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El país que puede ser, por Renato Cisneros

Aunque la realidad persista en indicar lo contrario, no está todo perdido

El país que puede ser, por Renato Cisneros

El país que puede ser, por Renato Cisneros. (Ilustración: Nadia Santos)

La semana pasada publiqué en esta página una columna evocadora del Perú de hace cincuenta años; un Perú que ciertamente no conocí pero que respiré en la infancia escuchando a gente mayor. La titulé “El país que ya no está”. Allí hablaba de un Perú juicioso que casi ha desaparecido, donde no faltaban figuras políticas que estimularan la reflexión y las ideas, y donde la sociedad en general parecía reaccionar con mayor solidaridad ante las crisis que nos agobiaban. Siendo tal vez nostálgica, no era una columna del todo reivindicadora del pasado, pues sería temerario e injusto afirmar que durante esas décadas éramos cabalmente un mejor país.  

Hace unos días un lector, acaso estimulado por la cercanía del 28, me instigó a escribir una columna más esperanzadora para compensar el pesimismo de aquel texto. Incluso me sugirió un título que encontré atinado: por eso encabeza estos párrafos.  

En efecto, en las antípodas del país que ya no está se encuentra el país que puede ser. Un país probable. Posible. Virtual. En medio de ambas entelequias está el Perú del presente, el que hacemos todos los días, el que se debate entre la añoranza de lo perdido y la ilusión de lo que todavía no consigue.  

Más allá de proyecciones económicas, estadísticas y pronósticos de expertos, el Perú del futuro solo será mejor si en él se vuelven reiterativas ciertas prácticas notables que hoy llaman la atención por eventuales. Por ejemplo, si hay medio millón de personas que visita la Feria del Libro, y si ese número se supera año tras año, no está agotada la esperanza de que la lectura se vuelva un día hábito permanente, lo cual tendría hasta efectos políticos decisivos, pues una sociedad de lectores resulta amenazante, peligrosísima para quienes pretenden ejercer el poder sobre la base de populismos y dádivas. No hay, desde luego, garantía de superación moral –conozco lectores activos que son a la vez seres mezquinos–, pero los libros pueden convertirnos al menos en electores más precavidos.  

Si, además, logramos sobreponernos a la recurrente sensación de desamparo y propagamos hacia otros ámbitos algo del ‘efecto Rusia’ –ese inédito vínculo establecido sobre la base del reconocimiento–, seremos un país más integrado. Hablo de una hermandad sin ‘hermanitos’, de una amistad sin amigotes, de una complicidad sin cofradías. Esa unión se vivió hace solo dos meses en otro continente. La sorpresa del mundo fue general. Éramos un puño. Una sola voz. Algo admirable que, sin tocarse, se sentía sólido. ¿Fue acaso un espejismo ya desvanecido?¿El amor propio nos duró apenas un vals? ¿Las grabaciones del CNM deshicieron esos lazos? ¿O solo somos así cuando la selección sale a la cancha? ¿Acaso no salimos a la cancha todas las mañanas? ¿Acaso no somos también nosotros, a nuestra manera, ‘la selección’?

Quienes frisamos los cuarenta empezamos a sentir, aún de lejos pero acercándose, el rumor del fracaso generacional que los mayores responsables ya asumen como propio. Para disiparlo habría que aprovechar la actual coyuntura catastrófica sacando de ella algún aprendizaje. Siempre puede haber escondida una piedra preciosa en un montículo de basura. Ese tesoro, me parece, es la renovada indignación. Creo que la estamos recuperando. Las crisis, insisto, sacan lo mejor de los peruanos; la prosperidad, en cambio, nos paraliza. Digo esto pensando en esos profesores y escolares que han venido protestando simbólicamente frente al reinante clima de corrupción, pues entienden que lo doloso no es el delito técnico que los abogados identifican en cada audio, sino el compadrazgo mafioso y cínico que se ha puesto al descubierto. Si hay una forma exitosa de aprender educación cívica, es esa.  

En varios aspectos el actual Perú es mejor que el de hace medio siglo; sin embargo, nunca será superado por el país del futuro, ese Perú en construcción, un Perú imperfecto pero más justo, más propio, menos asaltado. Para que exista ese Perú primero hay que vislumbrarlo, desearlo, conversarlo. Y luego, sí, levantarlo a pulso con los únicos materiales nobles disponibles: nuestros sueños, nuestras palabras, nuestro trabajo, nuestra libertad. 

Esta columna fue publicada el 28 de julio del 2018 en la edición impresa de la revista Somos.

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