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Pedro Suárez-Vértiz le responde a "los trolls de su vida"

"A Gian Marco Zignago llegaron al punto de amenazarlo de muerte; se burlaron vilmente de uno de los hijos de Carlos Alcántara. Es algo injusto y repudiable, pero imposible de evitar". Escribe Pedro Suárez-Vértiz

La crueldad de algunos comentarios en redes sociales simplemente supera la ficción. Como persona pública, y con un Facebook de millones de seguidores, me encuentro con cada loco que ni me ocupo de borrar, solo para ver cómo lo despedazan los demás. Basta entrar a sus muros para comprobar que son páginas falsas o, si no, son muros de auténticos psicópatas, con publicaciones anormales, símbolos demoniacos, refranes antisociales o autorretratos terroríficos. Hombres y mujeres por igual.

A Gian Marco Zignago llegaron al punto de amenazarlo de muerte; se burlaron vilmente de uno de los hijos de Carlos Alcántara. Es algo injusto y repudiable, pero imposible de evitar. Simplemente porque la columna de comentarios de una publicación en redes sociales refleja el abanico completo de perfiles sociológicos de una sociedad.

Hay admiradores, críticos, soñadores, piadosos, graciosos, curiosos, jóvenes, viejos, pobres, ricos, filósofos, burlones, cicutas, artistas, empresarios, religiosos, etc. Pero recuerden que los psicópatas, delincuentes, anarquistas y toda clase de paria social también tienen derecho a escribir comentarios. A ellos en ciberlenguaje se les llama trolls. Es entonces deber de los personajes públicos entender que ellos jamás entenderán qué es moral, ética, compasión, modales o respeto. Criticarlos o responderles es infructuoso, pues en la historia de la humanidad siempre han existido. Y las redes sociales, a diferencia de un club de fans, te exponen sin protección a lo mejor y lo peor de la sociedad. 

La BBC define trolear como: “la tendencia desde el anonimato de provocar indignación publicando insultos y abusos en línea”. Si se consulta el Urban Dictionary (‘diccionario urbano’), encontramos: “Es el acto de hacer comentarios aleatorios no solicitados o controvertidos en foros de internet, con la intención de generar una sacudida emocional en los lectores desprevenidos y provocar una pelea o discusión”.

El origen etimológico del verbo jerga trolear es la palabra noruega ‘troll’, que describe a una criatura mitológica. De acuerdo con el folklore escandinavo, un troll es un ser que vive en cavernas y regiones boscosas. Su uso en inglés (con doble ele) describe a una persona que daña los sitios de elogio en internet. El troll apareció con las primeras grandes páginas que daban la opción de comentar, como YouTube, Facebook, Twitter y Reddit. 

En el 2004, John Suler, profesor de psicología en la Rider University, de EE.UU., llevó a cabo un estudio llamado ‘el efecto de la desinhibición en línea’ para explicar a los trolls. Suler concluye que el ‘anonimato’ hace sentir al troll protegido, pues el carácter incógnito en las redes lo blinda. Esto genera una irresistible sensación de ‘invisibilidad’ que tienta muchísimo a lanzar el tomatazo. 

Suler señala que a los trolls les es más difícil ser empáticos con la persona a la que se está atacando, pues en línea no se aprecian las facultades humanas de la víctima. Por eso las ofensas del troll carecen de piedad y son extremadamente hostiles. El troll siente, en el fondo de su ser, que es un simple grano de arena y le urge exagerar para hacerse notorio. 

El penúltimo punto es la ‘imaginación desligada’. Esto quiere decir que los trolls sienten que el internet es como un juego en el cual se entretienen con las reacciones de los demás. Por último, la ‘minimización de la autoridad’ significa que en línea es más fácil cometer un delito y salirse con la suya, pues es muy difícil rastrearte.
Personalmente, pienso que los trolls son hasta cierto punto necesarios, porque me generan niveles estratosféricos de interacción, lo cual cotiza más a mi Facebook. Mis millones de seguidores les caen encima y ese fuego cruzado rankea la página. Hasta a veces los provoco. Es bueno mover el plancton de vez en cuando.


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