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"Didí y Gareca: queridos verdugos", por José Carlos Yrigoyen

¿Qué unió para siempre a Didí y al ‘Tigre’ Gareca? El habernos primero ultimado –con goles de letal belleza que nos sacaron de dos Mundiales– y después el haber sido precisamente ellos quienes nos devolvieron la alegría después de largo tiempo. Cada uno a su estilo

Didi y Gareca

Técnico Waldir Pereira ‘Didí’ es cargado en hombros en el aeropuerto Jorge Chávez. La imagen forma parte del libro Mundialistas, de El Comercio (ya disponible en quioscos y librerías). Al lado: Gesto inmortal de Gareca. ¡Pensá!

Didí estaba nervioso. Había arribado a Lima con el resto de la selección brasileña para el partido de ida de la eliminatoria para el Mundial de Suecia, pero no eran los rigores de ese encuentro lo que le inquietaba. Su aprensión se generó porque en las prácticas nocturnas del Scratch en el gramado del Estadio Nacional había perdido su aro de matrimonio y, para evitar la ira de su señora, se dedicó durante varias horas a buscarlo, apoyado por sus compañeros. No lo encontraron y el mediocampista debió volver con angustia a su hotel. Los hinchas locales, al enterarse del hecho al día siguiente por los diarios, anhelaron que ese extravío fuera un mal presagio para los verdeamarillos y que el campo del José Díaz siguiera jugándoles malas pasadas. 

PALABRA DEL DÍA: PAÍS 

Los aficionados más racionales sabían que a ese equipo brasileño, integrado por monstruos como Garrincha, Djalma Santos o Zózimo, no se le ganaba solo con argumentos esotéricos, sino oponiéndole una fuerza respetable que pudiera presentarle batalla. Esa vez la teníamos: un combinado bendecido por la espontánea amalgama del talento natural con la picardía criolla protagonizado por ‘Toto’ Terry, el ‘Conejo’ Benítez –en ese entonces baluarte aliancista y años después pasión del Milan y de la Roma–, ‘Vides’ Mosquera y otras alhajas familiares. Cierto, en varios casos la falta de profesionalismo y la bohemia trajinaban sus biografías, pero habían hallado la soñada coherencia bajo la batuta de Jorge Orth, un buen técnico húngaro al que la prensa hostigaba, más que por las eventuales derrotas, a razón de su exorbitante sueldo de 21 mil soles de la época (unos 750 dólares), lo que lo hace una suerte de Autuori premoderno.  

De los brasileños a los que enfrentaríamos en nuestra capital el 13 de abril, el que más atención de la prensa suscitó, y por lejos, fue el espigado Didí, nacido Waldir Pereira en 1928. Símbolo del Fluminense, en el que regaló su juego elegante y mortífero durante diez años, era en ese momento parte del Botafogo, y se encontraba en el mejor tramo de una carrera cuyo genio permitió extender hasta mediados de la década del 60. Siempre sonriente, de buen trato con la prensa nativa, fue considerado en la previa como el adversario más peligroso junto al socialmente apocado Garrincha. Pero, a la hora de las acciones, el llamado ‘Príncipe Etíope’ fue neutralizado por un Benítez que desesperó con su marcaje a los delanteros de la visita. A los 36’ Terry haría un bonito gol al sacarse a Djalma Santos con mucha clase y fusilar a Gilmar; Índio a los dos minutos del complemento firmaría el empate definitivo. La igualdad no fue mal recibida por la prensa y la afición, a pesar de que nos obligaba a ganar en el intimidante Maracaná. El popular humorista Sofocleto resumió el sentimiento del hincha mejor que nadie: “Todavía no han perdido el viaje, aunque si pierden el partido en Río tengan la seguridad de que no irán a Suecia, sino que los vamos a mandar mucho más lejos”. 

El 21 de abril Brasil nos eliminó con un único gol fabricado a los once minutos. Lo hizo Didí con un arma que no conocíamos, la folha seca, y por lo tanto solo pudimos presenciar su letal belleza, como sucede con los que vieron desde lejos los primeros hongos atómicos. Se trata de una maniobra reservada para quienes no son del todo mortales: el pie del ejecutante impacta en la bola de modo que esta sale disparada hacia el arco con tal velocidad que todo hace indicar que se perderá más arriba del travesaño; sin embargo, esta inicia una imprevista trayectoria descendente y acaba hermanándose con las redes. Así, el arquero peruano Rafael Asca quedó tan desconcertado como sus demás compatriotas. La crónica de El Comercio del día siguiente era encabezada con un “Raro shot de tiro libre dio triunfo a los brasileños” y estaba teñida por la resignación de aceptar que nuestros seleccionados no estarían en Estocolmo el invierno siguiente.  

Esa serie clasificatoria fue el inicio de la relación de Didí con el Perú. Entre 1962 y 1964 vistió la fresca camiseta del Cristal y después, como técnico, obtuvo para los rimenses el campeonato nacional de 1968. Ese mismo año fue contratado como técnico de la selección, pues los dirigentes creían que su prestigio podía ser favorable para pactar buenos amistosos internacionales. En realidad, Didí nos dio mucho más que eso. Después de una racha negativa de partidos sin ganar, convenció a sus hombres de sus ideas, basadas en la elegancia, el lujo y la vocación ofensiva, y así cumplimos las gestas de la eliminatoria de 1969 y el Mundial de México, en el que alcanzamos un meritorio séptimo puesto y el diploma de la FIFA al fair play. Porque Didí era un creyente de la caballerosidad y la limpieza deportiva, salvo en los momentos difíciles que obligaban a ponerlas de lado, como esa tarde en la que fileteó los shorts de ‘Perico’ León con una tijera y le ordenó arrancárselos para enfriar el juego en el punto más complicado del partido de la Bombonera. Pero estos son detalles. Lo importante es que cuando alguien en el mundo evoca la grandeza de Didí, es imposible que no la sintamos también un poco nuestra. 

