"Recuerdo que ese día no pude evitar recordar en cámara rápida (la cámara lenta no es algo que puede permitirse un emprendedor que tiene como principal capital su tiempo) los distintos estadíos de mi emprendimiento". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Recuerdo que ese día no pude evitar recordar en cámara rápida (la cámara lenta no es algo que puede permitirse un emprendedor que tiene como principal capital su tiempo) los distintos estadíos de mi emprendimiento". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

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La semana pasada sentí como si estuviera de cumpleaños. No soy de las que suele emocionarse demasiado con todas esas fechas conmemorativas que nos hemos inventado en el calendario para homenajear hasta al pollo a la brasa, pero el , esa fecha, sí que me la tomé a pecho.

En el 2014, la ONU tuvo la iniciativa de decretar el 19 de noviembre Día Internacional de la Emprendedora, con el objetivo de dar visibilidad al emprendimiento femenino como un instrumento social para terminar con los prejuicios sociales y luchar contra la desigualdad salarial. Recuerdo que ese día no pude evitar recordar en cámara rápida (la cámara lenta no es algo que puede permitirse un emprendedor que tiene como principal capital su tiempo) los distintos estadíos de mi emprendimiento y, con ellos, mi estado de ánimo. Y por más idea loca que parezca, llegué a la conclusión de que el emprendimiento tiene colores. Hoy quiero compartir contigo los míos:

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Negro. Lamento comenzar con un color extremo, pero sí pues, emprender tiene días muy oscuros, no solo cuando no te salen bien las cosas, sino porque nadie nace sabiendo ser emprendedor. El emprendedor se hace y, lo más probable, a punta de caídas, tropiezos, malas decisiones y a veces inversiones. Te conviertes en un autodidacta por necesidad y en una esponja por supervivencia, tratando de absorber conocimiento, consejos, contactos, de la manera más económica posible. La mayor parte del tiempo eres tú y tu pañuelo los que comenzaron el baile y no hay presupuesto para música, instrumentos y menos aún para orquesta.

Sepia. Los recuerdos de tus vidas pasadas los tendrás a flor de piel, sobre todo si pasaste de trabajar para una empresa al jardín de los emprendedores. Experimentarás el efecto del ex –del que solo te acuerdas las partes bonitas– y borrarás todo lo que hizo para que decidieras dejarlo. Sentirás nostalgia, frío, miedo, ganas de que te vuelva a abrazar alguien, en teoría, más fuerte que tú. Tendrás la tentación de salir con desesperación a buscarlo y pedirle otra oportunidad, estando dispuesto incluso a adaptarte a sus condiciones y olvidar tus propios anhelos y necesidades.

Blanco. Te atraparán los días de cero inspiración y ánimo. De bloqueo mental y emocional. De falta de nuevas ideas y soluciones para ese tremendo desafío que llevas en la espalda. De cuestionamientos con espacios en blanco: ¿por qué diantres me complico la vida? ¿Quién me manda a mí a luchar contra la corriente? Lo peor es que si tu propósito es genuino, sabes bien la respuesta, pero tienes amordazado a tu yo emprendedor, castigado en una esquina por hacerte sudar más de la cuenta y no quieres que te diga lo que ya sabes porque estás molesta contigo, con el mundo, con ese cliente que no te paga hace cuatro meses y te agarró de su casa financiera o de lorna, ya no sabes qué es peor.

Rojo. No por tu sueldo, que desde ya te anticipo que estará reducido a cero por varios meses hasta que tu emprendimiento tome vuelo. Tampoco por tus números, que deberían estar manejados desde el día uno por un buen contador. Estarás rojo de ira por aquellos que, pudiendo tenderte una mano, solo se dignaron a darle like a tu foto en redes sociales. Que te dejaron en visto cuando antes vivían desesperados por verte cuando les eras útil. Te indignarán aquellas empresas que se jactan de grandes mecenas de la responsabilidad social y no son capaces de pagar en menos de 120 días a sus proveedores. O esos ejecutivos que hablan de equidad y empoderamiento en posts, pero en la vida real solo despliegan soberbia.

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Hormiga. Por supuesto que es un color y estuvo más vivo que nunca a inicios de pandemia. El color de hormiga es el pantone de la incertidumbre.

Technicolor. Como la canción de Fito, vibrante, enérgica, que viene con mariposas incluidas que se posan en tu estómago. Querías hacerte un polo de ese color para celebrar un gran año, a pesar de la crisis con tu familia de 60 personas que hoy trabaja contigo, pero tu equipo sugirió magenta. Viene con un logo actualizado y profesional, no el que dibujaste en una servilleta. Bailarás Mariposa Technicolor con ellos y te permitirás también estar con la cara magenta, de felicidad. //

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