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Con los dedos de una mano, por Renato Cisneros

Si tuvieras que elegir cinco objetos representativos de tu vida, cuáles escogerías

Con los dedos de una mano, por Renato Cisneros

Con los dedos de una mano, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Construir un museo personal de cinco elementos dentro de una maleta. Ese fue el desafío que aceptamos los 14 escritores, entre españoles y peruanos, que participamos de la exposición Objetos con historia(s), que se exhibió en la última Feria del Libro de Lima y que volverá a mostrarse al público en octubre, esta vez en Madrid, durante el Festival Eñe. Al reclutarnos, Julio Villanueva, comisario de la muestra, nos pidió pensar menos en souvenirs turísticos o artículos de colección y más en elementos que sintetizaran ciertas claves de nuestro universo íntimo. Estos son los cinco que seleccioné.  

1. El bastón de mando
​El día de 1979 en que mi padre se reencontró en Buenos Aires con Beatriz, su primera novia, le regaló su bastón de mando de general de división. Muchos años más tarde, cuando viajé a Argentina para investigar su pasado, obsesionado con escribir una novela inspirada en él, logré recuperar esa varilla de madera que en su empuñadura dorada luce el escudo del Perú. Sin su dueño ni su destinataria originales ya en este mundo, era un objeto extraviado pero a la vez poderoso, un talismán capaz de imponerse a la muerte, de resucitar fragmentos de un pasado siempre inconcluso. No me lo quedé de inmediato, pero terminó en mis manos.

2. Un caso de ornitología
A mitad de camino entre la sonaja y el títere, ‘Mario, el Canario’ fue el primer juguete por el que mi hija Julieta sintió una precoz debilidad. Tal vez le llamaron la atención sus alas amarillas y naranjas, su cuerpo cilíndrico, su mirada distraída. Lo cierto es que lo manipulaba con esa delicada vehemencia que en los bebés es síntoma inequívoco de fascinación. En sus imaginarios soliloquios (es decir, en los míos), el muñeco se quejaba del trato enérgico que recibía con palabras muy inapropiadas: una coprolalia nunca antes escuchada en esta clase de aves domésticas. A raíz de eso mi hija y yo creímos necesario rebautizarlo adjuntándole un calificativo: ‘Mario, el Canario Ordinario’.

3. Tu voz existe
La radio, como la literatura, exige privacidad. Delante del micrófono, como de la pantalla en blanco, uno está aprovisionado únicamente de sus ideas, sus palabras, su necesidad de comunicarse con otra dimensión. Desde hace 20 años hablo en la radio, por eso elegí un micrófono para mi maleta. Igual que la escritura, la radio es un tozudo acto de fe, pues quien lo ejerce espera que alguien –a quien no ve ni conoce– lo acoja con relativo interés. El buen relato radial, como la mejor trama literaria, destruye el ver para creer e instaura algo invisible pero cálido que inspira fidelidad.

4. La deuda
Fue por La invención de la soledad que en el verano de 2007 me volví fanático de Paul Auster. Solo ese año devoré 13 de sus novelas. Fue por ese libro que me volqué a escribir una novela sobre mi padre. Y fue por ese libro que una mañana en Nueva York crucé el puente de Brooklyn, bajé por el barrio de Brooklyn Heights, llegué a la esquina de la Quinta y Séptima Avenidas y caminé hasta la casa de Auster decidido a tocar el timbre. No sé si me faltó valor o me sobró vergüenza, pero salí corriendo apenas me di cuenta de lo que estaba haciendo y me fui, resignado, por el camino donde las grandes historias quedan reducidas a vulgares anécdotas.

5. El boleto a Rusia
Mi último objeto es la entrada del segundo partido del repechaje entre Perú y Nueva Zelanda. Con ella, en el futuro, ante algún descendiente interesado en la arqueología sentimental, acreditaré que el miércoles 15 de noviembre del 2017, apenas tres meses después de que naciera mi hija, sentado en la butaca 14 de la fila 22 de la tribuna de Occidente del Estadio Nacional, vi a la selección peruana de fútbol, después de 36 años con sus días y sus noches, volver a la Copa del Mundo. Lo que no contaré es que esa misma noche me perdí en el Parque Kennedy en medio del gentío y me emborraché hasta terminar hablando una lengua parecida al ruso.  

Esta columna fue publicada el 11 de agosto del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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