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"El Mundial acaba, el Perú sigue", por Gisella López Lenci

Después del fútbol, ponerse la blanquirroja no es solo sentirnos orgullosos de nuestra cultura milenaria, sino también es formar parte de un país que sigue siendo injusto y desigual.

Perú

Hincha peruano flameando la bandera peruana en Rusia 2018. (Foto: Reuters)

Una vez que pasó la resaca de la participación peruana en el Mundial, poco a poco vamos redescubriendo el país en el que vivimos. Luego de la euforia de meses donde nos sentimos ultrapatriotas, donde cantamos el himno nacional y “Contigo Perú” a voz en cuello, donde nos pusimos la camiseta, la chalina, el gorro; tocó aterrizar al Perú de siempre, ese de un Congreso impresentable y un Poder Judicial delincuencial.

Y acá cabe preguntarse: ¿Solo nos da orgullo sentirnos peruanos cuando las cosas van bien? ¿Ser peruano no es, también, aceptar y afrontar todos los pasivos e injusticias que padecemos?

Porque la camiseta de la selección no solo se la puse a mi hijo durante los partidos. También la tenía puesta Esneider Estela, el sujeto que le echó gasolina a Juanita Mendoza, cuando lo detuvieron. Y seguro también se la puso el juez Hinostroza, ese que negociaba la absolución de un violador de una niña de 11 años, o el chofer de la combi que mató al hermano de un entrañable amigo.

Y ese es el peso que tiene ponerse la blanquirroja. Sentirnos orgullosos de una nación con una cultura milenaria, de una geografía incomparable, de unos recursos envidiables y una comida deliciosa. Pero también es formar parte de un país que sigue siendo injusto y desigual.

Pese a todo, yo prefiero quedarme con la imagen de ese spot que se preparó antes de ir al Mundial, donde la selección saludaba a Francia, Dinamarca y Australia –nuestros rivales en primera ronda– y nos presentaba como un país que sigue afrontando adversidades pero que intenta salir adelante. Porque el Perú es bastante más que la señora K.

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