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"Olores son amores", por Pedro Suárez-Vértiz

El deseo, la atracción y el enamoramiento a una nariz de distancia

"Olores son amores", por Pedro Suárez-Vértiz

"Olores son amores", por Pedro Suárez-Vértiz. (Ilustración: Nadia Santos)

Corría el año 2001 en Arequipa. Mi banda y yo fuimos a mi sitio favorito a comer pizzas. A mi lado llegó una chica preciosa acompañada de un chico de mi edad. El muchacho llevaba unos pantalones negros raídos hasta las pantorrillas, chancletas de caucho, los pies supersucios, el pelo negro larguísimo amarrado en cola, bividí, un chaleco incaico y lo que más recuerdo es que, claramente, no se había puesto desodorante por días.  

La chica parecía una modelo. Tenía el pelo rubio lacio hasta los hombros, con un flequillo que le cubría el lado derecho de la cara. Pensé que era una actriz de Hollywood de esas que visitan Machu Picchu sin que nadie lo sepa. Pero no. Era una estudiante de Economía de Ohio, EE.UU.  

El olor del muchacho generó muchas quejas de los comensales. Hasta que un mozo se acercó a la pareja y le dijo a él que por favor se pusiera una casaca –que no tenía– o que se retirara. Si bien el olor a axila era insufrible, me dio mucha pena de que quisieran botar al chico. De pronto dije: “Ellos vienen conmigo”. El mozo exclamó: “Pedritooo...”. Me tomé unas fotos con él y listo. La pareja pudo quedarse. Ella, en un masticado castellano, me lo agradeció. Yo le contesté en inglés que no se preocupe y que siga disfrutando con su novio. Ella me dijo, sin ningún desparpajo, que no era su novio y que solo era un crush, que en inglés significa una atracción repentina sin sentimientos de por medio.  

Eso me dio pie –sin que el muchacho escuche– a despejar mi curiosidad de toda la vida de por qué las turistas extranjeras en un 90% prefieren al hombre rural –sea de Perú, Egipto, Senegal o la India– y no al hombre citadino. Ella, simple y contundente, me contestó: “Porque ellos huelen a personas”. Caso cerrado. Fin del curso. 

Un animal, a través del olfato, sabe con quién debe aparearse. Esto se debe a que su futura pareja se encuentra en un estado de florecimiento feromonal. Las feromonas, conocidas como las hormonas sexuales, existen con el propósito de que dos semejantes se reproduzcan. El proceso se lleva a cabo al liberar pequeñas cantidades de feromona a través de los poros. Estas son receptadas por el olfato de la otra persona y generan un efecto de fijación. Este efecto puede manifestarse como atracción, enternecimiento o una simple comodidad con su presencia. El órgano responsable de recoger esta información hormonal se encuentra dentro de la nariz y se llama órgano vomero nasal.  

Eso es justamente lo que las compañías de perfumes intentan lograr. La principal sustancia que buscan para este propósito es el almizcle. Este componente es reconocido como una sustancia que atrae al sexo opuesto. Muchas recetas caseras o pócimas de chamanes que quieran ‘lograr el amor’ usan almizcle, a veces obtenido de un ser humano. El almizcle más poderoso del mundo se obtiene de una glándula perteneciente a una especie de ciervo en peligro de extinción. Esto ha llevado a que se vuelva un producto animal muy caro.  

El Dr. Charles J. Wysocki, biólogo, psicólogo y miembro emérito del Monell Chemical Senses Center de Filadelfia, señala: “Con solo oler una vez, un individuo puede recibir la información química de otra persona. Esa información es suficiente para que una persona diga ‘creo que me voy a cambiar de asiento para acercarme a ella o él’. Si es suficiente o no para iniciar el proceso del amor, ya es otra cosa”. El Dr. Wysocki también postula –y he aquí lo fascinante– que existen ciertos olores “imperceptibles conscientemente”, fundamentales en el desencadenamiento de un enamoramiento. Esto explica por qué personas que nos parecen atractivas no son fotogénicas. Resulta que las fotografías no mienten, solo que su aura feromonal –percibible a metros– nos genera una empatía que nos hace verlas hermosas en vivo.  

Si uno creía que la compatibilidad sexual se basaba principalmente en la visión y percepción de una persona, debe saber que finalmente el “olor sin olor” es lo que genera esa afinidad. 

Esta columna fue publicada el 02 de junio del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.


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