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Rusia 2018: lo que sufren los árbitros durante un partido

¿Hay algo peor que un TAS irrefutable o una FIFA que mira a otro lado? Sí: un mal árbitro. Con sus sentencias define –casi siempre en medio de abucheos– los destinos de jugadas, de individuos, de países y de sueños

Arbitros

Como los jugadores, cargan en su espalda infinidad de aciertos y errores revisitados, hasta el zumbido de una botella o de una piedra.

Salen a la cancha en desventaja, ya con cierta condición de incomprendidos, en medio del juego de la guerra, los árbitros también arriesgan. ¿Por qué alguien desearía correr tras los jugadores o contemplarlos desde la línea, alzar una bandera y decir: nada o todo? ¿Son ellos los más poderosos de la cancha en tanto sus gestos son sentencias irrevocables?  

PALABRA DEL DÍA: PAÍS

Pero recordemos: su resistencia es superior. No dejan de correr ni de observar. Sudan en tensión, apretados por relojes y cronómetros implacables. Rompen distancias entre deporte y espectáculo. Saludan a los capitanes, lanzan instrucciones, supervisan el conflicto, lo comprenden, lo equilibran. Y hasta corren de espaldas. Los hemos visto hacer piruetas circenses, saltar con destreza, huir balbuceando. 

Buscan la armonía entre la precaución y el esplendor.

No importa qué mitad de la cancha recaiga en un equipo, la moneda le pertenece a los árbitros. Es su dinero el que primero enfrenta a los hombres. Esa moneda girando hasta caer en cara o cruz nos entrena muy abiertamente en que el fútbol es deporte y también transacción.

Son los dueños del minuto extra. Dominan el tiempo (ese es su poder real). Ellos dicen: por este juego paralizado doy tanto tiempo, valorizando intangibles como una compañía de seguros.  

El árbitro es juez y parte: corre contra la multitud, en su tiempo propio, con su humanidad falible. Qué ser excepcional, ¡no lleva lentes en la punta de la nariz! Entonces le creemos que tiene una visión de 20 sobre 20, que será capaz de mirarlo todo, atestiguando por nosotros, con pruebas. Hay lentes de contacto detrás. Poseedor de los puntos de vista y de las perspectivas, es un constructor, recompone, pero ciertos ángulos se le escapan.  

Habla el gol que nunca ingresó al arco y que Gottfried Dienst validó en el Mundial de 1966. Inglaterra versus Alemania Occidental. 

El árbitro comparte con cualquier divinidad eso de la omnipresencia. ¿Qué esperamos de él? TODO. Está y no está, le crees y no. Tu fe jamás lo desconcentra. Es omnipotente. Te alivia o te angustia. He ahí su capacidad de destrucción.  

México 86: Maradona anotó ese gol contra Inglaterra que llamamos ‘la mano de Dios’. El milagro fue avalado por Ali Bennaceur.

Se les pide que sean máquinas y son hombres y mujeres que han perfeccionado su propia técnica pero siempre, el vértigo. La posibilidad del fracaso. Un peligro que, en vez de paralizarlos, los convierte en contradicción. Son intriga en movimiento. Eso los hace interesantes. De ellos depende que no sepamos qué va a pasar realmente. Nos orientan en el desamparo. Si el fútbol es una narración de dos fuerzas en conflicto, el árbitro es nuestro mediador. La tribuna, coro griego, enardecida, potente, anticipada a las jugadas, da la batalla de las palabras y del ruido, haciendo eco, haciendo olas, haciendo silencio.

A los árbitros no se les está permitida la duda, la ambigüedad. Cuando eso ocurre, escándalo, amotinamiento y repulsión hacia su figura y todo lo que representa: el exceso de control. Fantasía de que las reglas desaparezcan para que podamos amonestar al que amonesta, acusarlo, arrebatarle cualquier redención.

Corea del Sur, Japón 2002: Italia es eliminada por Corea, con dos goles mal anulados por Byron Moreno.

