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Quisiera ser grande: expectativas de una sociedad inmadura, por Renato Cisneros

"Este año me recuerda mucho al 2000, año de siembra más que de cosecha"

Quisiera ser grande: expectativas de una sociedad inmadura, por Renato Cisneros

Quisiera ser grande: expectativas de una sociedad inmadura, por Renato Cisneros

El 2018 termina, pero no acaba. Se trata de uno de esos años raros, extensos, que trascienden el calendario o directamente lo rebasan. Durante el 2019 tendremos que afrontar –no digo comprender, tan solo afrontar– las secuelas de lo mucho que hemos vivido, gozado y padecido durante estos últimos doce meses, de modo que será normal sentir que no hemos pasado la página del todo.

Este 2018 es un año digno de un relato mayor. Ha sido tan prolífico en maravillas y rencores, nos ha desnudado sin delicadeza, nos ha educado tan eficazmente en la angustia y la felicidad que tendría que escribirse una novela acerca de él o una obra de teatro o un guion cinematográfico, algo que nos ayude como sociedad a dimensionar su trascendencia. Frente a años así de congestionados resulta muy evidente que el periodismo no alcanza para procesar todo cuanto ocurre. Lo digo aplaudiendo el gran año de muchos colegas (lo de IDL Reporteros y Ojo Público, por ejemplo, ha sido extraordinario), pero sin dejar de lamentar que a la mayoría de periodistas y medios de comunicación la realidad nos haya pasado por encima. En muchos tramos del 2018 nuestro trabajo terminó pareciéndose mucho al del fedatario de mesa de partes que, ante la avalancha de documentos por tramitar, se dedica a poner sellos de ‘recibido’ a una velocidad que siempre resulta lenta.

Este año me recuerda mucho al 2000, otro año de quiebre, año de siembra más que de cosecha, cuya estela o impronta aún se mantiene viva, diría demasiado viva, como si los 18 años que transcurrieron después fueran sucedáneos, no repeticiones pero sí prolongaciones de un 2000 que no terminó la medianoche del 31 de diciembre, sino que se camufló en los días, semanas, meses y años siguientes. El almanaque decía 2001, 2003, 2006, pero no, era el mismísimo 2000 que no terminaba, que no podía terminar de lo cargado que estaba. Lo mismo sucede hoy.

Si este 2018 pasa a la historia, no será únicamente por habernos traído algunos de los más terribles accidentes fatídicos, casos de corrupción, crímenes de odio, denuncias de racismo, incidentes de xenofobia y tantos otros hechos, entre negativos y positivos, que aparecerán compilados en los resúmenes y balances anuales. Si el 2018 pasa a la historia, será por haberle dado marco a una paradoja nacional nunca antes vivida. Me refiero, claro, a la política y el fútbol. Nuestra mayor crisis gubernamental en años coincidió con nuestro mayor éxito futbolístico en décadas, y durante ambos procesos –que continúan, por cierto– hemos sacado a relucir lo más nefasto y lo más encomiable de nuestra naturalmente borrosa identidad. En años electorales se da un fenómeno parecido, pero lo de este 2018 ha sido mucho más extremo: del abrazo común pasamos abruptamente al insulto, de la camiseta única a los bandos irreconciliables, del elogio a la difamación, de la tolerancia al berrinche, de la hinchada más unida del mundo al odio generalizado. Es probable que seamos una sociedad psicológicamente desequilibrada, pero hasta que un diagnóstico clínico así lo corrobore podemos reflexionar un poco más acerca de ese comportamiento tan cambiante. Decir, como suele hacerse, que todos nos ‘hemos pasado de la raya’ ya no sirve de consuelo ni excusa; además, no existe una única raya que trace nuestros límites: cada quien raya como le conviene la cancha en que juega o cree jugar, y aunque en eso consiste la libertad de expresión, tampoco se trata de administrarla de cualquier manera, no porque se vuelva peligrosa, sino porque se vuelve aburrida.

Quizá por ahí puede explicarse nuestra inmadurez colectiva: somos ciudadanos de una democracia adolescente, cuyos recursos apenas estamos aprendiendo a emplear. Si bien como república tenemos casi dos siglos, como democracia no hemos cumplido los 40 años. En esa contradicción o desfase radica nuestra crisis. El Perú es Tom Hanks en Quisiera ser grande, solo que peor. Somos un adulto que se siente joven metido para siempre en un cuerpo demasiado viejo. //

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