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¿Qué tan propia sentimos la cultura afroperuana?, por Renato Cisneros

"Crecimos normalizando el racismo hacia la gente morena y hemos tardado demasiado tiempo en reconocer lo vergonzante de aquellas prácticas". La columna de Renato Cisneros "De ser como soy me alegro".

Renato Cisneros

¿Qué tan propia sentimos la cultura afroperuana?, por Renato Cisneros. ILUSTRACIÓN: Nadia Santos.

Cada vez que los chicos mayores del colegio le gritaban al ‘Negro’ Zurita “¡vamos pa’Chincha, familia!”, las carcajadas se multiplicaban de inmediato. Teníamos 12 años. No entendíamos el significado de aquellas palabras (ni siquiera sabíamos dónde quedaba Chincha), pero nos resultaba evidente que la frase, por el tono con que se pronunciaba, buscaba herir a Zurita. Advertíamos el dolor, pero nos burlábamos igual. Por esos años nadie cuestionaba, al menos no directamente, la ridiculización de la piel del otro. Ocurría todo el tiempo, no solo en el colegio, también en el barrio, el club, la televisión, en cualquier parte, y se manifestaba a través de prejuicios, comparaciones, apodos o esos humillantes “chistes de negros” que se oían en programas cómicos.

Crecimos normalizando el racismo hacia la gente morena y hemos tardado demasiado tiempo en reconocer lo vergonzante de aquellas prácticas; prácticas que por cierto persisten, pero que felizmente ya no se reproducen con semejante impunidad, o al menos no pasan tan desapercibidas. Hoy contamos con mayor vigilancia social a través de asociaciones privadas y observatorios estatales dedicados a detectar actos racistas, pero además se hacen esfuerzos por sancionar el racismo y la discriminación. Por ejemplo, desde enero de este año se encuentra en mesa de partes del Congreso un proyecto de ley elaborado por el Ministerio de Cultura que pretende incorporar al Código Penal el delito de “incitación al odio racial”.

Se ha tenido que llegar al extremo de buscar sanciones, pues el racismo, puntualmente el ejercido contra afrodescendientes, persiste a pesar de las muchas, encomiables iniciativas para reivindicar a ese grupo y denunciar su vulnerabilidad. No olvidemos que desde el 2006 cada 4 de junio se celebra el Día de la Cultura Afroperuana (de hecho, todo el mes de junio está dedicado a reivindicar los derechos de esa minoría); y desde el 2016, a través de un decreto supremo, se puso en marcha el primer plan de desarrollo para la comunidad afroperuana (hablamos del 3,6% de la población, según el Censo Nacional 2017). A eso se suman las constantes campañas de sensibilización donde se nos habla de personajes –Susana Baca, Jefferson Farfán, etcétera– que han logrado conquistar el imaginario popular.

Mi identificación con la afroperuanidad se la debo sin dudas a Nicomedes Santa Cruz, o mejor dicho a la décima, esa fórmula poética cuyas estrofas están compuestas por diez versos octosílabos, de la que Nicomedes fue genial exponente y difusor incansable.

Hace unos días, mi amigo José Luis Mejía me envió por WhatsApp una foto de 1995. Él aparece con 25 años y bigote; yo, con 18 y rapado. Estamos de pie, frente a frente, sobre un escenario levantado en el patio del Club Croata, en la avenida San Felipe, protagonizando nuestro desafío llamado “Contrapunto entre dos gallos”, un espectáculo hecho enteramente en décimas que replicamos por dos años consecutivos, primero en El Ekeko de Barranco, luego en el centro cultural Ricardo Palma de Miraflores.

Fue precisamente José Luis quien, en su afán por instruirme en el arte de la décima, me prestó libros de Nicomedes Santa Cruz, me acercó a la obra de maestros como Porfirio Vásquez e Higinio Quintana; me llevó a las reuniones de la Asociación de Decimistas del Perú, encuentros poblados de hombres mayores, amables, modestos. Ahí conocí a César Huapaya, el mayor estudioso de la décima en nuestro país, y a Octavio Santa Cruz, sobrino de Nicomedes y Victoria, en cuya casa de Breña nos juntábamos para improvisar estrofas y tomar piscos. Ojo, no es que la décima sea exclusiva del “floklore negroide”, pues se hace décima en Huánuco, Cusco, Puno o Huamanga, pero muchos de sus mejores cultores e investigadores provienen de la familia afroperuana, esa a la que Nicomedes solía llamar “el pueblo negro”.

Nadie como él supo denunciar el acto racista huyendo del victimismo, dándole alegría y dignidad a su reclamo, como cuando cantaba con pie forzado: “En medio de mi pobreza/ vivo en forma muy decente,/ ni al amigo ni al pariente/pido ayuda en mi tristeza./ Si es orgullo o si es torpeza/ mi modo de ser celebro:/ lo tomado lo reintegro,/ pago favor con favor/ y si negro es mi color,/ de ser como soy, me alegro». //

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