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El país que ya no está, por Renato Cisneros

A propósito de una conversación con César Hildebrandt

El país que ya no está, por Renato Cisneros

El país que ya no está, por Renato Cisneros.

El ilustrado Perú de hace 40 años ahora yace hundido como una Atlántida irrecuperable. En aquel país el político acostumbraba decir lo que pensaba y pensar lo que decía; el periodista discutía sin personalismos o personalizaba con elegancia; y el intelectual, tanto el académico como el autodidacta, reflexionaba asumiéndose falible. En ese país había conciencia del honor, la moral no se arriesgaba en un telefonazo y la educación no había sido alcanzada todavía por la frivolidad del clientelismo. En ese país cualquier ciudadano, aunque no consiguiera divisar el futuro con claridad, al menos podía imaginarlo. Ese Perú, que no era mejor pero sí más articulado, está hoy sumergido en las profundidades de un océano cuya superficie ha sido delineada con la peligrosa tinta de una prosperidad que sería efímera si no fuera falsa.

Hace unas noches, en medio de un diálogo televisivo, César Hildebrandt invocó aquella imagen del país convertido en gran metrópoli sepultada como una forma de evocar con rabia o pena al Perú donde él empezó a trabajar como periodista, que no es otro Perú que el que perfilan las conversaciones de su famoso libro Cambio de palabras, recientemente reeditado por Debate. 

En medio de la traumática crisis de integridad que nos atraviesa, reencontrar en esas páginas a figuras como Haya de la Torre, Chirinos Soto, Townsend Ezcurra, Julio Cotler, Barrantes Lingán, Luis Alberto Sánchez, Juan Gonzalo Rose o Pablo Macera, personajes que privilegiaban la idea por encima de la opinión automática, que enriquecían sus puntos de vista citando a Unamuno, Lenin, Mariátegui o Shakespeare, y cuyas respuestas eran, además de una soberbia clase de esgrima, una declaratoria de guerra a la banalidad; reencontrarse con ellos, digo, es recibir un brutal sopapo del cual uno regresa nada más que para mirar alrededor, toparse con el pútrido escenario desde el cual hasta hace poquito nomás ejercían de maestros de ceremonia los Hinostroza, los Noguera, los Ríos, los Becerril, los Heresi, y preguntarse en voz alta, con absoluto asco: ¿a quién diablos le hemos venido regalando el país todos estos años?  

Uno vuelve de esas páginas como de una vigilia con la certeza de que nuestro verdadero problema no se reduce a la corrupción, sino a la reinante disposición general a pasarla por alto, a normalizarla, a ver en ella una debilidad folclórica antes que la gangrena que es. Silenciamos nuestra corrupción como silenciamos tantas otras cosas de las que preferimos no conversar. No digo ‘hablar’, porque en el Perú de hoy se habla hasta por las puras, en todas las plataformas posibles, pero casi no se conversa. Se discute, se confronta, se pelea, se escuelea, pero de conversación hay muy poco. El espectáculo de la conversación sin parámetros, esa que fluye de ida y vuelta entre dos personas dispuestas a escucharse con atención, ha desaparecido. Su fantasma deambula por cafés de otro siglo, por bares clausurados, por salones vacíos, por cabinas de radio sin señal y sets de televisión en penumbras. De vez en cuando, con suerte, resucita en algún evento, alguna sobremesa, algún texto.  

Sin ánimo de caer en la manía de romantizar el pasado, cabe aceptar que en el Perú actual las formas han dejado de importar. La que hoy vivimos es, también, una crisis de las formas, entendiendo lo ‘formal’ no como un gesto de solemnidad, sino como el punto de partida para reconocer el lugar del otro. Por ejemplo, tratar de ‘usted’ a alguien, como hace Hildebrandt con sus contertulios, hoy parece un signo de anacronismo vitalicio. Y, sin embargo, qué importante es el ‘usted’. Pienso en el ‘usted’ que establece una distancia cordial y beneficia la exposición del argumento, no el ‘usted’ chabacano del ‘hágame un servicio, doctorcito’. El primero es un recurso de método; el segundo, una táctica de quebrantamiento. Pero, claro, el tiempo pasa y desgasta el estilo. La expresión ‘oiga, usted’, antiguamente invocada para mostrar desacuerdo, hoy ha sido sustituida por fórmulas desacreditadoras más efectistas. El ‘calla, mierda’, el ‘fuera, huevón’ y sus variantes son prueba de eso.  

Las de Cambio de palabras son entrevistas que parecen escucharse con nostalgia mientras se leen con placer. Están llenas de historia, de peruanidad y de un optimismo que hoy escasea. En las palabras de esos peruanos estamos contenidos todos. Conversaciones así merecen quedar grabadas. Esas sí. 

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