"¿Vamos a permitir que nuestras diferencias sean más importantes que trabajar y defender juntos lo que nos une?". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Verónica Calderón / Somos)
"¿Vamos a permitir que nuestras diferencias sean más importantes que trabajar y defender juntos lo que nos une?". Lee la columna de Luciana Olivares. (Ilustración: Verónica Calderón / Somos)
Luciana Olivares

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En nuestro país, todos los días hay un nuevo show. Basta ver la cartelera en las redes sociales y los medios de comunicación. Si hablamos de géneros, lamentablemente el romance y la buena comedia, esa que te hace reír hasta que te duele la panza o que por lo menos te deja con un buen sabor de boca para comenzar o terminar el día, ya no existen.

El terror es el género que encabeza la lista de contenidos que consumimos diariamente, protagonizados por los más oscuros personajes. Como una metáfora de lo que ocurre en nuestra política y nuestra sociedad, vemos desde monstruos que activan bombas silenciosas y letales para destruir todo un país, hasta zombies que siguen a las hordas de violencia. Sin contar a los muñecos ventrílocuos que solo mueven la boca comandados por alguien más a quien le encanta presumir de su poder. También están los terroristas disfrazados de civiles honestos y los misóginos, que violan todo respeto hacia la mujer, con hechos y palabras.

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El factor sorpresa es que los villanos en la historia reciben hasta condecoraciones y tienen a su disposición un grupo importante de mujeres provistas de un innovador dispositivo, que las vuelve mudas cuando lo deseen e incluso las desaparecen. Pero bueno, no nos olvidemos del otro género recurrente en estos tiempos, la sátira: claramente los contenidos actuales van más allá de la comedia.

Hay que reconocer que en esa línea se ha creado un nuevo tipo de circo, con una clara propuesta. El objetivo no es que el espectador se ría, sino al revés. El elenco, tan convenientemente escogido, es el que se ríe del público permanentemente. Todos los días se presentan payasos con corbatas y sacos sacados de utilería barata que atarantan a la audiencia con sus morisquetas. No olvidemos a los mimos que, tan vanguardistas ellos, no necesitan pintarse de blanco el rostro para quedarse mudos convenientemente.

Hay enanos también, pero de moral, que pululan con baldes de agua enormes que llenan para su molino frente a nuestros ojos.

La buena noticia es que los animales de este espectáculo circense son de dos patas y hablan incoherencias. Nadie los obligó a vivir en el cautiverio de un espectáculo penoso y con un entorno maloliente.

Los malabaristas hacen lo suyo también jugando con nuestra economía; si el sol se cae y el dólar sube, no importa, ¿no? Total, la culpa es de los otros, como la empresa privada, que solo viene a perjudicar al circo que no necesita de ella, y su público, menos. “Pan y circo es lo que necesita el pueblo” se repiten, así el pan haya subido de precio.

Pero cómo olvidar al presentador de la compañía, un personaje de tamaño pequeño y portador de un sombrero imponente, aquel que –dicen las malas lenguas– es una víctima de ese circo, porque el dueño no lo deja ejercer su trabajo con libertad y ya lo amenazó con volver a sentarlo en sus piernas como muñeco ventrílocuo.

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Si bien está claro que el diminuto presentador de la compañía no es el dueño del circo, no muestra el menor inconveniente en viajar con su caravana aterrizando en cada pueblito y encendiendo a sus espectadores con mensajes de división y revanchas.

Finalmente, está el público. Nunca faltan los que aplauden como focas, los que repiten como monos arengas ante la menor crítica sin ser conscientes de lo que se está jugando en el escenario, o a los que les encanta decir que vigilan, pero se la pasan bien dormidos. Se han acostumbrando a pifiar desde sus butacas o a criticar desde sus redes sociales, en el mejor de los casos. Están más concentrados en discutir entre ellos y recriminarse por sus respectivas posiciones: platea, tribuna, palco, derecha, centro o izquierda.

Y mientras todo esto pasa, el circo continúa frente a nuestras narices. ¿Vamos a permitir que nuestras diferencias sean más importantes que trabajar y defender juntos lo que nos une? El progreso, la justicia, la honestidad, el respeto son palabras lo suficientemente grandes para impulsarnos a lograr dos cosas: levantarnos de nuestra silla para ser actores activos del destino del país y entender, de una vez por todas, quién y qué es nuestro enemigo común. //

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