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"La mala educación", por Carlos Galdós

Cuando el colegio es una fábrica de robots

"La mala educación", por Carlos Galdós.

"La mala educación", por Carlos Galdós. (Ilustración: José Carlos Chihuán)

Durante muchos años cargué con la culpa de odiar el colegio, de no entenderlo, aburrirme en las clases, revelarme ante las reglas innecesarias o, peor aún, el paporreteo absurdo. ¿Si uso medias blancas o de color en vez de medias grises voy a ser mejor persona? ¿Para qué me preguntan fechas de batallas, si lo más importante es saber por qué se perdieron y qué habríamos tenido que hacer para ganarlas? Jalado, Galdós. Si vuelve a ponerse medias de otro color, no entrará a clases. Pensé que era el colegio y por eso pasé toda la media en un colegio diferente por año. Le buscaba una justificación, como el enamorado que no quiere hacer sentir mal a la chica y dice ‘no eres tú, soy yo’. Las papeletas, las matrículas condicionales, als observaciones en el cuaderno de control y los castigos en el salón de normas casi lograron convencerme de que no serviría para nada en la vida. Llegué a tal punto que mi vieja un día dijo en el colegio que estaba harta de que la citaran cada quince días para quejarse de mí y que si no podían hacerse cargo, vieran la manera. Recuerdo a una profesora, en segundo grado de primaria, escribiendo en un cuaderno: “Su hijo habla mucho en clase”. Mi vieja, con toda su genialidad, respondió: “Entonces hágalo callar. Yo no tengo tiempo para este tipo de estupideces. Si no están preparados, cambien de carrera”. El respaldo de mi mamá siempre fue importante, pues nunca se comió el cuento del chico problema: el problema son ellos, decía. Nunca autorizó a ningún profesor para que me diera un reglazo en caso yo no estuviera atento. Recuerdo a algunas madres de familia hacerlo: “Si se porta mal, miss, usted dele no más”. En eso fue una crack; me respetó siempre, aunque cuando llegaba la libreta convertida en un baño de sangre me sacaba la mierda en la casa. 

“¿Cuántos años tiene tu hijito?”. Casi dos. “¿Y a qué nido va?”. A ninguno. “¿No va a ningún nido?”. Esas son las tres preguntas que todas las tardes respondemos Carla y yo mientas estamos jugando en algún parque con Luca. Todavía no sé quién ha sido el cretino que le metió el chip a la gente y la convenció de que los niños deben ir al nido desde el año y medio para meterlos en rutinas robóticas. “Es que en el nido les enseñan cosas que son necesarias para que entren al colegio”. Mmm, no creo que sean tan diferentes de las que aprenden en la casa, con la familia, en un ambiente donde el niño es respetado desde el mobiliario (juguetes en muebles a su alcance, por ejemplo, clósets y camas de su tamaño… sí, como un mundo en miniatura). Es fundamental valorar al niño, escucharlo, interpretar sus palabras, gestos, miradas. Y quién mejor que yo para estar a su lado en medio del berrinche, esperar el tiempo prudencial, abrazarlo y decirle que entiendo cómo se siente, que tiene toda la razón en estar molesto porque quería hacer eso que yo no puedo permitirle porque lo estoy educando, y finalmente buscar algún elemento distractor para cambiar de aire. ¿Alguien mejor que una mamá, un papá o una abuela? La verdad, con las disculpas del caso a las maestras de jardín, no lo creo. Mis hijos necesitan mi casa hasta los cinco años por lo menos. 

Últimamente tengo menos ganas de que mis hijos vayan al colegio, a ese espacio donde se castra lo diferente porque los maestros no saben qué hacer, a esas aulas donde se celebra lo solemne y el silencio es decodificado como lo correcto en vez de buscar la luz de la bulla creativa. Más parecen campos de entrenamiento para esclavos eficientes en el trabajo. Cada vez que leo la publicidad de los colegios que “educan en valores”, lo primero que pienso es “qué rateros que son estos miserables”, y son miserables porque están esterilizando la creatividad y, por ende, seguiremos con el país que tenemos en el futuro. Por qué no hacemos mejor chicos menos gobernables, o sea obedientes, y comenzamos a formar seres cuestionadores, alegres, incisivos, creativos, pensantes. Me hartó esa fábrica de tontos llamada colegio. Se abrieron ya las vacantes para un mundo mejor, al menos en mi casa. Si les provoca, comencemos a pensar en la educación en casa y tiremos abajo el negocio de la “educación”. 

Esta columna fue publicada el 24 de febrero del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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