El papel de Tadzio hizo que su relación con los hombres cambiara. Lee la columna de Renato Cisneros. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
El papel de Tadzio hizo que su relación con los hombres cambiara. Lee la columna de Renato Cisneros. (FotoIlustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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Ese semestre el profesor José Carlos Huayhuaca nos pidió identificar diferencias y semejanzas entre la Muerte en Venecia escrita por Thomas Mann y la adaptación cinematográfica de Luchino Visconti. Leí la novela sin poder despegarme de sus páginas, impactado por la relación, intensa y a la vez distante, entre el señor Aschenbach y ese muchacho tímido y tan peculiarmente bello llamado Tadzio. ¿Aquello era atracción, pasión, lujuria o todo al mismo tiempo? Enseguida empecé a ver la película, convencido de que sería imposible para Visconti ponerse a la altura de la magistral obra literaria del alemán; dos horas más tarde, sin embargo, estaba frente a la pantalla preguntándome cómo lo había logrado. Más allá de esas inolvidables imágenes de una Venecia nebulosa y decadente, mi atención volvió a concentrarse en la fascinación que despierta en Aschenbach (interpretado por Dirk Bogarde) la presencia turbadora de Tadzio, esa versión andrógina de la Lolita de Nabokov tan magníficamente encarnada por el joven actor sueco Björn Andrésen.

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Es curioso cómo mientras Mann intenta en la novela disimular o reprimir su propia sensibilidad homosexual, dándole a la historia una perspectiva intelectual, Visconti –quien era abiertamente gay– enfatiza esas pulsiones, cuidándose de que el espectador no vea en Aschenbach a un pederasta sino a un artista obsesionado con la belleza y las formas superiores del amor.

Hace un mes, a propósito del cincuenta aniversario de la cinta del director italiano, la plataforma Filmin estrenó el documental El chico más bello del mundo, dirigido por Kristina Lindström y Kristian Petri, donde se revela lo sucedido con Björn Andrésen antes, durante y después de convertirse en Tadzio.

Ya en los primeros minutos nos enteramos de que el quinceañero asistió al casting convocado en Estocolmo en febrero de 1970 a instancias de su abuela materna, a quien le entusiasmaba la idea de que su nieto se hiciera famoso. Las imágenes en que Andrésen posa semidesnudo frente a un Visconti encandilado son elocuentes. Se nos muestra su incomodidad, su desgano, sus ganas de largarse de esa habitación del Grand Hotel donde su adolescencia está a punto de cobrar un dramático punto de inflexión.

Las razones que explican por qué el actor mantenía ese aire extraviado –tan conveniente para la película, por otra parte– son contundentes: nunca conoció a su padre y cuando apenas tenía diez años su madre desapareció sin dejar rastro. De esas experiencias venía el púber que Visconti controló, no sin dureza, a lo largo del rodaje y sobre todo durante la gira promocional. Una vez que lo dio a conocer ante la prensa, en Londres, durante la gala inaugural de Muerte en Venecia, como “el chico más hermoso del mundo”, lo lleva al Festival de Cannes. Allí Visconti no solo lo exhibe en conferencias y recepciones donde vemos al joven aturdido en medio de celebridades y periodistas (“me sentía un trofeo errante”), sino que por las noches lo hace conocer diferentes clubs gay. De esas incursiones Björn solo recuerda una retahíla de miradas viciosas y labios húmedos: “Era como si me hicieran una mamada con sus mentes”.

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Tras aquel episodio, el maltrato continuó. Visconti lo envía a una delirante gira por Japón, donde Andrésen es recibido como un verdadero rockstar. Actúa, canta y hasta graba un disco en japonés. Por donde va genera alboroto. Incluso los ilustradores de manga lo buscan para dibujar su “precioso rostro occidental”. La artista Riyoko Ikeda, autora de la famosa serie animada Lady Oscar, la rosa de Versalles, confiesa que fue Björn quien la inspiró para crear a Lady Oscar, una mujer que se viste como varón.

Además de arrojarlo a una fama que no deseaba, el papel de Tadzio hizo que su relación con los hombres cambiara. Muchos le enviaban cartas de amor e invitaciones a viajar, algunas de las cuales el desorientado Andrésen acabó aceptando.

Esas confusiones no le impidieron casarse más tarde y convertirse en padre de dos niños, dejando atrás durante un período la oscura estela de Muerte en Venecia. Pero como si su destino estuviera signado por un halo oscuro, a Björn le estaba reservado el golpe más duro de todos: la muerte de su segundo hijo, Elvin, de dos años. “El diagnóstico médico fue síndrome de muerte súbita del lactante”, dice Andrésen, “pero mi diagnóstico fue falta de amor”. El actor cayó en la depresión, el alcoholismo y otras variantes de la autodestrucción.

Hoy, sin éxito ni dinero, convertido en un sexagenario huesudo de larguísimo cabello plateado y abultada barba blanca, es apenas un espectro de lo que fue. Un fantasma al que, lejos de tener miedo, provoca abrazar y hasta querer. //

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BIOS, avance del episodio de "Andrés Calamaro". (Fuente: Star+)
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