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"El amor hacia un periodismo que ya no existe": la columna de Renato Cisneros

"Pita y yo estábamos irremediablemente unidos ya no solo por Cajamarca y la literatura, sino también por la violencia de la guerra interna, aunque también por el amor hacia un periodismo que ya no existe"

Las máquinas de escribir se popularizaron a finales del siglo XIX y principios del XX. (Foto: Getty Images)

Las máquinas de escribir se popularizaron a finales del siglo XIX y principios del XX. (Foto: Getty Images)

Escribo esta columna en un céntrico café de la preciosa Lyon. No quiero hablar aquí de las clásicas celebridades locales –Saint-Exupéry, los hermanos Lumière, el títere Guiñol, Karim Benzama: casi todos reunidos en uno de esos impresionantes murales gigantes que decoran los barrios históricos de esta ciudad francesa–, sino de mi encuentro con otro personaje, uno peruano, escritor y periodista de 70 años, que radica hace tres décadas en París. Me refiero a Alfredo Pita, autor de las novelas El cazador ausente y la muy elogiada El rincón de los muertos, donde narra, desde los ojos de un reportero español, la violencia de los años 80 y 90 a manos del terrorismo y el Ejército en Ayacucho (vocablo quechua cuyo significado etimológico es precisamente el que da título al libro: ‘el rincón de los muertos’).

Conocí a Pita hace un par de tardes mientras dábamos cuenta de un almuerzo inexplicablemente vegano junto al escritor mexicano Juan Pablo Villalobos. Muy pronto supe que teníamos algo en común: Cajamarca. Alfredo nació en Celendín (probable contracción de la expresión ‘el cielo del edén’), pueblo ubicado a una hora de Encañada, distrito donde nació mi abuelo materno, Eladio Sánchez, quien por cierto se reivindicaba no cajamarquino, sino ‘cajamarqués’.

Ya por la noche, en la cervecería más baudeleriana de Lyon (Les Fleurs du Malt), Pita me contó varias de sus historias, muchas ligadas a 1966, año en que compartió una cena con José María Arguedas y Sybilla Arredondo, con quienes además cultivó una fuerte amistad descrita en el relato testimonial Días de sol y silencio; año en que discutió con su padre, Manuel Pita, nada menos que fundador de la guerrilla del MIR, porque este quería mandarlo a estudiar becado a la Unión Soviética cuando Alfredo insistía con postular a San Marcos; y año en que, para hacerse cargo de sí mismo, entró a trabajar a la librería Moncloa, la más importante de la Lima de los 60, propiedad de Paco Moncloa Fry, recordado promotor cultural y periodista velasquista, víctima de un terrible accidente en los talleres del diario Expreso a raíz del cual le fue amputado el brazo derecho (luego de esa operación Moncloa dio a la prensa una declaración que se hizo célebre: “Hemos perdido la derecha, así que vamos a fortalecer la izquierda”).

Durante este paso por Lyon, tras enterarnos y comentar las novedades que llegaban desde Perú (la fuga de César Hinostroza a Madrid, la liberación de Keiko, el empate de la selección en Miami), volvíamos una y otra vez a tocar esos temas que en todo encuentro de escritores latinoamericanos es imposible pasar por alto: dictaduras, golpes de Estado, torturas, desapariciones. En una de esas charlas Alfredo habló de cómo vivió la matanza de los periodistas de Uchuraccay en 1983, donde fueron asesinados dos amigos suyos de El Diario de Marka, Eduardo de la Piniella y Pedro Sánchez Gavidia, cuyos cuerpos vio hechos pedazos en la morgue ayacuchana; y mientras oía su relato sentí con claridad que, pese a la diferencia generacional, la actual distancia geográfica y quizá alguna irrelevante desavenencia política, Pita y yo estábamos irremediablemente unidos ya no solo por Cajamarca y la literatura, sino también por la violencia de la guerra interna, aunque también por el amor hacia un periodismo que ya no existe, el que se hacía en las antiguas redacciones, donde mandaban editores rudos pero admirables, donde se cultivaba una ardorosa bohemia en bares aledaños y donde cundía la idea latente, a la larga falsa aunque tal vez no tanto, de estar participando del destino del país.

“La verdad es que uno nunca se va de su ciudad”, opinó el mexicano Villalobos en ese almuerzo repleto de lechugas, aceitunas y huevos duros en que referíamos nuestros lugares de nacimiento. Después de oír los recuerdos de Pita, los luminosos, los trágicos, añadiría: uno tampoco se va de su pasado. //

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