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Mario Puzo y la corrupción en el Perú de ficción

"El Perú y sus diplomáticos quizás sean, en la ficción de Puzo, el ejemplo de este vicio perpetuo de querer obtener dinero por la vía más fácil, ese élan vital que mueve las ruedas del mundo y de su corrupción". Una columna de Alejandro Neyra

Alejandro Neyra

Mario Puzo y la corrupción en el Perú de ficción.

Don Aprile, digno y elegante mafioso en retiro, recibe tal ráfaga de disparos de metralleta que la cabeza queda casi desprendida de su cuerpo totalmente ensangrentado, al pie de las escalinatas de la catedral de san Patricio en pleno centro de Manhattan (el pío Don Aprile asistía a la confirmación de su nieto, y estaba rodeado de niños que le pedían monedas de oro, completando así la tierna escena). Detrás de aquel asesinato una mafia nueva y, si cabe, más brutal que la siciliana –la narco– y a la cabeza de ese hato de rufianes, un diplomático peruano: el Cónsul General del Perú en Nueva York, Marriano Rubio (sic).

Marriano Rubio se vale de su inmunidad diplomática para acometer sus fechorías, en complicidad con Timone Portella y un tal Inzio Tulippa, narcotraficante centroamericano de gusto cuestionable por los ternos claros y la música tropical y que además tiene una obsesión absurda que pasa por contratar a científicos para construir una bomba nuclear en algún lugar de América del Sur. Rubio, en cambio, es alto y apuesto, un galán de telenovela que se ha valido de un nombramiento diplomático para alcanzar el refinamiento que abre las puertas de los mejores hoteles, descorcha los mejores champagnes y le permite acostarse con las mujeres más deseables del mundo, incluyendo a la hija del malogrado Don, la sensual Nicole Aprile.

¿Qué hay detrás de esta rocambolesca historia? El vil metal, claro. Y los negocios de mafias más modernas y sofisticadas que luchan por algo más importante que las carreras de caballo o el licor: Rubio y Tulippa quieren controlar los bancos de fachada de los Aprile (una especie de caja 2 sudamericana). Y sí, claro que hay algo más detrás de todo esto: la pluma de alguien que conoce de mafias y asesinatos, Mario Puzo, el autor neoyorquino que elevó el asesinato por honor al nivel del arte. La historia en la que deslumbra el Cónsul Rubio es la novela póstuma de Puzo, Omerta, el código de honor siciliano.

“Marriano Rubio era un hombre que tocaba muchas teclas, todas ellas revestidas de oro puro (…) a sus cuarenta y cinco años, era un soltero empedernido y un respetable mujeriego, que solo tenía una amante a la vez, debida y generosamente recompensada cuando la sustituía por otra belleza más joven”. Un campeón de la categoría máxima que disfruta además del teatro, la ópera y el ballet, y recompensa a sus amigos con los más deliciosos platillos y el mejor trago.

Toda esta historia, es bueno decirlo, transcurre en la década de los noventa. Y lamentablemente el final de Rubio se parece mucho al del Perú en esos años. El sobrino de Don Aprile, Astorre Viola, un mafioso a carta cabal, destruye los planes de los advenedizos del sur y permite a los Aprile confirmar su dominio sobre los principales bancos neoyorquinos. De inmediato una carta es enviada al Ministro de Economía del Perú exigiendo el pago de todas las deudas atrasada contraídas por el Gobierno. La crisis explota, los trastornos políticos se suceden y un nuevo gobierno se hace del poder. El nuevo Presidente exige la dimisión inmediata del representante del Perú en Nueva York, culpable de aquel entuerto. Y tras cuernos… el megaproyecto de inversión de Rubio en Lima, un parque temático que debía ser la Disneylandia de Sudamérica, solo atrajo una noria y la franquicia de Taco Bell (sic). Rubio debió haber terminado sus días vendiendo huevitos de codorniz cerca de la calle Capón o, con suerte, reenganchándose en algún negociado de venta de licencias, construcciones sobrevaloradas o seguridad para alguna autoridad local…o quizás pidiendo asilo diplomático aduciendo persecución política, pues sabemos que no hay límites para la ficción.

La corrupción en el Perú
En el panel que está al ingreso de la Biblioteca Pública de Nueva York, entre los ejemplos de destacados académicos que han pasado por sus salas para dedicar tiempo a la investigación está la foto del autor de "Historia de la corrupción en el Perú": Alfonso Quiroz. Quién sabe si en alguna de esas fortuitas intersecciones de la historia laberíntica de Manhattan, Puzo y Quiroz cruzaron miradas o compartieron quizás hasta lecturas y aquello fue suficiente para que el escritor de ficción decidiera adoptar para su personaje la nacionalidad del historiador. Después de todo ¿Por qué Rubio fue peruano? ¿Es que la corrupción nos representa? (la pregunta parecerá siempre retórica) Quizás no tanto como la violencia o el exotismo vinculado a nuestro pasado histórico (hablo de la ficción, claro) pero es curioso que un país cuyas riquezas y el oro hayan dado tanto material para la novela, sea también lo que haya alimentado la codicia de sus autoridades en historias como las de Puzo.

Quizás sea el mal holandés o el drama de la riqueza que nos hace pobres (moralmente) como en El avaro del maestro Luis Loayza, inspiración de todos aquellos que vamos por la vida buscando peruanos en la ficción.

Los franceses acuñaron la frase “c’est le Pérou,” para referirse a una riqueza incalculable -luego popularizada como c’est ne pas le Pérou” como para decir “no es gran cosa”-. El Perú y sus diplomáticos quizás sean, en la ficción de Puzo, el ejemplo de este vicio perpetuo –y universal, no nos sintamos especiales tampoco– de querer obtener dinero por la vía más fácil, ese élan vital que mueve las ruedas del mundo y de su corrupción.

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