"Al final, sí o sí, tendremos un gobierno; en cambio, no es seguro que para entonces tengamos un país". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
"Al final, sí o sí, tendremos un gobierno; en cambio, no es seguro que para entonces tengamos un país". Lee la columna de Renato Cisneros. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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El ‘callejón oscuro’, define Martha Hildebrandt, es ese “juego de muchachos en el que se forma una especie de pasillo con dos hileras de personas que golpean al que intenta atravesarlo”. Tal cual. Para más de una generación, el ‘callejón oscuro’ era la práctica habitual –en el colegio, el barrio– cuando se trataba de sancionar a alguien. Tras la entusiasta repartición de manazos y puntapiés, la víctima encajaba un “apanado” y debía esperar el siguiente turno para tomar represalias y devolver el doble de lo recibido.

Algo de aquel método ciertamente salvaje –originario de las escuelas militares, según doña Martha– se percibe en la , donde, incapacitados para el más mínimo nivel de entendimiento, los peruanos venimos aplicándonos una interminable sucesión de golpes bajos.

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La convivencia en espacios públicos y virtuales se ha convertido en un ‘todos contra todos’ en el que intervienen ya no solo seguidores de Pedro Castillo y Keiko Fujimori, sino también periodistas, abogados, congresistas salientes, parlamentarios electos, militares en actividad, oficiales en retiro, magistrados, fiscales, videntes, familiares, amigos, en fin, todo aquel que tenga una opinión e incluso aquel ‘sospechoso’ que diga no tenerla.

Pese a que existen resultados oficiales, una mitad del país no está dispuesta a reconocerlos, por muy depurados que estén. La señora Fujimori, cuya libertad peligra con la que sería su tercera derrota consecutiva, en vez de acatar las conclusiones del JNE –como dijo que haría– lanza arengas como “¡No nos vamos a rendir!”, que soliviantan aún más a sus ya crispados votantes.

No ha sido mejor la reacción de Castillo, quien se autoproclamó presidente antes de la resolución final del Jurado, provocando aún más a las huestes adversarias. Encima Vladimir Cerrón, con sus desatinados comentarios en redes contra sus aliados (en general, contra todo), persiste en dinamitar los timoratos intentos de moderación del profesor cajamarquino. Para colmo, los presuntos vínculos del fundador de Perú Libre con la mafia de ‘Los Dinámicos del Centro’ dan a entender que estas elecciones pusieron en contienda no a dos partidos, sino a dos organizaciones criminales.

Por eso, si el lloriqueo fujimorista es insoportable, el festejo del lápiz es inoportuno, pues se trata de triunfo meramente estadístico dada la precariedad política con que Castillo llega al poder y el horizonte convulso que se avizora para los próximos años.

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En medio de esta anarquía, ningún llamado a la calma por parte de los árbitros electorales surte efecto, pues también ellos han sido empujados al Callejón Oscuro y ahora se pretende desacreditar su trabajo hostigándolos en sus viviendas. Ni siquiera el presidente Sagasti posee el don de mando suficiente para apaciguar los ánimos: cualquier mensaje de tranquilidad que intente será tomado como interferencia y entonces la guillotina de la vacancia volverá a bailar sobre su cabeza. Tampoco los comunicados de la OEA ni de ninguna organización internacional bajarán las revoluciones de un país que está, no al borde, sino ya inserto en un serio conflicto civil. No hay que esperar a que se inicie el próximo mandato presidencial para atestiguar el espectáculo de la ingobernabilidad: ahora mismo estamos dando ese espectáculo. Somos una sociedad ingobernable, incapaz de entender eso que señala la politóloga Gabriela Vega Franco: “La democracia es incómoda, le pone límites a nuestro poder y a nuestros deseos, nos protege tanto como nos limita”.

Hoy no hay figuras señeras, ni eclesiásticas, académicas, artísticas o deportivas que, por más respaldo unánime que hayan recibido en el pasado, sean capaces de mediar para contener la furia desatada. Ha sido precisamente esa furia la que el fin de semana pasado puso en marcha la fugaz campaña “Chapa tu caviar”, que promovía el acoso a personajes cuyo único denominador común es no haber alentado a la candidatura de la derecha. Felizmente, el ingenio popular rebautizó esa caza de brujas como “Chápate a un caviar”, con lo cual la cruzada del odio fue sustituida por la dictadura del amor.

Pero fue una victoria pírrica, pues la pugna y confrontación continúan a toda marcha. Seguimos en el ‘callejón oscuro’, no se sabe si al final o al principio, castigándonos por pensar distinto, dándonos golpes y patadas que sin lugar a dudas dejarán marcas. La triste ironía es que al final, sí o sí, tendremos un gobierno; en cambio, no es seguro que para entonces tengamos un país. //