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"El muerto del día es mi amigo", la columna de Carlos Galdós

"José Luis Pacheco Paredes era un compañero de trabajo de las épocas de CPN Radio. Se encargaba de llevarnos en su moto a cuanta comisión periodística existiera".

Todas las tardes, antes de ir a mi programa en radio Capital, les doy un vistazo a las páginas de noticias publicadas en Internet. Veo las secciones política, opinión, locales y, al final, siempre al final, policial. Francamente, me enferma saber cuántos muertos nuevos hay por robos de celulares o ajustes de cuentas, etc., etc., etc. Esta semana seguí con la rutina y de refilón vi sobre el tiroteo en el Rímac. En el momento no le presté tanta atención, solo leí el titular y no sentí nada. Una vez en la oficina de producción de la radio, veo los televisores encendidos en canales informativos locales. Todos transmitían a la vez la persecución a un delincuente. Nuevamente policiales. Yo, cuando se trata de sangre, simplemente no veo, me doy media vuelta y voy directo a la máquina de café por uno doble sin azúcar. Una revisada al Facebook mientras espero que se prepare mi bebida y aparece, por ese raro algoritmo del cual todos hablan, los nombres de los policías asesinados en la balacera que hace rato me persigue como noticia del día y que yo simplemente me niego a ver.

Cinco de la tarde en punto. Me clavo en la puerta de la cabina de transmisión y Koki, mi compañero de trabajo, me dice: “¿Te enteraste lo de la balacera?” (qué pesados con esa noticia, pienso). “Sí, la he visto todo el día”. “¡Mataron a Pacheco! ¿Te acuerdas de Pacheco? Lo mataron, concha de su madre...”. De pronto, los ojos se me humedecen, me duele el estómago, no me sale la voz y tengo que comenzar mi programa de las cinco de la tarde. 

Pacheco era un compañero de trabajo de las épocas de CPN Radio. Se encargaba de llevarnos en su moto a cuanta comisión periodística existiera. Uno de los mejores policías motorizados de este país que no reconoce nada a quienes ponen el pecho por nosotros, eso al extremo de tener que ‘cachuelearse’ llevando periodistas a sus entrevistas. Cuántas veces me habré subido a su moto... ya ni me acuerdo. Pero lo que sí recuerdo es que yo lo prefería porque me hací﷯ reír mucho con sus ocurrencias.

De pronto, la noticia policial del día ante la cual me he mostrado indiferente es ahora la que más me importa y me toca profundamente. Estoy confundido, molesto, pongo atención a las imágenes de la tele y, efectivamente, el de la foto es José Luis Pacheco Paredes. Inmediatamente abro el programa contando lo sucedido, sumamente perturbado, desorientado, lleno de imágenes de aquellas épocas de finales de los años 90. Se me quieren ‘aguar’ los ojos, pero logro contenerme. El policía muerto del día me duele a mí.

Hago una breve reflexión sobre la manera cómo nos relacionamos con este tipo de noticias, así indolentemente, hasta que se trata de un ser querido o alguien que conocemos. Lamentablemente, así estamos anestesiados con los crímenes, ya no nos sorprenden, los hay de todos los tipos y colores, para todas las portadas y titulares. Acto seguido, tengo que leer que acaba de ser detenido el asesino de los dos policías en el Rímac y siento tanto odio que le deseo la muerte en vivo y en directo. Entran llamadas telefónicas y los oyentes respaldan mi posición: pena de muerte para el que mata. Reacciono y digo que esa no es la solución, que yo estoy mal, que la muerte nunca será una solución, que la justicia taleónica no me parece justicia. Argumento con algunas estadísticas sobre el tema y “vámonos al corte de las 5:15 de la tarde aquí en Radio Capital”.

Malditas autoridades que no hacen nada. No tengo nada más que decir. //


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