En esas protestas se oían cánticos, arengas, pero no se practicaba la violencia. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
En esas protestas se oían cánticos, arengas, pero no se practicaba la violencia. (Ilustración: Kelly Villarreal / Somos)
Renato Cisneros

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El ataque perpetrado esta semana por parte de los fanáticos de “La Resistencia” contra Francisco Sagasti demuestra lo mucho que se ha pervertido en el país el concepto de “sanción social”.

Recuerdo que en los 90, en plena dictadura de Alberto Fujimori, como reacción ante la inoperancia de un Poder Judicial controlado por el régimen, un grupo de ciudadanos –muchos de ellos artistas– comenzó a recurrir a manifestaciones simbólicas que, además de alcanzar efecto mediático, animaron a la gente a participar y usar la vía pública como espacio de denuncia ante los abusos y atropellos.

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En un texto académico del 2004, titulado “Desobediencia simbólica: performance, participación y política al final de la dictadura fujimorista”, el investigador del IEP y profesor de la Universidad Católica Víctor Vich recuerda, por ejemplo, al colectivo “Todas las sangres, todas las artes”, surgido en 1996, luego de que el fujimorismo aprobara la Ley de Amnistía a favor de los paramilitares de Colina. Más tarde llegaría el Colectivo Sociedad Civil, que en abril del 2000, tras el descarado fraude de la tercera reelección, celebró ceremonias fúnebres frente al Palacio de Justicia. Poco después se organizó la incursión denominada “Lava la bandera” en la Plaza Mayor, que, en palabras del crítico de arte Gustavo Buntix, constituía “un ritual de limpieza de la patria”.

En esa misma línea crítica y audaz apareció en la Plaza Francia “El muro de la vergüenza”, una tela de gran extensión donde se exponían los rostros de los defensores acérrimos del fujimorato, Cipriani, Tudela y el general Hermoza, entre otros; la iniciativa fue de un movimiento creado en mayo del 2000, llamado curiosamente “La Resistencia”. Sus miembros buscaban “impedir que la dictadura se perennice y construir una democracia de todos, con solidaridad, con ética y comprometida con los más pobres del Perú”.

Una de las campañas ciudadanas más recordadas de aquella época fue “Pon la basura en la basura”, convocada luego de que se difundieran los primeros vladivideos. Como refiere Vich en el artículo mencionado, se usaron más de 300 mil bolsas negras que llevaban fotos impresas de Fujimori y Montesinos para ser colocadas en puntos estratégicos: medios de comunicación como Canal 2, instituciones del Estado como el Comando Conjunto de las Fuerzas Armadas y residencias de los políticos más identificados con el gobierno. Las bolsas no contenían desperdicios: estaban rellenas de papel periódico o, en algunos casos, solo de aire. No se puede olvidar el “embasuramiento” de la vivienda de la entonces congresista Martha Chávez, donde, precisa Vitch, “los excrementos aparecieron volando por los aires pero nada menos que saliendo desde su propia casa. Nadie sabe cómo, pero aquel ritual terminó con el asombroso descubrimiento de la gran cantidad de basura que almacenaba en su hogar y que fue arrojada a los ciudadanos…”.

En esas protestas se oían cánticos, arengas, pero no se practicaba la violencia. Había originalidad, y una energía y determinación completamente justificadas, pues el adversario era el todopoderoso Fujimori, un dictador en funciones, que tenía bajo su dominio todo el aparato del Estado, y cuyos lugartenientes podían lo mismo mandar reprimirte que desaparecerte. Es muy diferente salir a las calles y unir fuerzas para enfrentar a un sátrapa enquistado en Palacio que ir a lanzarle insultos, huevos y amenazas a un ex mandatario mientras intenta presentar un libro.

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Ningún ataque –provenga de la derecha o la izquierda– puede disculparse en nombre de la libertad de expresión, ninguno, pero sí hay que diferenciar las agresiones espontáneas con responsables individuales (el desadaptado que lanzó un cono, el idiota que pegó un puñete, el infeliz que aplicó una patada, todos dignos de sanción) de estas embestidas planificadas, que tienen detrás a organizaciones integradas por extremistas ultraconservadores que operan cobardemente en masa y que, incapaces de confrontar ideas, huérfanos de la más mínima habilidad para iniciar un diálogo, van directamente al choque, provistos de palos y altavoces, y dominados por un odio inocultable que se aprecia, nítido, en sus gestos, gritos, miradas.

Mientras el Ministerio Público lo permita, estos vándalos seguirán lanzando escupitajos y montando escándalos en la calle. No hay que mostrarles la otra mejilla. Toca encararlos con la munición de la que carecen: argumentos, creatividad, civismo, debate. Esa es la única trinchera posible. Desde ahí nos toca mantener la verdadera resistencia. //