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Debajo del maquillaje, por Lorena Salmón

"Antonia usó entonces sus manos y unos hisopos para difuminar los tonos de las sombras. Qué bonita sensación: conocer lo que te apasiona". La columna de Lorena Salmón

Lorena Salmón

Debajo del maquillaje, por Lorena Salmón. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.

Antonia está aburrida y me pide maquillarme.

Me reclama por haber botado el maquillaje que tenía y le expliqué que así como los alimentos, esos productos también tienen fecha de vencimiento.

Cuando trabajaba en moda, muchas marcas de belleza me hacían llegar sus productos y novedades.

Pero yo no he sido nunca una chica de maquillaje.

No sé si es mi torpeza con las manos (mi pobre desempeño en motricidad fina) o si es flojera absoluta, pero lo de maquillarme jamás llamó mi atención.

Mi madre, en cambio, no salía de la casa sin hacerlo y como sus rutinas laborales comenzaban muy temprano, la veía siempre en esa dinámica.

Maquillada, peinada y con las manos siempre impecables y las uñas ‘hechas’ y prolijas.

Todo lo contrario a mí.

Por eso es curioso que Antonia, siguiendo la tradición y contraponiéndose al estilo de su madre, me pida maquillaje a los 10 años y sepa técnicas de contorno para delinearme la cara y que no se me vea papada.

El único maquillaje que tengo (gracias, Avon, por todos los regalos) es una base, una máscara de pestañas, un juego de sombras y cinco labiales que van de nude hasta tono vino. Ni brochas ni esponjitas rosadas ni nada más.

Antonia usó entonces sus manos y unos hisopos para difuminar los tonos de las sombras.

Yo, absolutamente muda y asombrada, veía a mi hija hablándome en voz alta, explicándome que la base que tengo no me ayuda nada porque hace que mis poros sean más perceptibles.

Rayos.

Usó sombras blancas para iluminar el rostro, mezcló tonos de labiales. Me dijo –para terminar– que además quería elegir qué me pondría porque me quedaría con ese maquillaje todo el día.

Es una artista.

Unos días antes de que me dejara boquiabierta, paseando por el Jockey Plaza, me había pedido que le comprara maquillaje. Me negué con un no innegociable.

—Antonia, tienes 10 años. No tienes permiso para maquillarte a esta edad.
—Pero mamá, una paleta de sombras.
—Nada.

La discusión la gané claramente yo y quedó ahí el tema, hasta la sesión de maquillaje profesional que me hizo el otro día.
La niña claro que tiene talento.

—Mamá —insistió ese día—: ¿me puedes comprar ahora maquillaje? Así, cada vez que tengas un evento, yo te pinto.

Hasta ahora no le he respondido.

Hace algunos años atrás comenzó a jugar a pintar heridas con mi maquillaje en desuso: se entretenía viendo realities sobre artistas de maquillaje de fantasía y le encantaba hacerse moretones falsos y heridas simuladas. Siempre nos pedía ser sus modelos y le obsesionaba que le salieran perfectos y reales.

Traté de averiguar sobre talleres de verano que tuvieran un curso similar, pero no existían.

Lo dejé ahí.

Sin estimularlo, sin motivarlo, sin tocarle el tema.

El otro día, mientras la miraba maquillarme, sentía su absoluta felicidad.

Esa que se produce cuando haces algo que te encanta hacer y fluyes perfectamente con lo que haces bien.

Qué bonita sensación: conocer lo que te apasiona.

Me cuenta: “Yo sé de todo esto por los videos que veo en YouTube”.
Ese día Antonia usó mis sombras para ponerse un poco también.
Yo estaba feliz y sorprendida con el resultado. Mi hija me había maquillado y lo había hecho muy bien (mucho mejor de lo que yo habría podido hacer).

Así que no le dije nada sobre sus sombras brillantes, pero sí que iba a considerar comprar una paleta.

Con tal de que me prometa que solo la usará para maquillar a mamá. //

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