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Érase una vez en Hollywood, la última genialidad de Tarantino, por Renato Cisneros

"Todo en la novena película de Quentin Tarantino es un homenaje a algo. El propio título, en tanto evoca el clásico enunciado de los cuentos (“érase una vez…”), ya implica una celebración". Lee la columna de Renato Cisneros.

Brad Pitt y Leonardo DiCaprio en "Once Upon a Time in Hollywood". (Foto: AP)

Brad Pitt y Leonardo DiCaprio en "Once Upon a Time in Hollywood". (Foto: AP)

Todo en la novena película de Quentin Tarantino es un homenaje a algo. El propio título, en tanto evoca el clásico enunciado de los cuentos (“érase una vez…”), ya implica una celebración de la narración de historias, la construcción de mitos y la apropiación de la realidad desde la ficción.

Podría decirse que toda la cinta es un homenaje al cine, a los westerns estadounidenses en concreto, pero sobre todo a la industria del cine, al cine detrás del cine, en especial a los outsiders que sin pisar el plató sacan adelante un rodaje y convierten el universo tras bambalinas en un espacio digno de ser filmado.

Estamos, así mismo, frente al homenaje a toda una época, los 60, cuyo final representó un drástico giro en las ideas que hasta entonces regían las formas de comportamiento. El pacífico flower power hippie dio paso a una escalada de violencia que tuvo en Vietnam y en las primeras disputas raciales norteamericanas su combustible más corrosivo. Tarantino reivindica esa década mencionando series y actores muy populares por esos años, como una forma de recuperarlos fugazmente, desde El Show de Dick Van Dyke, Bonanza, Combate, FBI, Lancer, Mannix, Dennis Hopper, Steve McQueen y John Wayne hasta Tierra de gigantes, Batman, Tarzán, el Avispón Verde y Bruce Lee. A la recreación de aquella atmósfera contribuye sólidamente la banda sonora, donde destacan las voces de Deep Purple, Buchanan Brothers, Paul Revere & The Raiders, Simon & Garfunkel y Neil Diamond.

La cinta es también un claro homenaje a la amistad a través del vínculo de los personajes de Leonardo DiCaprio (quien encarna al alicaído actor de westerns Rick Dalton) y Brad Pitt (en el papel de Cliff Booth, el doble de Dalton). Además de salvarle la vida a Rick en las películas, Cliff lo rescata en el día a día, conduciendo su coche, solucionando sus problemas caseros y, sobre todo, escuchando sus quejas acerca de lo mal que camina su carrera. Tarantino ha extraído lo mejor de ambos actores logrando entre ellos una afinidad quizás inesperada considerando que trabajan juntos por primera vez: un Dalton (DiCaprio) nostálgico, reflexivo y exigente consigo mismo es la contraparte perfecta de un Booth (Pitt) lúdico, arrebatado y tan fiel con su jefe como Brandy, su pitbull de tres años, a la que alimenta en unas escenas de inolvidables primeros planos.

Érase una vez en Hollywood es, cómo no, un homenaje a Los Ángeles, la ciudad donde Tarantino creció, cuyas calles atestadas de negocios con letreros de neón él recorrió en el asiento trasero del Karmann Ghia de su padrastro y cuya transición de urbe calmada a metrópoli insegura vivió directamente.

Después de L. A., la gran homenajeada es la actriz Sharon Tate (interpretada por la bellísima Margot Robbie), joven esposa de Roman Polanski, promesa del Hollywood de entonces, quien fuera asesinada de 16 puñaladas en su residencia de Cielo Drive, junto a otras cuatro personas, a manos de miembros de La Familia, como se le conocía al grupo de seguidores del desquiciado criminal Charles Manson. Sharon Tate tenía ocho meses de embarazo cuando ocurrió aquella tragedia que enlutó a Los Ángeles y, en paralelo, convirtió a Manson en una diabólica celebridad.

Tal como hizo en Bastardos sin gloria, aquí Tarantino vuelve a manipular la realidad, mejor dicho, corrige la realidad para salvar a Sharon Tate de la muerte, librar a Hollywood del trauma y reescribir la horrible madrugada del 9 de agosto de 1969.

Por último, la película es también un homenaje al propio Tarantino; él mismo ha reconocido que “es un resumen de todas las cintas anteriores”. A 25 años de ese martillazo en la cabeza que fue Pulp Fiction, esta entrega demuestra la plena vigencia de un director que no renuncia a su forma de contar; que no teme caer en incorrecciones políticas de ningún tipo; que es capaz de reunir en un elenco a las máximas luminarias con los amateurs más inesperados; que escribe guiones para rendir tributo a los ídolos que le enseñaron a amar el cine; y que sigue justificando la veneración que desde hace un cuarto de siglo le rinde su cada vez más extendida feligresía. //


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