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Esta es la verdadera razón por la que debes cuidar la naturaleza, por Lorena Salmón

Sumerjámonos en la naturaleza y recuperemos nuestro vínculo genético con ella, para volver a respetarla, cuidarla y entender que no estamos por encima de ella.

Lorena Salmón

Los beneficios del contacto con la naturaleza son tales y tantos que muchos Gobiernos extranjeros han implementado campañas para replantear los espacios verdes dentro de sus ciudades. (FotoIlustración: Nadia Santos)

Biofilia es el sentido de conexión que experimentamos con la naturaleza y los seres vivos. Es una afinidad innata en nosotros y, por lo mismo, una necesidad vital el entrar en contacto con lo natural.
La palabra fue creada por el biólogo evolutivo Edward O. Wilson. De acuerdo con su teoría, el Homo sapiens desarrolló, después de millones de años de interacción, una necesidad emocional con la naturaleza.

Quizás ahora nos queda más claro por qué cuando se aproximan las vacaciones, la mayoría de nosotros nos imaginamos en un paisaje natural (sea playa, bosque o montaña). Está en nuestros genes: así como nos sentimos bien socializando, estar en la playa frente al mar o contemplando un cielo despejado o bajo la sombra y protección de un árbol nos dan calma y sensación de refugio.

Qué bonito.

Los beneficios del contacto con la naturaleza son tales y tantos (reduce el estrés, aumenta la actividad del sistema nervioso parasimpático, nos relaja, alivia la tensión, mejora el estado de ánimo), que muchos Gobiernos extranjeros –¡vamos, Perú!– han implementado campañas para replantear los espacios verdes dentro de sus ciudades.

En París se busca construir un bosque cinco veces más grande que el Central Park, con un millón de árboles.
Aquí, nuestros políticos se los tumban para darles más espacio a las vías vehiculares. Y qué decir de la devastación en la Amazonía.
Necesitamos hacer algo. En una primera instancia, recuperar el tiempo perdido; volvamos a las raíces: el hombre ha pasado el 99,9% de su proceso evolutivo en ambientes naturales.

Es por ello que, como bien señala Yoshifumi Miyazaki, antropólogo y vicedirector del Centro de Medio Ambiente, Salud y Estudios de Campo de la Universidad de Chiba, Japón, nuestras funciones fisiológicas todavía están adaptadas a esos entornos. Por eso podemos experimentar una sensación de bienestar si sincronizamos nuestros ritmos.

En Japón existe una terapia con una demanda inusual. Se llama shin rin yoku y se traduce literalmente como ‘absorber la atmósfera del bosque’. Se dice que al año dos millones y medio de japoneses la practican. Se trata de una terapia sanadora que tiene, de acuerdo con varios estudios que lo comprueban, grandes beneficios para la salud física y mental de una persona. La terapia de bosque está basada en tradiciones milenarias budistas enfocadas en el bienestar, la armonía y la conexión con los espíritus del bosque. Los paseos deben hacerse guiados por una persona certificada en terapias forestales.

Si bien Lima no se caracteriza por sus generosos espacios verdes y sus frondosos árboles, sí tiene el mar que todo lo cura y nuestro país es una fuente inacabable de paisajes sanadores.
Vayamos hacia ellos.

Netflix ha estrenado un maravilloso documental que se llama Una extraña piedra. En él, astronautas, que juntos acumulan más de mil días fuera del planeta, dan su impresión acerca de él. La fotografía es tan alucinante que no dejé de exclamar histriónicamente sobre su belleza. En realidad, sobre la belleza y el misterio de nuestro planeta.

En la naturaleza todo está unido. Todo tiene relación. Lo que pasa en el desierto de África influye en el aire que respiramos en Sudamérica. Así de imposible como suena. Tenemos la fortuna de habitar un planeta absolutamente rico desde la perspectiva en la que se vea.

El otro día leí un meme que decía que las personas nos habíamos tomado más en serio el fin del mundo del 2002 que el hecho de que en el 2030 los recursos del planeta se habrán acabado. No era para reír.
Sumerjámonos en la naturaleza y recuperemos nuestro vínculo genético con ella, para volver a respetarla, cuidarla y entender que no estamos por encima de ella. //

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