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Lee la columna de Renato Cisneros: "Dónde estabas entonces"

1992 nos cambió la vida. A algunos literalmente. Las cosas que nos ocurrieron esos días no se olvidan. No deben olvidarse.

Dónde estabas entonces, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Dónde estabas entonces, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Hay años que regresan. Que contradicen a los almanaques. Que vuelven con fuerza, como el bumerán. En rigor, los que vuelven no son los años, sino sus secuelas, heridas que no cicatrizaron bien, voces que no callaron del todo, fantasmas no exorcizados, traumas mal digeridos que siguen estremeciéndonos. Uno de esos años es 1992, un año-bumerán como pocos, un año que siempre regresa. Nos pasaron cosas decisivas esos 12 meses. A todos. Al Perú. 1992 nos cambió la vida. A algunos literalmente. Las cosas que nos ocurrieron esos días no se olvidan. No deben olvidarse. Tenemos la misión de transferirlas, de heredarlas, de relatarlas para que no se conviertan, para que no se sigan convirtiendo en tumores, en puntos ciegos.  

Esta semana se ha hablado mucho de Tarata y la captura de Abimael, pero el 92 fue más intenso que eso. El 92 no hubo tregua. Empezando el año nomás, en quincena de febrero, la valiente teniente alcaldesa de Villa El Salvador María Elena Moyano fue asesinada por Sendero Luminoso. Los malditos descuartizaron su cuerpo, dinamitaron su tumba. Su esposo y sus dos hijos tuvieron que irse del país.  

En abril Fujimori disolvió el Congreso. El célebre autogolpe. Salieron los tanques, se registraron persecuciones políticas. Nos tomó un tiempo entender que la dictadura había comenzado.  

En mayo se produjo la masacre del Santa, en Áncash, donde los militares del escuadrón denominado Grupo Colina asesinaron a nueve campesinos.  

En mayo se amotinaron los presos de Castro Castro. Después de tres días en enfrentamiento con la policía 45 internos perdieron la vida.  

En junio Sendero colocó una bomba en Frecuencia Latina. Hubo tres muertos. La guerra se sentía en el aire. A esas alturas ya era normal esperar estallidos, apagones, balazos. Comprar velas y pilas era una operación rutinaria. Escuchar Radioprogramas también.  

En junio fue encarcelado Víctor Polay, uno de los máximos líderes del MRTA. La captura –recaptura en realidad– se produjo en un restaurante de San Borja.  

Julio fue una pesadilla. El 16 las bombas del jirón Tarata desfiguraron Miraflores. El pánico se desató en Lima, comenzaron las marchas, en caso de bomba se recomendaba abiertamente tirarse al suelo con la boca abierta para que el estruendo no perforara los tímpanos. Solo dos días después de Tarata, aunque lo descubriríamos más tarde, nueve estudiantes y un profesor de La Cantuta fueron secuestrados y desaparecidos: otra vez el Grupo Colina.  

El 24 de julio, un coche-bomba hizo añicos varios pisos del edificio de Solgas en el cruce de Javier Prado con Aviación. Pocas horas después o antes, otro reventó cerca del Ministerio del Interior.  

Finalmente en setiembre, un sábado, en una casa de Surquillo, sin disparos, tras meses de seguimiento, un grupo especial de inteligencia de la policía capturó para siempre a Abimael y a la cúpula de Sendero. Los atentados, sin embargo, continuaron. En octubre, una bomba de efecto retardado explotó en el casino de Camino Real, el centro comercial más concurrido de Lima.  

En noviembre hubo un intento de golpe de Estado por parte de un grupo de militares liderados por el general Salinas Sedó y en diciembre, el día 18, en presencia de sus hijos, fue abaleado el líder sindicalista Pedro Huilca. Primero se pensó que era Sendero, después se confirmó que fue Colina.  

En 1992 intenté dos veces entrar a la universidad, vi a la ‘U’ dar la vuelta por última vez en el Lolo Fernández, empecé a escuchar Nirvana en casetes, veía series y películas en la televisión. Pocas cosas tuvieron sentido aquel año.  

Esta semana, después de escuchar a varias personas recordar los eventos de esos días y mencionar palabras como ‘anfo’, ‘ventanas’, ‘miedo’, ‘dolor’, sentí que 1992 sigue entre nosotros. No es un año-bumerán. No ha vuelto porque en verdad nunca se fue. Su estela, o debería decir su onda expansiva, todavía nos afecta. // 

Esta columna fue publicada el 15 de setiembre del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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