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Lima cumple 484 años: "No te vayas, por favor", por Jaime Bedoya

"A finales de los ochenta, en las inmensas horas muertas que suponía trabajar sin sueldo ni tarea fija en una redacción en el Centro de Lima, una de las cosas que se podía hacer era salir a caminar".

A finales de los ochenta, en las inmensas horas muertas que suponía trabajar sin sueldo ni tarea fija en una redacción en el Centro de Lima, una de las cosas que se podía hacer era salir a caminar. La otra era leer. La ciudad, agreste y semiabandonada, era definitivamente más provocadora que papel mojado en tinta.

No había internet. Tu mapa era tu memoria. La recompensa, lo descubierto. En la avenida Emancipación, al lado de la casa donde vivió Paul Gauguin y entonces luchaba por no convertirse en cebichería (ya lo es), había una galería cuyo abandono testificaba arquitectónicamente, y con rara belleza, el fracaso comercial de la ciudad. La Galería Mogollón (1).

La mayoría de sus tiendas estaban cerradas. Pero había un astrólogo, Dandy, y una tienda de magia, La Casa del Truco. Y una relojería donde un único dependiente estaba permanentemente ocupado pero sin clientes: el misterio típico del relojero. El resto de negocios eran todos dedicados a la higiene bucal. Vendían unas magníficas piezas dentales artificiales. Compré varias a manera de membresía no solicitada.

La galería tenía una bóveda central perforada por agujeros de diversos tamaños que dejaban atravesar la luz como si fuera un templo extraterrestre. La influencia Niemeyer.

Pararse bajo esos haces de luz confería la sensación de estar recibiendo una bendición inútil, la de una ciudad herida.

Frente a la iglesia de San Francisco, en una esquina, estaba el Hostal España, elogio en miniatura del rococó. La terraza tenía plantas y la higuerilla que se veía crecer en la Costa Verde, inexplicable ahí. Ahí también se lucían reproducciones de estatuas clásicas, de esas con las que Gisela Valcárcel, novata en la TV, adornaba sus primeras escenografías.

Desde ahí se veía la sincronizada navegación de las palomas sobre las bóvedas de San Francisco buscando el mejor lugar donde defecar al vuelo. Una clase maestra de la relación entre las ciencias naturales y el azar.

Cines gigantescos defendían con un último suspiro los letreros inmodestos que lucían sus pretenciosos nombres —City Hall, Metro, Le París—. Ya empezaban a ceder al lúbrico recurso del porno en matiné. La venta de canchita, que suponía tener las manos ocupadas, cayó en picada.

El enigmático art déco del edificio Gildemeister (2) en la cuadra 2 de Azángaro era un privilegio visual escondido por la estrechez de la calle ya famosa por la verosimilitud de sus falsificaciones. Coherentemente hoy es templo religioso.

El jirón Cotabambas, Babel de Patolandia, Superman, La pequeña Lulú y todo el universo de historietas usadas, quedaba a una cuadra del taller del joven entonces Eduardo Tokeshi en la calle Bambas. Ambos estaban guarecidos por la irónica sombra de un rascacielos peruano dedicado a la educación en tiempos de Manuel Odría, el general de la alegría.

La escalera mecánica roja y dorada de la Galería Boza, jirón de la Unión, tótem eléctrico de la modernidad trunca, aún funcionaba con ciertas interrupciones por los apagones: era un barómetro móvil de la convulsión social. Debajo de ella, en forma de simbólico triángulo, residía la Librería Esotérica Cotrina. Era el repositorio de todo lo que había que saber sobre el tercer ojo, el más allá y los platillos voladores en esta ciudad.

La ruta podía acabar en la hemeroteca del Instituto Riva Agüero, jirón Camaná, viendo en periódicos antiguos cómo esta capital alguna vez había sido, además de interesante, hermosa.

Ahora, cuando se habla de Lima, se habla de restaurantes y tráfico. La ciudad se ha vuelto invisible.

(1) Arquitecto Raúl Morey Menacho, 1958.
(2) Arquitecto Werner Benno Lange, 1928.

Lima

Galería Mogollón


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