(Ilustración: Kelly Villarreal)
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Renato Cisneros

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1. Metro de Madrid. N y yo volvemos de recoger a Julieta del colegio. N es doctora y durante lo que va de la pandemia ha impuesto en casa estrictos protocolos de prevención e higiene sin los cuales Julieta y yo, con seguridad, ya habríamos contraído el .

Cada vez que se percata de que llevo más de un día usando la misma mascarilla descartable, me lo reprocha enojada. Ese tipo de despistes –mejor dicho, negligencias– la sacan de quicio. Por eso ahora que en el Metro vemos a una mujer de unos sesenta años retirarse el barbijo para contestar una llamada, sé que N no tardará en manifestarse. Conozco su mirada de estrés. Al cabo de unos segundos, en efecto, le advierte a la señora que por favor se cubra la boca por su bien y el de los demás. La escena cobra tensión, pues la mujer no solo es descuidada, sino también irrespetuosa y no le importa que quien le habla trabaje en un hospital y haya visto de cerca, durante meses, a cientos de pacientes entubados por falta de oxígeno. “Son tonterías”, murmura la vieja, y sus palabras son como un chorro de kerosene que alguien rociara sobre una fogata. La molestia de N se convierte automáticamente en indignación. Distraigo a Julieta para que no vea lo que está por suceder (o tal vez la uso de escudo para evitar involucrarme). La discusión termina de súbito, pues la señora desocupa el tren en la estación siguiente. Respiro aliviado, pero a N la cólera le dura tres paradas más.

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2. Escribo en la computadora mientras N chatea por WhatsApp con un grupo de amigos. A unos metros la veo ofuscarse, frustrarse, jalarse los pelos. Entonces me cuenta que varios de esos amigos reconocen tomar ivermectina periódicamente, con normalidad, como si fuera leche chocolatada. Por si fuera poco, desconfían de la industria farmacéutica y –al igual que Martha Chávez– creen que sufrirán mutaciones genéticas si se aplican la vacuna contra el COVID-19.

“No les hagas caso”, le digo, “son conspiranoicos”. Pero no logro apaciguarla. Aun cuando sabe que está librando una batalla perdida, por afecto y una suerte de obligación profesional, N contraataca enviándoles links de rigurosos estudios científicos y transmitiéndoles el testimonio de uno de sus mejores profesores de la Cayetano Heredia, quien recientemente detectó en la gran mayoría de sus pacientes más graves con COVID-19 a entusiastas consumidores de ivermectina. Pero estos amigos descaminados no dan su brazo a torcer y se hacen los locos y se despiden con emoticones y desean feliz año. Una lección más de este 2020: hay gente de la que es mejor guardar distancia. No solamente social.

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3. Tren de Ginebra a Lyon. No bien nos sentamos N detecta en las inmediaciones a un hombre mayor que porta una mascarilla con válvula. Me mira con esos ojos. Sé lo que sucederá. Le pido que esta vez no intervenga, pero es inútil. Al instante la veo explicándole a la supervisora del tren que las mascarillas con válvula solo protegen al usuario, no al resto. Mientras la señorita se acerca al pasajero, me escurro entre las maletas y abrigos para no ver el desenlace.

N permanece a la expectativa de la respuesta del sujeto. Este viaje va a del sujeto. Este viaje va a ser muy largo, pienso desde mi escondite. El hombre rechista al inicio, pero luego accede a cambiar su mascarilla y N regresa satisfecha a nuestra posición. Lo ha logrado, me digo. La escena se repetirá dos veces con otros pasajeros que, sueltos de huesos, se quitarán la mascarilla sin razón alguna hasta que mi esposa los pondrá en vereda. Por fuera me quejo de la actitud de comisaria de N. Le digo que parece una espesa brigadier escolar que coloca multas a diestra y siniestra. Por dentro, sin embargo, agradezco su severidad. Tal vez escribo esta columna para decirle lo que nunca le digo cuando vivimos estos episodios: que estoy orgulloso de su profesionalismo, que celebro que corrija a los ignorantes, que si hubiese más personas como ella, así de persistentes, así de precavidas, esta tragedia no sería la interminable pesadilla que estamos viviendo. //

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