La paciencia del 'Tigre'

Ricardo Gareca (Tapiales, 1958) fue un óptimo delantero con la suerte de espaldas. Fue integrante del plantel de los dos grandes de Argentina, Boca y River, pero, quizá injustamente, las hinchadas de estos clubes tienen un mal recuerdo de él. Los xeneizes le reprochan la traición de haber renunciado para jugar con el clásico rival; los de la franja le reclaman su poca efectividad en los seis meses que militó en sus filas. Su revancha la tuvo en el América de Cali: ahí fue fundamental para concretar dos campeonatos colombianos y un subtítulo. No obstante, perdió tres finales consecutivas de la Copa Libertadores en 1985, 1986 y 1987. Existía algo en la carrera de Gareca que le impedía dar los grandes saltos, aunque sus participaciones usualmente eran más que aceptables. Esa frustración también lo acompañaría en la selección argentina. 

Lo convocó a ella Carlos Salvador Bilardo, monarca del antifútbol, como suplente en el proceso eliminatorio para el Mundial de México. En los primeros cuatro partidos el ‘Narigón’ no conoció otra cosa que la victoria. En la última fecha necesitaba solo un empate en Lima para garantizar su clasificación. Perú, que en un principio era comandado por el inestable Moisés Barack y ahora era entrenado por Roberto Challe, debía ganar los últimos dos lances con los albicelestes para arrebatarles el cupo mundialista. En Lima sorprendimos y ganamos con un gol tempranero de Oblitas y la ya legendaria e infame marca de Reyna a Maradona, de la que extrañamente mis paisanos se enorgullecieron por varias décadas. Bilardo juró venganza y en la siguiente fecha, en Buenos Aires, nos cobró la afrenta soltando en la barrosa cancha a un dóberman carnicero llamado Julián Camino, que trascendió a la historia del fútbol sudamericano por romperle la pierna a Franco Navarro, quien, a diferencia suya, era un jugador de verdad.  

Ese fue un match épico, con todos los ingredientes que condimentan las hazañas peruanas. Partimos con un hombre caído en combate, Argentina se puso arriba en el marcador a los pocos minutos y Perú remontó con dos goles de gran calidad: el primero un tiro libre de Cueto que Uribe convierte en un pase de cabeza para Velásquez, quien la añade ante el pasmo de Fillol, Trossero y Passarella; el segundo nació de otra jugada del ‘Poeta de la Zurda’, quien, desafiando las leyes de la física, se escurre entre tres argentinos y cede a Barbadillo para que este se haga famoso y ponga a Perú a tiro de piedra del Mundial. 

Bilardo, desde el banquillo, no sabe cómo reaccionar. A los 61’ se decide por sacar al despreciable Camino para que ingrese el ‘Flaco’. Este ya había entrado en el partido contra Venezuela en San Cristóbal y su actuación había sido muy discreta, pero en esos instantes de apremio solo quedaba hacer un acto de fe. Y cuando solo restaban once minutos para que el tiempo oficial se extinguiera, Passarella cruza una pelota en el área peruana, Pasculli retiene a Chirinos con ambas manos y la pelota se pasea hasta encontrar el botín de Gareca, quien anota a placer ante la mirada impotente del portero Acasuzo. El ‘Tigre’ grita, sonríe y levanta los brazos en son de triunfo. Todos en el Perú nos indignamos, reclamamos la falta, nos sentimos asaltados y vejados, y la imagen celebratoria de ese atacante esmirriado y narigudo, coronado por unos largos pelos rubios, nos acompañó muchos años, como otras tantas que componen el ominoso y espeso álbum de cuatro décadas de eliminaciones, goleadas humillantes y breves esperanzas que terminaban en una mueca compungida.  

Hay quienes dicen que él no nos sacó de esa Copa del Mundo, pues después nos enfrentamos a Chile en un repechaje por la última plaza sudamericana. Pero esa gente olvida que el sentir colectivo puede ser más fuerte que cualquier estadística y reescribir todo hecho fehaciente. No obstante haber sido decisivo para clasificar al Mundial que Argentina campeonaría, Bilardo no incluyó a Gareca en la lista de veintidós que viajaron a México. Fue un golpe rudo, que él ha definido como la mayor decepción de su carrera. Su paciente reivindicación, 33 años después y de la mano de un Perú al que le enseñó a codearse entre los grandes, ya es de sobra conocida. 

Al ‘Príncipe Etíope’ y al ‘Tigre’ los unen haber sido primero nuestros ultimadores y luego quienes nos devolvieron la alegría después de largo tiempo. Verdad es que cada uno lo hizo a su estilo: el gol de Didí que nos sepultó es coherente con su manera mágica y virtuosa de entender este juego; el de Gareca, nacido de la lucha y de una actitud indoblegable, también es congruente con su visión. Con los mismos principios con los que nos mataron, nos devolvieron a la vida. Y aquí estamos, agradecidos y expectantes. 

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