¿Envejecer o crecer? Allí está el detalle. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
¿Envejecer o crecer? Allí está el detalle. Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Luciana Olivares

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Para alguien que se ha pasado la vida corriendo, algunas maratones en pista y otras en la vida misma, los 43 se vuelven un número especial. Si lo llevo al campo deportivo, para un corredor, 42 es un número importante porque son los kilómetros que tendrá que recorrer para hacer una . Si pienso en lo que hice cuando culminé mi primera maratón, fue claramente bajar el paso. Necesitaba estabilizar mi corazón porque sentía que se me salía del cuerpo por la velocidad que puse y la adrenalina que tenía al llegar. Después de trotar a paso muy ligero para luego caminar, me permití despanzurrarme en plena vereda, así, sudada, recorrida, satisfecha.

Si pienso en mis 43 en el campo personal, también los he vivido corriendo. Comencé a trabajar en publicidad desde los 18, mientras estudiaba en la noche. Aún recuerdo correr al paradero para que el micro no me dejara y llegar a tiempo desde La Molina (allí quedaba la productora donde trabajaba) hasta mi instituto. A los 21 ya tenía un tercer trabajo que me permitió mudarme sola, cosa que era poco común en mi época. No voy a entrar en detalles, pero digamos que el buen Modesto, aún portero de ese edificio, tiene material para un reality.

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Viví intensamente mis 20, con subidas y bajadas, certezas e inseguridades, amores y desamores, incluso hacia mí misma. Terminé mi maestría en un año viajando –era dictada en cuatro países del mundo cada dos meses–, mientras trabajaba, era esposa y tenía una niña de dos años.

Me divorcié por segunda vez a los 33, publiqué mi cuarto libro a los 39. Decidí fundar mi propia empresa a los 40 y hace una semana, casi tres años después, tomé mis primeras vacaciones justamente para celebrar mi cumpleaños.

Me casé por tercera vez a los 42, con un hombre que hasta el día de hoy me deja puesta la pasta de dientes en el cepillo antes de acostarnos. Mirándolo en retrospectiva, estos 43 años han sido intensos. Podría decir que me tomé a pecho eso que les canta Arjona a las cuarentonas: “Póngale vida a los años, que es mejor”. Sin embargo, tengo que reconocer que en este cumpleaños sentí esa misma sensación de mi primera maratón, esas ganas locas de despanzurrarme a mirar un ratito lo recorrido, de bajar un poco el paso sin detenerme en seco, pero sí con la velocidad correcta, como para conversar mucho más con quienes tengo al costado, incluso tomarlos de la mano y contemplar el paisaje.

No es que quiera dejar de hacer cosas, pero supongo que quiero dedicar tiempo a disfrutarlas, procesarlas, asimilarlas, como cuando piensas que estás siendo productiva por almorzar en cinco minutos y ni siquiera fuiste capaz de masticar los alimentos. Quiero aprender realmente a saborear la vida y no tragarme los momentos como si fueran un jarabe: vivir es tan delicioso. Pero tan importante como la bajada de velocidad es pensar en quiénes y qué quiero que me acompañen.

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Pamela Rodríguez, una amiga muy querida con la que tengo , me contó que hace un tiempo decidió reorganizar a lo Marie Kondo su clóset, pero de amistades. Para ello les escribió una carta a aquellas ‘amigas’ que consideraba tóxicas, contándoles los motivos por los cuales ella no proseguiría frecuentándolas. Pamela me dijo cuán sanador había sido el proceso de rodearse de aquellos que genuinamente le hacen bien.

Pienso que a mis 43 quiero ocupar más mi tiempo con aquellas personas que me hagan bien y, espero, yo a ellas. Amigas que están para ti en todos tus detrás de cámaras, dándote el abrazo que necesitas cuando las cosas no salen bien y no para la foto de Instagram. A estas alturas de mi vida quiero invertir mi tiempo con personas auténticas y no en relaciones ‘bamba’. Me gustaría ir a más reuniones de las mamás del colegio de Fer y no ser la que siempre falta porque está trabajando. Más maratones con Fer pero en Netflix, sin tener sentimiento de culpa por lo que podría estar haciendo.

Quiero también tener una relación más amable con mi cuerpo, de aceptación y no de resignación: es muy distinto. Estoy envejeciendo, no voy a ser demagoga y decir que salto de emoción en saberlo. Pero supongo que puedo mirar mis años como evidencias de mi experiencia y sin taparlos con ropa achibolada. Ni abusar del bótox y parecer un gato más del parque de Miraflores; prefiero aspirar a ser una ‘tía rica’. Porque la calle, la esquina, los hallazgos, los desaciertos, los rollos de los días y, por qué no, del cuerpo, el recorrido, pero sobre todo la vida, te hacen sexy. //

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