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¿Por qué nos gustan tanto los memes?, por Jaime Bedoya

"Los maestros están descorazonándose. No puede ser que una de las actividades más generosas y peor recompensadas sobre el planeta tenga por adversario un teléfono celular".

Mi meme me mima, por Jaime Bedoya

Los maestros están descorazonándose. No puede ser que una de las actividades más generosas y peor recompensadas sobre el planeta tenga por adversario un teléfono celular.

No es solo el aparato —este es un umbral—, sino lo que este genera a través de la mullida cancelación del pensamiento crítico y del esfuerzo decodificador.

El reino del aburrimiento anticíclico: poder saber todo pero no interesarse por nada.

Vista en retrospectiva, para los migrantes digitales la vida antes de Google era un safari hermoso y permanente. Éramos pavos pero aventureros. Es la simpleza que transpira una serie tan sencillamente hermosa como “Stranger Things”: buscar un monstruo en bicicleta. Si esa serie se hiciera ahora se trataría de tomas estáticas de manadas en un parque cazando pokémones con el teléfono. Momentos cumbre: cuando caen al agua o los atropellan por no levantar la mirada.

Cuando Richard Dawkins rebautiza la mimesis (imitación) griega por su variante moderna y replicadora del meme (“El gen egoísta”, 1976), pensaba exactamente en lo que está sucediendo con esta unidad mínima de comunicación: su propagación viral.

Según Dawkins, el meme es la idea cultural reducida a su mínima expresión que, como tal, se reproduce exponencialmente de cerebro en cerebro. Que el contenido favorecido mayoritariamente como representativo de la humanidad sea un menor denominador común no es sino un encomiable ejercicio de honestidad como especie.
El futuro sigue en las confiables manos de cucarachas, hormigas y escualos. Pero esta baja valla arrincona a maestros, profesores y pedagogos contra la pizarra. ¿Hay que conceder y enseñar historia o literatura con memes? ¿O aún existe espacio para la resistencia heroica en defensa del mundo de las ideas y las posibilidades infinitas de la abstracción? O sea la vida sin wifi.

En las antípodas de esta polémica están pensadores contemporáneos como el mencionado Dawkins y Neil deGrasse Tyson, quien presta recurrentemente su expresiva humanidad al meme de ¡Ay sí, ay sí! para gloria de la astrofísica.

En una conversación llamada “Más allá de las creencias” Tyson le reclama a Dawkins su distancia y poca permeabilidad a lo que llama la sensibilidad de las nuevas audiencia a la hora de difundir conocimiento como educador. “Deberías enseñar menos los dientes y mostrar más persuasión”, reclama. Su potencial de pedagogo queda restringido por esa distancia, entre arrogante y académica, que Tyson le achaca a Dawkins.

Este, tras escucharlo atentamente, le responde con una cita ajena para demostrarle que él no es el peor en ese bando. Cuenta que le preguntaron al editor de la publicación New Scientist cuál era su filosofía a la hora de la divulgación científica. Este respondió: “Mi filosofía es que la ciencia es interesante, y si no estás de acuerdo con eso puedes irte a la mierda”.

A nadie se le ocurriría pagarle, o siquiera consultar a un gastroenterólogo para que nos dijera su diagnóstico a través de un meme. Hay algo de derrota en reconocer al meme como salvación final del interés joven por aquello que se está perdiendo de las Humanidades. Como herramienta, vale. Pero no se trata de divertirlos sino de educarlos.Porque para tal caso, si el fin justifica los medios y el fin es sembrar la alegría en el confundido corazón de millennials, tenemos al alcance de la mano una combinación invencible que resolvería el tema de la educación peruana: memes y chancho al palo en el salón de clases. Brutos, pero contentos.

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