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Todo sobre tu padre, por Renato Cisneros

Carta a mi hija desde Rusia

Todo sobre tu padre, por Renato Cisneros

Todo sobre tu padre, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

Debería sentirme privilegiado de estar aquí, en la legendaria Moscú. Miles de compatriotas darían lo que fuese por venir a acompañar a Perú en la Copa del Mundo y dejar el alma, el corazón y las cuerdas vocales en cada estadio. Debería sentirme pleno; sin embargo, algo impide redondear la felicidad. Conozco el motivo: mañana es el Día del Padre, mi primer Día del Padre, y no podré abrazarte, Julieta. Sí, ya sé que estas son celebraciones simbólicas, efemérides populistas y sobrevaloradas que no determinan ni consolidan vínculos, pero qué hago, la tristeza es así, irracional, reactiva, y ahora me tiene aquí, apiñando estas palabras contra el reloj, a poquísimas horas del debut ante Dinamarca, pensando en ti y en tu nacimiento, ocurrido hace solo nueve meses, exactamente tres días antes del triunfo peruano ante Bolivia (2-1), cuando el equipo de Gareca ya había empezado a remontar. Que Perú haya clasificado al Mundial el mismo año que me convertí en padre es una coincidencia tremenda. Ambos han sido sismos de alta intensidad. La culminación gloriosa de dos trayectos simultáneos. Pero ni siquiera haciendo, in situ, la calistenia previa al estreno peruano logro experimentar la alegría que sentiré, en algún momento, en algún futuro, al saber que estarás leyendo esta misiva enviada con años de anticipación. 

No niego lo emocionante que resulta vagar por la Plaza Roja, la catedral de San Basilio, el teatro Bolshói o los muros del
Kremlin y cruzarte cada tanto con hordas de peruanos arrastrando la expresión alucinada de quien ha llegado, por fin, después de mucho bregar, al paraíso. Verlos así hace que en el ambiente flote un aire como de momento cumbre, como si ciertas páginas definitivas de nuestra compleja historia estuviesen escribiéndose aquí, a kilómetros de distancia de ese pedazo de tierra donde nacimos. Venir hasta Rusia siguiendo a la selección tiene algo de épico, o si quieres de poético, hija, pero tampoco eso es suficiente. Aunque venir fue exclusiva decisión mía, y aunque desde el inicio me ilusioné con ver a la blanquirroja en la Copa del Mundo creyendo que así conjuraría el prolongado maleficio que por décadas nubló los sueños de mi generación; la verdad, la cruda verdad, es que hoy solo quisiera estar contigo allá en Lima, acompañándote, como en los últimos sábados, a tu clase semanal de natación. “Tendrás más Días del Padre”, intentan consolarme los amigos, “en cambio nadie sabe cuándo volveremos a un Mundial”.  

Mientras escucho sus arengas, fingiendo que me suenan persuasivas, evoco esos 30 cortísimos pero sensacionales minutos que cada siete días pasamos juntos en la piscina techada de la academia Ismael Merino. Con las camisetas puestas y las mejillas pintarrajeadas, mis amigos comentan el fixture del grupo C, especulan con la alineación, desmitifican con mentiras asombrosas la potencia francesa, ensayan burlas sobre canguros y koalas que esconden miedos sobre la selección australiana y se mofan sin pudor sobre los cachos de los cascos vikingos. Pero apenas si participo de esa conversación entregado como estoy al recuerdo de tu pataleo coordinado, de tu frente limpia bajo el gorrito de licra y de la ágil serenidad de estrella de mar con que descubres las propiedades escurridizas del agua. Pocas cosas me hacen sentir tan dichoso, tan útil, tan vivo y justificado como conducirte de un extremo a otro de la piscina y verter sobre tu cabeza, ayudado por un balde de juguete, una breve catarata que te hace pestañear.

Admito mis limitaciones, mis defectos, mi involuntaria capacidad para decepcionar a la gente. Pero aun sabiendo que los juramentos tienden a ser poco fructíferos, hija, te juro, con el aplomo con que te recibí la mañana de agosto en que llegaste al mundo, que solo busco ser feliz para irradiarte felicidad. Ahora toca despedirnos. Es hora de irme a la cancha. Presiento que hoy la selección gana, Julieta. Sé que en el futuro nosotros también. 

Esta columna fue publicada el 16 de junio del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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