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Paolo Guerrero: las lecciones que deja su vuelta a la selección peruana

Navidad en mayo. Fiestas Patrias. Ganadores de la lotería. Ninguna sensación en el año se le parece a esta: Paolo Guerrero va a jugar el Mundial por Perú y será su capitán. Lecciones de todo este tiempo de fe y angustia

Paolo Guerrero

Paolo Guerrero va a jugar el Mundial por Perú y será su capitán.

Fue un milagro.  

Porque Paolo, como cualquiera, podía haber caído, nada más; podía haber renunciado a sus ambiciones y visto con pánico el futuro. Nada más peruano que ver con pánico el futuro. Paolo Guerrero venció primero esa pesada cadena nacional que atasca y no deja avanzar: en eso fue un ejemplo. Fue capitán. Es. La FIFA le impuso un castigo de un año y dijo no. La FIFA le redujo la sanción a la mitad y volvió a decir que no. Fue al TAS para que lo escuchen, lo noquearon con 14 meses de pena y repitió: no. Fue a hablar con Gianni Infantino, presidente de la FIFA, y consiguió con la FPF una cita imposible: la agenda de Infantino tiene tantos pendientes como secretario general de la ONU. Fue al Tribunal Federal Suizo, la última instancia después de la última instancia y allí, cuando empezaban a aparecer los críticos y sus sombras, esperó diez días metido en un hotel de Zúrich, rezando en un hotel de Zúrich, entrenando en un hotel de Zúrich, solo, la resolución final. Diez días no son nada: desde el 3 de noviembre, cuando llegó a Videna el terrible “resultado analítico adverso”, pasaron 208 días y sus largas noches. ¿Qué piensa un futbolista con tanto tiempo sin una pelota? ¿Qué hace? ¿Cómo lo hace? Solo Paolo lo sabe. “Se entiende que él [Paolo] no actuó intencionalmente o por negligencia significativa”, dice la resolución del Tribunal. Lo que él tanto repetía. La llamada santa paciencia.  

PALABRA DEL DÍA: ONCE

Fue un milagro. Porque Ricardo Gareca, con absoluta justicia, cansado del fútbol en los juzgados, organizó el plan de la selección sin Paolo apenas se conoció el castigo de 14 meses, hace un mes. Era lo más lógico para un comando técnico ultrapreparado que vigila recorridos, latidos del corazón, potencia en el salto, como si alistara un ejército para la guerra. Para Ricardo Gareca, el hombre que calculaba, el regreso del capitán y goleador histórico de la selección es un problema menos: para Perú, a quien le sobra poco, esta vuelta es un milagro de esos que se piden delante del altar, con fe. Se puede jugar sin Guerrero –lo hizo en los amistosos pre Mundial–; hay más chances de ganar con él.  

Fue un milagro. El milagro que sus compañeros esperaban: en la habitación de Ruidíaz y Trauco, en el cuarto de Cáceda y Gallese, en la suite de Jefferson y Cuevita, que horas antes del partido contra Escocia –nunca se jugó en el Nacional un amistoso con clima de fiesta patria– hablaron con él por el chat de Instagram, se contaron la buena noticia y se prometieron cuidar el grupo para todo lo que viene: la vuelta del capitán es la salida de uno de los 23. Hasta en eso pensaron. De esa conversación, desapercibida para los hinchas eufóricos, queda una imagen del ‘9’ posteada por Farfán con una leyenda profética: 

“Increíble motivación con mi hermano del alma PG9. Fe”. 

La sonrisa de Paolo Guerrero es la del que acaba de ganarse la lotería. Del que va a ser papá nuevamente, del que acaba de conocer Disney, del que ha sido asaltado, de pronto, por ese sueño de niño en vivo y en directo. Del que va a jugar el Mundial. 

Lo que viene después de Rusia 2018 –cumplir los ocho meses de castigo o revisar la condena– será otra historia de fe. Hoy, Perú vuelve a ser Guerrero y guerrero. Fue un milagro. Y los milagros solo se agradecen.

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