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Cuando descubres para qué sirven los secretos de tu infancia, por Carlos Galdós

"Hoy, 35 años después, ese papelito me ha hecho sentir lo mismo que en ese momento"

Cuando descubres para qué sirven los secretos de tu infancia, por Carlos Galdós

Cuando descubres para qué sirven los secretos de tu infancia, por Carlos Galdós.

Me fui a la casa de mi mamá a saludarla y no estaba. Hilda me abrió la puerta y me dijo: “Pase, señor, ha salido un ratito al mercado” y pasé. Por lo general, me siento en la sala y casi nunca entro a los cuartos, pero esta vez lo hice. Fui directo a mi ex cuarto, al que burlonamente llamo el ‘cuarto museo’, porque todo sigue intacto, como hace 20 años, desde que me fui. La cama en la esquina derecha, el escritorio sobre la izquierda, los dos cuadros de chalanes que nunca me gustaron, las mesas de noche que compramos en muebles Dany de la avenida Arenales, las persianas con sus finas láminas de metal, las calcomanías en la ventana y, en el ropero, mis juguetes.

Sobre la izquierda, las cajas de rompecabezas, esos de 500 piezas de la torre de Pisa, el de Disneylandia y uno de 1.200 piezas que particularmente recuerdo porque me demoré exactamente un año en armarlo. También está el del autorretrato de Vincent van Gogh. Al otro lado, las pistas de carreras, todas compradas de contrabando en las galerías Paruro; un par de carritos a fricción Matchbox; una lata de panetón Todinno llenecita de soldaditos de plomo; una bolsa de tela con canicas grandes, medianas y los famosos cholones. También estaban las canicas que se canjeaban con la pasta de dientes Signal, un casete de Virus, otro de Michael Jackson, un compilado de hits del año 1982 titulado Llena tu cabeza de rock, la banda sonora de la película Flashdance y de ahí toda mi colección de rock subterráneo, Narcosis, Eructo Maldonado –los dos discos long play– y varias maquetas de Guerrilla Urbana, Eutanasia, Vox Propia, G3, Q.E.P.D. Carreño, Lujuria y, cómo no, el disco emblema de Leusemia.

Me he tirado al piso a armar las pistas y jugar con mis carritos. Menos mal que todavía funciona la radio doble casete y con un hisopo remojado en alcohol he limpiado los cabezales para que suene mejor. En otra latita estaban también mis naves espaciales, que venían de sorpresa en los chocolates juguetes de Motta. Las piezas del rompecabezas de van Gogh me siguen pareciendo muy chiquitas. Mis álbumes siguen intactos y lo más gracioso de todo es que hasta el día de hoy las tres revistas porno que escondía como tesoros siguen ahí sin ser encontradas. Mi vieja era experta hallando escondites, pero nunca pudo con mis revistas porno –dos Penthouse y una Hustler–, que solo yo sé dónde están. Ahí siguen y ahí estarán.

Así como esa historia que apareció hace unos días en Facebook sobre el hombre que había guardado una hamburguesa de McDonald’s por 20 años y que seguía intacta, así igualito siguen intactos un Muss de Cremino, unas galletas Loncherita y una cajita roja de pasas marca Sun Maid. Las guardaba, según yo, por si algún día pasaba algo y nos quedábamos sin comida. Ahí están todavía esperando ese momento. También están en el cajón del escritorio todas mis libretas de notas, incluida la que falsifiqué durante tres bimestres seguidos.

En el ropero siguen mis zapatos Bussem, un polo OP, mi caja de magia del sombrero mágico de Gustavo Lorgia y adentro un papelito donde alguna vez escribí algo que finalmente se cumplió: “Mi deseo es que todos me conozcan”. Recuerdo exactamente el día, el lugar y el momento en el que escribí eso. Tenía nueve años, fue en el cumpleaños de un amigo de mi colegio en El Rancho y el mago pidió a todos los niños que escribiéramos en un papel un deseo. Luego pasó su sombrero y todos dejaron ahí su papelito, menos yo. Me dio vergüenza y lo guardé en mi bolsillo, que además estaba lleno de chizitos porque, si algo hacía de niño, era meterme chizitos en los bolsillos para comerlos en mi casa. Y aquí está el papel, en esta caja de magia, todavía amarillo por los chizitos. Hoy, 35 años después, ese papelito me ha hecho sentir lo mismo que en ese momento, solo que ahora, con mucha terapia encima, ya puedo aterrizar esa emoción, reconocerla y entender el porqué de esa necesidad. La herida que yo tengo es de humillación. Por eso ese deseo de reconocimiento. Hoy abrazo y agradezco ese sentimiento, lo reconozco, lo valido y es desde ahí que quiero que otras personas no sientan lo mismo a esa edad. Para eso me estoy preparando, para transformar. //

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