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Columna

Somos un zoológico, por Jaime Bedoya

Grandes discusiones se han iniciado sobre la existencia de seres extraterrestres y otras interesantes teorías han salido de esos intercambios de ideas. La columna de Jaime Bedoya

ovni

Nos están mirando

¿De qué hablan los genios cuando están relajados? De extraterrestes y platillos voladores.

La evidencia está registrada en una famosa sobremesa sucedida tras un almuerzo en el Laboratorio Nacional de Los Álamos, Nuevo México, 1950.

Cuatro veteranos del inquietante Proyecto Manhattan, aquel que diera a luz la bomba atómica, departían casualmente tras un frugal pero cumplidor almuerzo en las instalaciones científicas.

Estos mega-geeks ––a saber Edward Teller, Emil Konopinski, Herbert York y el premio Nobel de Física Enrico Fermi–– se deslizaban en la plácida pendiente digestiva especulando sobre las probabilidades de vida extraterrestre.

Las variables habían sido esbozadas en servilletas mientras las hipótesis navegaban a velocidades voluptuosas al interior de sus aventajadas mentes. Este era el punto de partida: dada la inconmensurable extensión del cosmos las probabilidades de otras vidas aparte de la humana eran altísimas. Peor aún, sería un insulto a la creación que la especie humana fuera la mayor inteligencia de la galaxia.

Entonces Enrico Fermi, luego de sobrepasar un eructo cual si fuera un rompemuelles, alzó los brazos, elevó la mirada hacia el límpido cielo de Nuevo México y elevó la pregunta que habría de convertirse en la paradoja que lleva su nombre:

—¡¿Dónde están todos?!

Había nacido la paradoja de Fermi: la contradicción entre la alta probabilidad de que existan otras civilizaciones inteligentes en el universo y la ausencia de evidencia de las mismas.

Esto devino en que años después, 1975, otro científico de nombre Michael Hart planteara la hipótesis de la desolación: sí, estamos solos en el universo.

Las razones para deprimirse eran obvias, por lo que entusiastas instituciones como el SETI (Search for Extraterrestrial Intelligence) y el METI (Messaging Extraterrestrial Intelligence) no han dejado de seguir intentando comunicarse con seres interplanetarios. Los que vieron la película Contacto, basada en una novela de Carl Sagan, habrán de recordar el obsesivo personaje interpretado por Jodie Foster: una científica más cercana a lo improbable que a sus congéneres.

Una explicación voluntariosa a este silencio cósmico es la tesis de la panspermia. Según esta, los extraterrestres ya habitan en la Tierra hace milenios en formas biológicas que llegaron fragmentadamente del cosmos y ahora pasan inadvertidas. De acuerdo a esta hipótesis, los pulpos serían descendientes de seres alienígenas. El suculento anticucho de La Mar no sería sino un homicidio con chimichurri y sal a fuego lento.

Cuando estas evidencias no existen se inventan. Así sucedió con el caso emblemático de las momias extraterrestres de Nasca, restos preincas mezclados con huesos de perro y modelados con yeso que —por supuesto— ameritaron que el Congreso de la República evacuara (sic) un proyecto de ley para declarar de interés histórico cultural el estudio de una farsa.

Lo anterior, sumado a la épica performance intelectual del actual Congreso nacional, dan sustento a la última teoría del METI: los extraterreres sí existen. Pero no intervienen en este planeta porque para ellos la Tierra es un zoológico cósmico, un lugar de observación y estudio de especies inferiores, locación bajo cuarentena ante las probabilidades de contagio de enfermedades o asimilación por contacto de la estupidez, esa singularidad humana.

Atención, señora Beteta, señores Becerril y Bruce: nos están mirando.

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