El árbitro documenta. Podrá registrar: empate. Y él no estará empatado con nada. ¿Contra qué se está midiendo? ¿Contra todos los hombres y contra ninguno? Alguna voz le gritará: tibio, flojo, fallido, vendido, miserable, unicelular. La crítica, durante o después, a veces más conflictiva que el conflicto mismo –es una disputa entre pares– dirigirá hacia él aquellos adjetivos que se emplean para explicarle a un niño la consistencia de una malagua.  

Pero ¿cómo decirle al árbitro? Hemos visto en el televisor la verdad, ¡era mano!, ¡no fue mano! ¿Usted dónde diablos estaba cuando estaba a un metro y la verdad le siguió de largo?  

Aunque no hace un solo pase, a veces deja pasar. 

Durante las Clasificatorias para Brasil 2014, Patricio Loustau vio lo que quiso ver: Uruguay nos ganó 2-1 de visitante.  

El árbitro es un verdugo, nunca un mago.  

Como a todo verdugo, se le pide ejecutar con precisión. Del bolsillo de su pecho no aparecen palomas de la paz, sino albures. Cuando la mano ingresa al bolsillo de su camiseta, el suspenso. El color de la camiseta cambia sin cambiar: de negro neutral a negro fatalidad. Hasta parece hacerse el misterioso. ¿Qué irá a salir de ahí? Una liberación, una recompensa, un enemigo: un semáforo en formato tarjeta, con los colores del triunfo o la derrota.  

Es el policía del único pitazo. Un vigilante. 

El árbitro siempre tiene la tarjeta roja en la punta de la lengua. Otra de sus formas de resistencia es postergar la violencia de mostrarla. Lo hace cuando el exceso del infractor supera cualquier barrera de tolerancia. Es una herida vengando otra herida. 

Como los jugadores, cargan en su espalda infinidad de aciertos y errores revisitados, hasta el zumbido de una botella o de una piedra. Como ellas en pleno vuelo, dominan el arte de esquivar, de hacerse visibles o tornarse invisibles, de perseguir a los hombres que, a su vez, persiguen un balón.  

Para la pelota hay demasiadas palabras creadas por el ingenio verborrágico del locutor y ese miedo, digamos artístico, a la repetición: la redonda, la de cuero, la indomable. Convengamos: tres de cada tres son una huachafada. Pero alegran. Provocan. Resignifican. El fútbol es un lenguaje. Toma palabras prestadas. Todo quiere convertirlo en símbolo.  

Para el árbitro hay estas: imbécil o genio. En el lapso bélico de un partido, ensaya con demasiada flexibilidad ambos títulos. No hay benevolencias. Si ha hecho una genialidad, nunca podrá correr a abrazar a sus árbitros asistentes sacándose la camiseta. Sus rituales son otros; si celebra, es fuera de cámaras.  

2009. Champions League. Chelsea–Barcelona. Un partido bastará para perderte. Tom Henning Ovrebo dejó sin cobrar cuatro penales a favor del Chelsea. Él mismo titula esa noche como: INFERNAL. 

Eran irreemplazables. Ahora nos dicen que los árbitros son seres limitados. No solo tan falibles como cualquiera de nosotros, miradores pasivos que observamos los partidos desde dos filtros: la pantalla y el locutor que direcciona nuestra manera de apreciarlos y de pensarlos, voz autorizada de la euforia y de la furia. La tecnología detendrá el partido: el árbitro tiene que convertir la sospecha en convicción, cotejando en el video assistant referee (VAR) lo que se perdió y volviendo a la cancha con acusación o absolución. Perderemos el ritmo del toque trepidante, riquísimo, el placer de las carreras, el cobro inmediato. Se pondrán en pausa la tensión y la inercia. Habría que comprobar si ganarán la ética y la justicia. Esta confirmación en la pantalla seguirá siendo humana: es el ojo del árbitro, siempre y pese a todo, el que separa o reunifica. 

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