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Razones para querer a la camiseta de Perú, por Miguel Villegas

Otra vez polémica por la nueva camiseta de la selección peruana: de un lado, los defensores de lo clásico, de la franja roja y noble. Por otro, los revolucionarios. ¿Qué opinas tú del nuevo modelo 2018?

Como si volviera de una guerra y no de un partido de fútbol, las mangas dobladitas, las manchas de pasto y los cordones rojo y blanco desatados en el cuello, la primera camiseta que usó Perú en un Mundial duerme en el Museo del Fútbol del Estadio Centenario de Montevideo. La donó Antonio Maquilón, defensa y capitán de esa selección peruana que en 1930 -no sé si lo saben- solo perdió. Quienes han hecho el viaje hasta allá dicen que verla tiene el mismo enigmático pánico que da hoy ingresar, por ejemplo, a una biblioteca: cómo es posible que no se quiera, no se busque, no se mire, al pasado.

No tiene la franja roja sobria, no cuenta con el escudo en detalles sublimados, y no llegó a tiempo a la tecnología drifit. Pero hay que ver cómo se le admira, cómo se evoca, cómo representa tantos recuerdos para gente que no la vio. Como si no fuera tela eso que es solo tela.

En la casa de Héctor Chumpitaz, y detrás de una ventana grande que da al jardín, el Capitán tiene entre sus copas, sus medallas y la bota de yeso que en 1982 le firmó el joven Maradona, una joya. La camiseta blanca y roja con la que Perú jugó el primer partido del Mundial del 70, ese triunfazo con Bulgaria. Tejida de hilo fino -por eso las llamaban chompas-, menos sofisticada que cualquier modelo de marca internacional y más bien diseñada por la humilde Player, esa camiseta también es el Perú, es decir, también nos representó y también en la memoria. Alguna vez, si se lo encuentran en una calle o en el estadio, todos deberíamos preguntarle al Capitán qué siente cuándo alguien pide que la muestre y mirar cómo se le llenan de lágrimas los ojos. "Lo que pesaba esa chompa", dice él, ahora. "Seca y, sobre todo, mojada". También fue nuestra esa camiseta: aunque hoy solo quede una, esta de Chumpi.

No recuerdo un chef que sugiera que una chaqueta de estreno le permite cocinar mejor. No imagino a un policía ordenando la ciudad y preocupado por las misteriosas agallas que le otorga el kepí. Y no sé si hay un escritor notable al que le haya salido mejor una línea por usar un Faber Castell antes que un Montblanc. Solo el fútbol, la fiesta que eterniza a los adultos en niños, permite que sus hinchas hagan rabietas por una manga, un color, un diseño nuevo. 

Es decir, se preocupen por placer, por gusto.

La de Maquilón del 30, la de Chumpi en su casa y este último modelo que se estrenó contra Holanda  -todas diferentes- también es la camiseta de Perú. Por si acaso, aquí lo que importa es el que se la pone, en el lugar en el que esté.

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