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Pequeñas grandes lecciones del día a día, por Lorena Salmón

"Algo muy inusual me sucedió en la Lima caótica y violenta en la que habitamos. La semana pasada, camino a una reunión mañanera en el colegio de mis hijos, me choqué lateralmente con otro carro". La columna de Lorena Salmón

Lorena Salmón

Pequeñas grandes lecciones del día a día, por Lorena Salmón.

Algo muy inusual me sucedió en la Lima caótica y violenta en la que habitamos. La semana pasada, camino a una reunión mañanera en el colegio de mis hijos, me choqué lateralmente con otro carro.

A mí me venía cerrando uno del lado izquierdo, y tratando de evitar que este me diera, me pegué a la derecha sin tomar en cuenta que venía una camioneta Dodge.

En la escala del 1 al 10 de ‘las peores formas de comenzar tu mañana’, chocar debe estar en el top tres, fijo.

Se armó un traficazo de inmediato, así que decidí adelantarme para poder orillar el auto a buen recaudo. La pareja me vio preocupada y sacó el celular para grabarme si lo que intentaba era darme a la fuga.
Jamás.

Me bajé del carro para pedirles que hicieran lo mismo y evitar el pandemonio de congestión vehicular y auditiva (nos reventaban las bocinas).

Cuando me acerqué, inmediatamente extendí la mano al chofer del otro auto, su mujer hacía llamadas en el lado del copiloto. Me presenté:

—Hola, soy Lorena. Mil disculpas por esto [frase que repetí mínimo unas cinco veces mientras duró todo].
—No te preocupes —me dice el agraviado, devolviéndome el saludo—. A todos nos pasa.
Su tono de voz era calmado y sus gestos empáticos.

Me preguntó qué pasó, por qué no lo vi y le conté que estuve solo atenta al otro respetuosísimo auto que durante una parte del camino había literalmente pasado por encima de mí como si no existiera.

Me preguntó si tenía seguro –algo de lo que carecía precisamente en ese momento– y procedió a llamar al suyo.

Yo, a llamar a mi marido, que no estaba en la ciudad y que probablemente se molestaría. Mi carro estaba bien chancadito.
La espera del seguro se me hizo eterna; la otra pareja permanecía en su auto.

Cuando llegó, lo primero que le dijo el señor agraviado fue: tratemos de no perjudicar a la señorita.
Bondadosa alma de Dios.

Me ahorró el trámite de ir a la comisaría, pasar por dosaje etílico y ahí sí toda una mañana perdida. Negoció conmigo que pagara su prima de seguro y tuvo la grandeza de confiar en que saliendo de ahí yo les depositaría.

No podía salir de mi asombro.
Toda la situación se había llevado de forma madura (yo no había llorado ni perdido los papeles como suelo hacerlo ante situaciones fortuitas y complicadas). Nadie había subido el tono; al contrario, conversamos y reímos.

Me dejaron ir intercambiando buenos deseos.
Creo que no debería decir esto, pero chocar con ellos fue placentero. Y tremendamente aleccionador.

Qué pareja tan emocionalmente sana. Nunca hubo reclamos, ni malos tratos, ni miradas feas, nada, y eso que por mi culpa perdieron una conferencia.

Fueron empáticos, comprensivos y más que cordiales.
Una vez firmado todo lo que el seguro de ellos me hizo firmar, pues llegamos a un acuerdo de ambas partes, salí hacia el banco para pagarles.

En ningún momento les había pedido sus nombres. La mujer solo preguntó por mi celular y me mandó por WhatsApp sus datos, que no había leído hasta que llegué al banco.

Karina Díaz Choque (¿casualidad?).

Gracias a ti y a tu esposo por la enseñanza de que no importa lo que pase: ante todo que prevalezca la calma, el buen trato y la empatía. //

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