo una amiga me contactó por correo para contarme la agresión sexual que sufrió de niña. Lo que leí me impactó. Días después, segura de que su historia podría ayudar a otras mujeres que aún permanecen calladas, con miedo, me pidió narrarla. Le ofrecí este espacio para que ella misma lo hiciera. El siguiente es su testimonio:

“Me llamo S. Tengo 35 años. Nací en un hogar de dinero. A los siete años fui violada por el gerente general del banco donde mi padre trabajaba. Ocurrió durante el bautizo de uno de sus hijos. Recuerdo que me puse a jugar con unas niñas y comenzamos a levantarnos los vestidos de manera inocente. De pronto el gerente, el dueño de casa, apareció. Se me quedó mirando. Propuso jugar a las escondidas y me dijo ‘tengo un lugar donde nadie podrá encontrarte’. Le di la mano y subimos al tercer piso. La casa era enorme. ‘Quédate tranquila’, murmuró, ‘si no, tu papá puede enterarse y te va a pegar’. Empecé a temblar. Me echó en una cama sucia diciendo ‘vamos a divertirnos’ y a continuación sacó una chaveta, me bajó el calzón y empezó a cortarme mientras introducía sus dedos asquerosos en mi vagina. Me bloqueé, empecé a rezar. Él me cortaba y yo en mi mente decía ‘Dios me está castigando por haberle dicho a mi papá que no lo quería’. Cuando él terminó le pedí llorando que se fuera y corrí al baño. Sangraba un montón. Oriné, me ardía. Me puse bastante papel higiénico. No paraba de temblar. Fui a buscar a mi mamá, estaba borracha, igual que mi papá. Le conté lo sucedido sin identificar al agresor. Le dije que no sabía quién había sido. Llamó a mi papá para irnos; él se paró a regañadientes. Esa noche le pedí a mi mamá que durmiera conmigo, pero me dijo ‘ya estás grande, duerme sola’. Fue la primera vez que experimenté tanto dolor físico como emocional. Sentía que todo era mi culpa, que yo lo había provocado, pero cómo… ¡Tenía solo siete años!

Al año siguiente empecé a hacer ruidos, sonidos, tics. En mi casa pensaron que eran manías mías que ya se pasarían. Una noche de octubre del 95, cerca de las once, empecé a gritar la palabra ‘Donofrio’. No podía dejar de hacerlo. Mi padre me golpeó con un palo para que me callara. En adelante, los gritos se hicieron peores. Cada noche, antes de dormir, mi mamá me tapaba la boca con cinta aislante. Me llevaron a psiquiatras, neurólogos, hasta chamanes; muchos decían que actuaba así ‘para llamar la atención’. Me botaron del pituco colegio de monjas donde estudiaba porque nadie entendía lo que tenía. Mis compañeras decían que estaba ‘poseída’ y los profesores me recomendaron ‘descansar un año’. No existían razones académicas para echarme (mi promedio ponderado de Primaria y los primeros dos años de Secundaria era 17), pero igual lo hicieron. Hasta el chico que fue mi enamorado por seis años me dejó porque había dejado de ser ‘presentable’.

Tomé miles de pastillas antipsicóticas hasta que un día una tía escuchó a un médico hablar en la radio del síndrome de Tourette. Yo tenía todos los síntomas. Fui a un especialista y, en efecto, me diagnosticó Tourette. Me aceptaron en un colegio alternativo, pero para explicar mis tics mi mamá dijo que había tenido un accidente cerebral. Durante cinco años la pasé fatal: los chicos me metían la mano e insultaban y, cuando me quejaba con la directora, ella me decía que debía estar agradecida por estudiar en ese lugar. En mi casa nunca dije nada; ese era otro infierno. Cuando supieron de mi enfermedad, mis papás se culpaban, me golpeaban, igual que mis hermanos, que me hacían almorzar en la cocina. Mi papá llegó a decir que yo no era su hija, que habría preferido abortarme. Hoy mis padres están viejos, mi madre tiene cáncer y yo siento que mi síndrome los hizo sufrir, los hizo pasar vergüenza, los enfermó.

He salido adelante, y ahora que soy jefa en una universidad y gano bien, soy yo quien se encarga de ellos. Estoy haciendo mi tesis de maestría de Comunicaciones y trato de estar en paz, aunque desde niña vivo con miedo de ser lastimada. Mi enfermedad ha sido mi mejor maestra. Con el Tourette, Dios me dio un don. El don de tener un defecto, la magia de tener una discapacidad. Espero que estas palabras puedan sanar a otras personas que atraviesan una situación como la mía”. //

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