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La radio y el milagro de hablarles al oído a miles de personas a la vez, por Renato Cisneros

"El oficio es magia pura: te encierras en un habitáculo forrado con planchas de espuma, aprovisionado de unas pocas ideas, y a través de un micrófono expulsas palabras al vacío invitando a las personas a desterrar el falso mito de que hay que ver para creer".

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El miércoles pasado, en el Día Mundial de la Radio, me di cuenta de que han pasado ya 20 años desde mi incursión en la antigua Cora. (FotoIlustración: Nadia Santos)

Radio Cora quedaba en el fondo del piso siete de una de las torres color cartón del Centro Cívico de Lima. Esa mañana de junio de 1999 llegué puntual, como nunca. No funcionaba el ascensor, o quizá no había ascensor. Subí las escaleras a todo tren, emocionado, pensando que en unos minutos más entraría por primera vez a una cabina radial de verdad. Mi entonces profesor de la universidad y ahora entrañable amigo Guillermo Giacosa me había convocado para hacer mis prácticas preprofesionales en el noticiero matutino que él conducía: Aldea global. No me importaba que la estación fuera de amplitud modulada (AM) y que la señal se perdiera por completo en determinados puntos de la ciudad; lo importante era debutar, aprender y, claro, dirigirme a los oyentes –muchos, pocos, eso tampoco importaba– del mismo modo en que se dirigían a mí los hombres y mujeres que desde muy chico escuchaba a través de los parlantes del minicomponente Panasonic de mi dormitorio, a quienes, sin conocer, sin haber visto nunca, me unía algo así como una amistad imaginaria, un vínculo que se activaba con solo mover una perilla.

Apenas llegué a las oficinas de Cora me atendió una mujer robusta que, mientras desayunaba pan con palta y un café hirviente en vaso de tecnopor, se dio tiempo para mostrarme gentilmente las, para mi sorpresa, muy austeras dependencias, donde destacaban unos pequeños escritorios de ministerio salpicados de documentos. Luego me enteraría de que aquella mujer era también la locutora a quien tanta veces había oído recitar el popular eslogan de la estación: “Yo soy Cora”.

Nada más ingresar a la cabina sentí un drástico bajón en la temperatura. Se lo comenté al buen Guillermo, quien había llegado minutos antes. Por toda respuesta estiró un dedo para mostrarme que el origen de aquella corriente gélida no era ningún sistema de ventilación electrónico, sino una ventana rota que nadie se había molestado en reemplazar.

No tengo claro si hice bien o mal mi trabajo esa mañana (mentira, sí lo sé, grabé todo el programa y luego escuché con atención cada una de mis breves y penosas intervenciones). Lo que sí recuerdo es que en un determinado momento, mientras comentábamos las noticias al aire, la pesada puerta de la cabina se abrió de la nada para dar paso a un hombrecito bajetón, regordete, calvo, que usaba una camisa blanca de manga corta en cuyo bolsillo superior izquierdo destacaba una fila de lapiceros azules. El sujeto entró llevando bajo el brazo una escalera de madera que a continuación desplegó para trepar sobre ella y cambiar un foco del techo, todo esto sin abrir la boca, como si estuviera en su casa y no se percatara de que estaba interrumpiendo un programa periodístico. Solo le faltó silbar. Lo miré con fastidio, pensando que se trataba de un inoportuno electricista y le hice claras indicaciones para que desalojara el recinto. Al terminar el noticiero supe que se trataba del dueño de Radio Cora, el mítico Juan Ramírez Lazo, figura mediática desde los años 50, poseedor de una voz portentosa, una dicción impecable y unas maneras solemnes que podían apreciarse en toda su magnitud en las diarias columnas editoriales que él indefectiblemente iniciaba con la muletilla “nos preocupa, amable oyente…”.

No duró mucho aquel programa, pero lo que ahí viví fue suficiente para envenenarme, para inocularme las ganas primero –y la necesidad después– de tocar vidas de esa manera sigilosa pero efectiva que solo la radio consigue. Bien mirado, el oficio es magia pura: te encierras en un habitáculo forrado con planchas de espuma, aprovisionado de unas pocas ideas, y a través de un micrófono expulsas palabras al vacío invitando a las personas –¿quiénes son?, ¿dónde están?– a imaginar escenarios, a vislumbrar situaciones, a desterrar el falso mito de que hay que ver para creer.

El miércoles pasado, en el Día Mundial de la Radio, me di cuenta de que han pasado ya 20 años desde mi incursión en la antigua Cora. Todas las tardes, ahora en RPP, son una prolongación de aquel debut. Gracias por eso a quien corresponda. //

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